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Con el final de temporada, llega una de las partes que menos me gustan del fútbol. Aunque creo que cuanto antes asimilemos lo que se viene, mejor lo vamos a llevar. O no. De forma inevitable, junio va a llegar cargado de despedidas. Tanto en el primer equipo masculino como en el femenino huele a cambio de ciclo, con todo lo que eso conlleva. Desde salidas esperadas por todos a otras menos intuitivas.

Ya son varios los clubs que han iniciado la oleada de despedidas. Esas que cada vez me generan más repulsión y de las que espero que el Deportivo escape. Ya pecó el verano pasado. Y una vez se considera un error; dos, vicio. Porque, siendo la primera que entiende que no todos ni todas pueden seguir –otros y otras no querrán hacerlo–, hay formas y formas de anunciar las salidas.

La frialdad se ha convertido en un factor común. Despedidas grupales, sin importar los nombres, las personas que se esconden detrás del o la futbolista, ni mucho menos lo que haya aportado o no al club. Nombres que han estado partiéndose la cara por el equipo durante años, incluidos en el mismo comunicado de despedida que otros que apenas han tenido influencia. No pido que a una jugadora que haya pasado sin pena ni gloria por la entidad se le realice un homenaje inigualable. Se trata de darle a cada una el lugar que se merece; de preparar una despedida a la altura de su paso por el club, a la altura de la influencia que haya tenido. Pero se han perdido las formas.

Sin ir más lejos, el Athletic Club ha impedido que dos de sus jugadoras insignia, como lo han sido Nerea Nevado y Maite Zubieta, digan adiós sobre el terreno de juego. En su último partido, sus nombres ni siquiera aparecieron en la convocatoria. Y aunque duela, las dos se han ganado el derecho a rechazar la renovación, a buscar nuevos retos, a querer crecer.

Lo que debería ser un ejercicio de reconocimiento acaba convirtiéndose en un inventario de bajas. En un mismo comunicado aparecen mezcladas jugadoras que han construido una etapa del club durante años con otras cuya participación fue mucho más breve o secundaria. El resultado no es una muestra de igualdad, sino una pérdida de memoria.

No soy la única que tiene la sensación de que al deportivismo se le viene encima una sartenada de despedidas complejas. La de Cris Martínez solo ha sido el principio. Respetemos el legado de las futbolistas, valoremos su aportación y, sobre todo, digamos adiós con respeto, con orgullo y con memoria. No nos convirtamos en uno más.