El león indomable
“Los ganadores nunca se rinden y los que se rinden nunca ganan”, dijo una vez Vince Lombardi, un entrenador que marcó una época en el fútbol americano -tan ajeno a nuestra cultura como importante al otro lado del Atlántico- hasta el punto de que la NFL puso su nombre al trofeo de campeón de cada temporada. Es decir, a la copa que cada año se lleva el que con esos aires de superioridad tan norteamericanos, aunque en este caso con toda la razón, llaman ‘World Champion’, el campeón del mundo.
Lombardi dejó, antes de fallecer en 1970 con solo 57 años cuando era el entrenador-jefe de los Washington Redskins y ya había sido ‘world champion’ en cinco ocasiones –casi nada–, un repertorio de frases categóricamente irrefutables. Una de ellas dice que “el único lugar donde el éxito está antes que el trabajo, es en el diccionario”. Otra, que “la confianza es contagiosa, igual que la falta de ella”.
Perseverancia. Confianza. Trabajo. Éxito. No se me ocurren mejores palabras –aunque también hay otras, mucho más futboleras, pero igual de positivas– para reconocer la figura del héroe de Zorrilla, uno de esos nombres que perdurará en el tiempo, de los que aquellos que sigan contando la maravillosa historia del Deportivo dentro de veinte, cincuenta y cien años tendrá siempre en su tintero. Bil Nsongo nos ha demostrado que querer es poder, aunque también hagan falta otros factores. Porque por mucho que uno confíe en sí mismo y trabaje de sol a sol, necesita como mínimo que un tercero le devuelva la confianza.
La historia de Bil es la de muchos futbolistas africanos que dan el salto a Europa con, literalmente, una mano delante y otra detrás. Un all in de quien no ha tenido la fortuna de recibir la llamada de un gran club ni, por qué no, de ser seducido por algún representante chupóptero sin escrúpulos capaz de jugar con la vida –y no con el trabajo y esfuerzo– de una persona. Ha habido muchos casos de lo primero –un compatriota suyo como Samuel Eto’o, sin ir más lejos– y también, lamentablemente, de lo segundo.
Lo que ya ha escaseado más son historias como la de Bil Nsongo, que acabó siendo el héroe de Zorrilla por un cúmulo de casualidades, aunque todas girando alrededor de esas cuatro palabras mágicas. Primero, porque Francia le denegó la entrada al país cuando tenía pactada una prueba con el Amiens –club al que, curiosamente, se fue Gael Kakuta tras su paso por el Dépor– , porque las autoridades galas dudaron de la legalidad de su petición de visado. Segundo, porque tras su primera temporada en el Fabril, la dirección de cantera no pretendía ejercer su opción de ampliar su contrato un año más. Ahí entraron de lleno la perseverancia y la confianza, porque Bil Nsongo y su entorno insistieron hasta la saciedad en que el Dépor tratase de llegar a un acuerdo con el Canon de Yaoundé, su club de origen. Nos podemos imaginar un órdago del estilo “quedaos conmigo al menos un año más y nos arrepentiréis”, ¿verdad?
El trabajo, y de nuevo las casualidades, hicieron el resto. A su espectacular rendimiento en el Fabril –12 goles en 18 partidos, con un tanto cada 126 minutos– se unieron la incapacidad rematadora de Mulattieri, la sequía de Eddahchouri y la sucesión de eliminatorias de Copa, el laboratorio de los clubes que priorizan la Liga.
Perseverar, confiar y trabajar como camino para alcanzar el éxito. La receta del mito del fútbol americano que ha hecho suya el héroe de Zorrilla, el león indomable blanquiazul.
