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La Segunda División encara su recta final, por lo que desde la pasada jornada y probablemente en las tres que restan, el trending topic de la categoría de plata será esa expresión tan recurrente cuando llega la primavera: tal o cual equipo depende de sí mismo. Todo el deportivismo celebró el pinchazo del Almería, casi tanto, o más, que el triunfo en Cádiz. Y no es para menos. Asumir el control de la situación con la línea de meta tan cerca es para estar contentos, aunque por mucho que las matemáticas lo respalden, eso de depender de uno mismo es cuanto menos cuestionable viendo lo que sucede jornada sí y jornada también en los terrenos de juego de la Hypertensiones.

Y no tanto por la naturaleza misma del juego, que siempre guarda un componente importante de azar que puede cerrar la puerta de la gloria a pesar de merecimientos. Sino porque nada puede estar bajo tu control con el nivel de arbitraje que se está viendo en este tramo decisivo de campeonato. Ningún equipo sabe a qué atenerse. Ningún jugador sabe lo que puede o no puede hacer. Ningún colegiado es capaz de mantener con consistencia criterios en acciones que en la primera parte son blancas y quizá antes del descanso ya sean negras. Nadie sabe nada.

La incapacidad para juzgar en escenarios de máxima presión le está pasando factura al colectivo arbitral, que queda en evidencia no solo en situaciones concretas y rotundas como lo que sucedió en el Burgos-Almería y esa mano que “no tiene impacto en el juego”, según Lax Franco, siete días después de que un colega suyo, de los que se supone que estudia el mismo reglamento, señalara penalti por una acción similar a Eddahchouri. Ambos después de verlo repetido en un monitor y no con decisiones tomadas al vuelo. No. Lo peor es el nerviosismo y la poca cintura que muestran en las acciones más cotidianas. En una dirección de campo que se le va de las manos a poco que las revoluciones del choque aumenten. Y, claro, en estos encuentros a todo o nada suelen aumentar bien temprano.

Hablar de conspiraciones es un sinsentido. El principal problema, como dice Oltra de sus jugadores en Huesca en unas declaraciones que rozan la negligencia, es que no les da. En una competición como la Segunda, emocionante siempre hasta el final y con algunos de los aspirantes mostrando un gran nivel, los colegiados, y también los encargados de dirigirlos, no son capaces de estar a la altura de lo que requiere este escenario de máxima presión y exigencia. Depender de uno mismo nunca ha garantizado nada. Y ahora mucho menos.