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Neymar, prisionero de su capricho en el PSG

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Llegó a París en busca de una plataforma en la que nada ocultara su propio brillo y dos años más tarde el brasileño Neymar se encuentra encerrado en un destino que no le satisface y desprovisto de buena parte del prestigio con el que aterrizó.

El jugador más caro de todos los tiempos aparece ahora víctima de su propia extravagancia, incapaz de encontrar la puerta de salida del París Saint-Germain, distanciado de la grada, a la que ha despreciado, y poco cercano a sus compañeros de equipo.

A partir de ahora precisará todo su talento para volver a situarse en el lugar en el que estaba cuando en el verano de 2017 dio la espantada del Barcelona, el de jugador mejor situado para atacar la hegemonía de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

Su aventura en el PSG ha estado marcada por las lesiones, la falta de exigencia deportiva y, finalmente, el aburrimiento del club y de la ciudad.

Su desesperado intento de salida, frenado por las altas ambiciones de los propietarios cataríes de la entidad, resumen bien el estado en el que se encuentra: atado a un capricho.
Su crédito en París está agotado y cada uno de sus pasos será analizado con lupa. Mucho tendrá que convencer para recuperar el corazón de unos aficionados decepcionados con su comportamiento, que consideran lejano a los éxitos que prometía su condición de estrella planetaria.

Neymar, que se creía todopoderoso, ha chocado con unos propietarios cataríes que ponen en segundo plano las cuestiones económicas y que han convertido al brasileño en un asunto de estado que no podía manchar la reputación de todo un país.

En el PSG, el brasileño ha firmado peores números que en sus cuatro anteriores temporadas en el Camp Nou y, sobre todo, ha visto cómo las lesiones le dejaban fuera en los momentos clave de la temporada.

Aun así, Neymar lleva 52 goles en 58 partidos en París, donde ha contribuido a que el club gane dos ligas, una Copa de Francia y una Copa de la Liga. Pero no ha conseguido que el club dé el salto de calidad a nivel europeo que los propietarios cataríes esperaban cuando en 2017 pagaron los 222 millones de euros de la cláusula de rescisión de su contrato con el Barcelona.

En parte, por las lesiones. Pero también porque su concurso en los duelos decisivos no ha sido tan determinante como podía esperarse.

El culebrón que protagonizó con el Real Madrid y el Barça no ha tenido el final que deseaba. Seguirá en el PSG.

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