Respuesta para todo
Cuesta no ponerse categórico y echar la hipérbole a volar cuando uno teclea unas líneas sobre el Deportivo a apenas unos días de que, ojalá, regrese al lugar que le pertenece. Y en esto sí que se descontrola lo jactancioso porque, aunque las categorías competitivas en el fútbol las ordenan las divisiones y las puntuaciones, la dimensión verdadera de un club excede con mucho el marcador de un domingo o la presencia en la quiniela. Los años del Dépor lejos de la Primera División han constatado que, sin necesidad de compararse con nadie, está entre un puñado distinguido de equipos españoles por aquello que mueve y aquello que a su vez lo empuja. Este Deportivo que llama a la puerta es tanto o más que cuando lo invitaron a marcharse.
Entre los que el domingo en Riazor se llevaban las manos a la cabeza cuando Zakaria Eddahchouri ondeaba el banderín de córner, la chaladura guiando al pueblo, había pocos advenedizos y sí muchos creyentes. Todos los que estuvieron y están, pero también los que se han ido incorporando tras probar in situ que el Deportivo siempre es suficiente y también a menudo es (alerta boomer) “demasié pal body”. Para todos ellos, para todos nosotros, otro día que se guardará en nuestra memoria por la intensidad del estallido de júbilo y por toda esa emoción colectiva que parece difícil reproducir de una manera tan grande en otro escenario que no sea un estadio.
Hay que ponerse en situación. El fútbol le ha ido tirando retos a la cara a este Deportivo como si le estuviese cobrando las deudas de aquella racha de victorias gratis de noviembre (Zaragoza, Cultural, Ceuta…), donde obtuvo tanto con tan poco. Y sin embargo, ante todas y cada una de las pruebas que sucedieron al batacazo frente al Granada, ha sabido sostenerse, encontrando formas de no ceder ante la desesperación. A los errores propios (Gijón, Huesca), pero también a los ajenos (Burgos, Leganés), ha encontrado respuesta. Y cuando la cuestión era de puro juego, como lo fue ante el Andorra, y hasta tres veces se le negó un gol canónico, de los aparentemente sencillos de anotar, ahí también esta versión blanquiazul se empeñó en no caer. Hicieron falta dos goles de los que se sueñan: un cañonazo de Mario Soriano que con fortuna aparece una vez por temporada, y el desafío de Zaka a la incredulidad. Toda la torpeza que se le atribuía al neerlandés, borrada de un plumazo por un gesto que hubiesen descorchado Bergkamp, Ibrahimovic o, mejor aún, Diego Tristán. De las bocas abiertas con gesto de asombro se escaparon 30.000 gritos de euforia.
El tercer grado al que la Liga Hypermotion somete a los participantes en el torneo doblega año tras año a una multitud de equipos menos “teimudos” que esta escuadra de Antonio Hidalgo. Cada amenaza, cada escenario límite al que se están enfrentando, lo están despejando los coruñeses con una tenacidad que tradicionalmente identifica a los grupos campeones. Y cuando la fatalidad parece imponerse, si incluso un mano a mano de Yeremay con el portero no basta para que nos sonría la fortuna, el equipo encuentra algo, inventa algo que, como el gol de Eddahchouri, no tenía que existir, pero existió.
Como aficionado, querría reprocharle al fútbol que ya está bien, que basta de tests y que ahora, por fin, merecemos un día plácido, sin exigencia y un alivio temprano. Por ejemplo, venciendo con suficiencia en Valladolid. No confío en la Segunda División para que tal cosa suceda. Pero visto lo visto, sí confío en este equipo.

