Creyeron y lo hicieron
Podemos hablar de que si desempatar una liga de 32 jornadas con el basketaveraje particular es injusto, igual que podemos preguntarnos si lo es jugarse el trabajo de toda una temporada, de diez meses, en dos eliminatorias a vida o muerte, a 40 minutos cada una. Podemos hablar de los lamentables arbitrajes sufridos en un puñado de encuentros y de la legalidad o no del palmeo de Guillem Jou en el Fernando Martín de Fuenlabrada. También de las bajas de Yoanki Mencía y de Dino Radoncic. Podemos hablar de las condiciones en las que jugaron la final de la Final Four –todo sea por adornar la moto para venderla mejor– Dídac Cuevas e Ily Diop o de si Nwogbo tocó la bola cuando intentó rebañar el tiro libre del propio Diop. Y podemos discutir sobre la razón por la que este domingo, en algún momento de la tarde-noche, el aro de la canasta del tendido 6 del Coliseum pasó de parecer la tronera de una mesa de billar a asemejarse a una bañera o a una piscina.
Claro que podemos discutirlo, largo y tendido si usted lo desea. Lo que no podemos discutir, se mire por donde se mire, es que pocas veces ha sido tan incontestable un ascenso como el logrado por el Leyma Básquet Coruña. Y aquí, en lo bueno, en la riqueza y en la salud, pero también antes en lo malo, en la pobreza y en la enfermedad, que lo hubo, hay que resaltar la labor de dos personas. En primer lugar, al director deportivo Charlie Uzal, capaz de confeccionar una plantilla que pasó por encima de sus rivales durante tres cuartas partes de la temporada. Y, además, capaz de encontrar soluciones del mismo o mayor nivel cuando hubo que volver a mirar por el mercado por vicisitudes varias. Y en segundo lugar, al entrenador Carles Marco –y por extensión a su cuerpo técnico–, porque también dio con la tecla durante gran parte del curso en un año –de esas cosas que da la impresión de que pocas veces queremos entender en el deporte profesional– muy difícil para él en el aspecto personal.
Gracias a Charlie, a Carles, a Román, a Carlos y a Gus. Y gracias a unos jugadores que han sintonizado, que lo han dado absolutamente todo en un equipo con un reparto de minutos casi ecuánime. Un grupo de deportistas que, incluso en los momentos más complicados, como a siete minutos del final del partido en el Coliseum ante el Estudiantes, creyeron en que podían hacerlo y lo hicieron.
