El fútbol, la Iglesia, el Dépor y Dios
Dicen las malas lenguas que no me gusta el fútbol. Pero cómo no me va a gustar. Yo que lloré el día del penalti de Djukic, que los nervios no me dejaron ni ver el partido en el que el Dépor se proclamó campeón de Liga o que recuerdo como si fuese hoy dónde y con quién estaba el día del Centenariazo (de la noche ya no tanto). Lo que sí que tengo que reconocer es que últimamente me pasa como con la religión, que no creo en una institución como la Iglesia pero eso no significa que sea completamente agnóstica. Es decir, hay muchas cosas que rodean al fútbol que me hacen imposible congraciarme con él, que incluso por momentos me lo hacen aborrecer. A Coruña, la afición del Dépor y días como el de ayer es de lo poco que me reconecta con esa niña apasionada que fui, que me hace volver a creer en el fútbol. Es el sentimiento genuino de toda una ciudad que empuja para volver a Primera.
Me levanté, salí a pasear al perro y todo lo que me rodeaba era Dépor. Faltaban más de cuatro horas para el partido y me crucé con una madre y su hijo que no podían llevar más prendas con los colores encima, ya preparados. Me senté a tomar el café y en las mesas de al lado era de lo único de lo que se hablaba. “Es que como ayer perdió el Almería...”, escuchaba. “Solo quedan dos”, llegaba desde la otra punta de la terraza, donde empezaba una tertulia sobre la alineación. “Menos mal que está Yeremay”, decían. Según se fue acercando la hora, el blanquiazul tiñó todo aquello hasta donde llegaba mi mirada. Y por el camino a Riazor, el más bonito del mundo, las escenas se repetían con un denominador común: la ilusión. Yo llegué a casa y cedí al impulso de sacar la bandera por la ventana. No está sola. La del Liceo y el Leyma le acompañan.
“Neniña, a ti non che pagan”, me decía mi abuela cuando me veía sufrir (me gustaría que ahora pudiera ver por un agujerito que, en cierta medida, sí). Sería un consejo que intentaría dar ahora a todos los que van a vivir una semana de nervios y no les van a pasar los días hasta el domingo. Pero sé que no valdría de nada. Porque es un sentimiento que va mucho más allá de modas e imposturas para vender camisetas. Cómo le vas a pedir al Papa que no crea en Dios. Cómo le vas a pedir a Coruña que no sienta a su Dépor.
