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Del Castel di Sangro al Andorra

Es una sensación extraña. No sé muy bien cómo explicarla, pero voy a intentarlo. Hace tiempo me encantaban los equipos como el Andorra, pero desde hace un tiempo los detesto. No es cuestión de estilo de juego. Tampoco de procedencia. Me refiero a su artificialidad, a su aparición en un lugar que en teoría no les pertenece. ¿Qué pinta el equipo de una ciudad de 22.000 y un país de 90.000 habitantes codeándose con clubes de grandes urbes y con una larga tradición futbolística y futbolera?

Hace años, una historia de este tipo despertaba en mí admiración e interés. ¿Cómo había sido capaz del Castel di Sangro de llegar a la Serie B italiana desde un pueblo de 5.500 habitantes? ¿Y el Chievo, un equipo de barrio de Verona, sorpasar al mítico Hellas Verona que había ganado el Scudetto con Briegel y Elkjaer en los años 80? ¿Cómo es posible que el Auxerre se codease con los equipos de las grandes metrópolis francesas? ¿Y qué hay del Guingamp? ¿Y de la milagrosa ascensión del Sao Caetano para hacerse con los mandos del fútbol brasileño y tocar con las yemas de los dedos los del sudamericano? Tal era mi identificación con aquellos Davides que hacían frente a los Goliats de turno que me hice con una bufanda del Auxerre y con una camiseta del Guingamp. La del ‘Sanca’ la perseguí denodadamente, pero no pudo ser, porque hace 25 años no era tan sencillo como ahora. Aplaudía sus victorias y lloraba sus derrotas. Así que, ¿por qué ahora no soporto a sus alter ego del siglo XXI?

Quizá empecé a dejar de creer por culpa de aquel Eibar que subió de Segunda B a Primera en doce meses, aunque fuese por el hecho de haber dado tanto la tabarra al Deportivo. Porque justo es reconocer que en Ipurua, donde ya había una importante semilla futbolera, hicieron las cosas mejor que bien. Con anterioridad mencioné la palabra artificialidad. El Auxerre, por ejemplo, se asentaba sobre los pilares de una de las mejores canteras de Francia. Trabajo de base y tiempo para madurar y obtener resultados. Los patrones actuales, más allá del Andorra de Gerard Piqué, no son más que billetes a espuertas. El Villarreal del gigante de la cerámica Fernando Roig. El Hoffenheim del magnate de la informática Dietmar Hopp. El Sassuolo del coloso de la construcción Mapei. Pequeñas localidades, grandes fortunas y escasa presión para unos jugadores que pueden disfrutar de lo que hacen. Lo tienen fácil. Todo lo contrario de las grandes plazas, en las que el entorno del club palpita alrededor de los resultados y la autoexigencia ahoga cualquier intención de trabajar desde la tranquilidad.

Eso sí, el día que se canse el Piqué de turno, casi con total seguridad volverán al lugar que por tradición y por lógica les pertenece.