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Cuando el mejor juega con los tuyos

Recuerdo la primera vez que vi jugar a Mario Soriano. En la primavera de 2021, cuando el Deportivo Juvenil de Óscar Gilsanz estaba a unos días de levantar la Copa de Campeones, me senté a ver el encuentro de cuartos de final entre el Real Madrid y el Atlético. Me hicieron falta cinco minutos para escribirle un mensaje a una de las personas que conozco que más y mejor controlan el fútbol formativo en Galicia, y más allá, sobre un chico bajito del Atleti que era un pelotero de cuidado. “Seguramente sea Mario Soriano”, me contestó sin estar siquiera viendo el encuentro.

Unos meses después, ese chico bajito llegaba al Deportivo en el último día de mercado para empezar lo que está siendo una historia de película. Seis meses tardó el menudo joven en convencer a Borja Jiménez. Por aquel entonces ya tenía el entendimiento del juego, pero su cuerpo no le daba todavía para que los entrenadores se fiaran de él en zonas interiores. Cinco años después, el Joker se ha convertido en un futbolista total a base de desarrollar ese físico y no parar nunca de mejorar su comprensión de lo que sucede en el terreno de juego. Da igual la altura a la que esté.

Nunca he sido yo de valorar a los futbolistas por sus cifras crudas. Es más, desconfío de todo aquel que lo hace. Porque con frecuencia, hablar de cifras suele ocultar desconocimiento, desinterés, o ambas, por todo lo que significa el juego. Siempre me han atraído más los futbolistas que son capaces de dominar los partidos a su antojo. Que con su mera presencia dictan el ritmo y la dirección de las batallas. Sea de forma directa o indirecta. Siempre, y quizá sea una opinión impopular entre el deportivismo, he sido más de la excelencia sostenida de Valerón que del talento inabarcable pero inconstante de Djalminha. “Me quedo con el que te sobre”, me dirán. Efectivamente, no se trata de ningún desprecio hacia el crack brasileño.

El caso es que con Mario Soriano he tenido esta temporada una sensación que hacía años que no tenía. Que el mejor futbolista de la categoría jugase en mi bando. Durante muchos momentos de la temporada era complicado explicar cómo un equipo con carencias tan visibles como el Dépor se agarraba a lo alto de la clasificación. Y la respuesta era tan fácil como señalar al que llevaba un dos y un uno a la espalda. "Oye, que Yeremay es muy bueno, pero el mejor del Dépor es ese pequeñito que lleva el 21, eh", me señalaron en Burgos cuando apenas había transcurrido un cuarto de hora de partido en El Plantío.

Y posteriormente, cuando Hidalgo encontró el camino, fue él el que mejor encarnó la identidad del grupo. Siempre disponible, siempre ofreciéndole soluciones a sus compañeros. Siempre ejerciendo de líder. Se le quedó pequeña Primera RFEF y se le ha quedado pequeña Segunda. No se me ocurren muchos futbolistas que se merezcan más la oportunidad de demostrar que están preparados para ser diferenciales también en Primera División.