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La generación de la resistencia

A veces pienso que el ascenso del Deportivo no empezó en Valladolid. Ni siquiera esta temporada. Fue mucho antes, en uno de esos partidos que ya casi nadie recuerda o, mejor dicho, que todos hemos querido borrar de la memoria.

No sabría decir cuál. Quizás una tarde gris contra un rival perdido en la clasificación de Primera Federación. Quizás un desplazamiento interminable por carretera para ver un empate sin goles. Quizás una derrota de esas que obligaban a mirar la clasificación varias veces para comprobar que sí, que aquello era realmente la tercera categoría del fútbol español.

Durante esta ‘Corta noite de pedra’, el deportivismo vivió instalado en una especie de contradicción permanente. El equipo caía y la afición crecía. Cuanto peor iban las cosas, más difícil parecía encontrar una explicación racional a lo que ocurría cada fin de semana en Riazor. De hecho, todavía no la encuentra nadie. Ni en A Coruña ni en el resto del país, que para bien o para mal, nunca han dejado de estar pendientes del Deportivo.

Era una cuestión de fe de los que solo han presenciado desgracias. O de costumbre de los que llevan años ininterrumpidos como socios. O de orgullo de ser uno de los nueve clubes que han conseguido levantar una Liga. Probablemente de las tres cosas a la vez.

Llegó un punto en el que el ascenso dejó de ser una meta deportiva para convertirse en una necesidad emocional. No se trataba únicamente de volver a Primera División, sino de recuperar un estatus del que las nuevas generaciones solo conocían de oídas.

Por el camino ocurrieron demasiadas cosas. Un descenso sin nadie en las calles, promociones que terminaron en lágrimas y campos pequeños perdidos en polígonos industriales. Pero también aparecieron nuevos aficionados —no confundir con sube carros o fiesteros—, niños, y no tantos, que aprendieron a querer al Deportivo en el momento más complicado de su historia.

Ahí está lo más extraordinario de esta historia. Hay un elevado porcentaje de la masa social que no heredó el éxito, sino la resistencia. Que se acostumbró a sufrir antes que celebrar. Y que convirtió la paciencia en una forma de fidelidad desde la que hoy recitan: ‘Te ví caer. Te veré volar’.

Por eso sería un error afirmar que lo conseguido esta temporada es lo que otorga sentido a lo vivido, porque lo vivido nunca necesitó una justificación posterior. Ya había cobrado sentido con cada experiencia.

El ascenso significa algo más que una categoría. Las clasificaciones cambian y los tiempos llegan, a su ritmo, pero llegan. Lo que permanece es la gente. Los que viajaron a la otra punta de España para ser testigos de cómo el San Fernando empataba el partido en el 96. Los mismos que cayeron al suelo en el Ruta de la Plata después de que cediera la valla.

Aunque a veces no lo parezca, son momentos que forman parte de un libro que hoy llega a su última página y que algún día recordaremos con nostalgia. Ahora toca disfrutar de la élite. Recuperar viejas rivalidades y escuchar de nuevo el nombre del Deportivo entre los mejores equipos del país. Pero conviene no olvidar el camino recorrido. Porque las victorias saben mejor cuando uno recuerda los baches por las que pasó.

Cuando dentro de unos años alguien pregunte qué significó realmente este ascenso, la respuesta no estará en Valladolid ni en una clasificación. Estará en todos aquellos domingos anónimos en los que el deportivismo decidió quedarse cuando marcharse habría sido mucho más sencillo.

La afición del Dépor se citó en Riazor horas antes del encuentro ante el Andorra para recibir al equipo
Varios aficionados del Deportivo en el recibimiento al equipo en el último partidoliguero  
Patricia G. Fraga