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A Coruña, una ciudad que responde

En todas las ciudades hay personas que se acercan más a sus equipos cuando llegan las victorias, los ascensos o las finales. En los momentos decisivos siempre aparece más gente. Quizá sea porque la intriga de lo que pueda pasar despierta el interés en todo ser humano, o porque la posibilidad de celebrar algo importante entra en escena. En A Coruña también ocurre. Es algo lógico y normal. Al final, esos partidos trascienden lo deportivo y se convierten en acontecimientos de la ciudad. Incluso quienes no siguen habitualmente un deporte sienten que forman parte de algo especial y quieren estar ahí. No creo que eso reste valor al apoyo. Al contrario, demuestra que existe una ciudad capaz de ilusionarse con sus equipos. Aunque, siendo sincera, también me gustaría que ese respaldo se mantuviera un domingo cualquiera de noviembre, cuando no sean encuentros decisivos y cuando el resultado no acompañe.

Aun así, si algo distingue a A Coruña es que, cuando un equipo necesita a su gente, la respuesta suele llegar. Lo pude comprobar de primera mano estos días con el Liceo. Es verdad que, hasta unos años, el hockey apenas formaba parte de mi vida. Fue a través de amistades como descubrí el deporte tan espectacular como exigente que hay detrás de esos chicos vestidos de verde que patinan a una velocidad que todavía me cuesta comprender. Pero el pasado domingo, al entrar en el Palacio de los Deportes y ver las gradas llenas para apoyarlos, sentí orgullo. Orgullo de mi ciudad. Es cierto que se está disputando una final por el título de Liga y que el atractivo del partido ayudaba. Pero, una vez más, A Coruña respondió a la llamada.

El ejemplo más evidente sigue siendo el Deportivo. Su afición ha demostrado durante años que la fidelidad no entiende de categorías, llenando estadios incluso en los momentos más difíciles. Sin embargo, lo que más me llama la atención es que ese compromiso se está extendiendo, y cada vez más, al resto del deporte coruñés, impulsado también por el gran momento que vive la ciudad.

Hace apenas una semana, el Básquet Coruña lograba el ascenso a la ACB. Durante la Final Four que se disputó en A Coruña, el Coliseum se tiñó de naranja para empujar a un equipo que, a falta de trece minutos, perdía por quince puntos. Los propios jugadores reconocieron después que el apoyo de la grada fue determinante para culminar una remontada histórica y regresar a la máxima categoría apenas un año después del descenso.

Y durante la celebración, muchas miradas ya estaban puestas en el Liceo. Las redes sociales se llenaron de mensajes de ánimo y de un mismo deseo: “Ahora os toca a vosotros”. Mucha gente se acordó de que otro equipo de la ciudad seguía luchando por un objetivo enorme. Es verdad que el Liceo ya cumplió con su parte al alzarse con la Copa del Rey en marzo, pero los de Juan Copa demostraron que quieren más, y 4.000 personas acudieron a respaldarlos en el segundo partido de la final ante el Igualada.

Todo esto me hace sentir orgullo por mi ciudad. No porque aquí seamos diferentes, ni porque no existan aficionados que aparezcan cuando llegan los éxitos. Me enorgullece porque, cuando un equipo necesita a su gente, la gente suele estar. Porque detrás de cada club hay una ciudad dispuesta a empujar. Y porque ver pabellones y estadios teñidos de naranja, verde o blanquiazul demuestra que A Coruña no solo celebra las victorias, también participa en el camino para conseguirlas.

Fiesta completa en el Palacio, con gran ambiente en la previa y celebración en las gradas
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QUINTANA