El Riazor de siempre
Tras ocho años lejos de la máxima categoría, el fútbol de Primera regresó a A Coruña el 17 de agosto y el estadio volvió a llenarse para comenzar la temporada. Pero no era ese Riazor que todos conocemos. La grada de Marathón Inferior se había teñido completamente de naranja y ni cantaba, ni empujaba, ni rugía. El cese de animación como protesta a las nuevas medidas implantadas en dicho sector hizo que esa parte de la hinchada se quedara completamente callada. Y era totalmente entendible.
Contra el Elche, Riazor estuvo irreconocible, pero la espera para poder disfrutar de la vuelta a la élite ha finalizado. Este viernes nos íbamos a dormir con la gran noticia de que Deportivo, Federación de Peñas, Riazor Blues y Old Faces habían encontrado por fin un punto de encuentro para solucionar el conflicto que comenzó ya hace casi dos meses, y yo no puedo estar más contenta.
El pasado miércoles, José Manuel García, director de Medios y Área Social del Deportivo, afirmaba en rueda de prensa que la afición no es el único pilar del club, pero que sí es fundamental. Que los pilares son el social, el de las infraestructuras, el financiero, el corporativo y el correspondiente a la parte deportiva, y que funcionan como un engranaje que tiene que encajar y girar. Que sin uno de ellos puede seguir girando, pero que va a ser más complicado. Yo, personalmente, creo que sin el pilar que forma la afición, el engranaje terminaría oxidándose muy pronto. Porque gracias a su apoyo, tanto por el lado económico cuando pagan su abono o se gastan dinero en los diferentes servicios del club, como con su aliento cada partido desde la grada, en cualquier campo y categoría, la entidad puede continuar trabajando a nivel deportivo de la forma tan excelente como lo está haciendo.
Ese pilar volverá a estar al cien por cien este domingo ante el Valencia. Porque si hay algo que define a Riazor es precisamente eso: su gente. Sus cánticos, sus bufandas, sus tifos, sus banderas, sus voces. Esa manera tan particular de empujar al equipo cuando las piernas empiezan a pesar, cuando un encuentro se atasca o cuando van por detrás en el marcador y quedan diez minutos para que el árbitro señale el final.
Que en la primera jornada no hubiese animación no fue una decisión tomada a la ligera. Era la forma de protestar por unas medidas con las que no estaban de acuerdo. Podía gustar más o menos, pero era una postura que respondía a un conflicto real. Pero ahora, por fin toca mirar hacia delante. Porque después de ocho años lejos de Primera, lo que todos queríamos era disfrutar de volver a ver al Deportivo entre los grandes. El regreso a la élite debía ser una fiesta y, dos jornadas después de que comenzase la competición, podemos empezar a vivirla como tal.
Con la llegada del conjunto valencianista, espero volver a ver a ese Riazor que todos tenemos en la cabeza. El que ruge cuando sale el Dépor, el que aprieta al rival y acompaña al equipo durante los 90 minutos. El que convierte cada partido en algo más que fútbol. Por eso me alegra este acuerdo. No porque todo lo ocurrido estas semanas no haya sido importante, sino precisamente porque significa que se ha encontrado una vía para avanzar. Se necesita esa unión. El club debe poder aplicar las medidas de seguridad que considere imprescindibles y los grupos de animación necesitan sentirse en igualdad con el resto de aficionados. Encontrar ese equilibrio no siempre es sencillo, pero este pacto demuestra que, cuando existe voluntad, se puede intentar. Ahora toca disfrutar y, sobre todo, volver a centrar la atención en el balón.

