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Si algo puede salir bien, saldrá bien

Quedan tres jornadas. Tres partidos para cerrar una temporada larguísima, y tan exigente como emocionante. Y el Dépor está ahí. No mirando de reojo a nadie. No teniendo que hacer cuentas imposibles ni esperando favores en otros campos de España mientras él hace su parte. Está dependiendo de sí mismo para regresar a Primera División ocho años después de perder la categoría en 2018. Y eso, por sí solo, debería ser motivo suficiente para vivir este momento con ilusión y optimismo.

Porque el equipo se ha ganado a pulso tener toda nuestra confianza. Lo hizo en Cádiz, otra vez, en uno de esos finales que ya empiezan a parecer escritos por alguien empeñado en demostrar que este grupo nunca se rinde. Otro gol decisivo cuando el marcador ya sobrepasaba el minuto 85. Otra victoria construida desde la unión y la insistencia.

Con los deberes hechos, me fui de Cádiz y me tocó seguir el partido del Almería desde el coche de vuelta a A Coruña. No sé si es que yo soy positiva de nacimiento, o que este año hay ese aura en torno al Dépor en el que, si algo le tiene que salir bien, propio o ajeno, le sale bien, pero yo sabía que el Almería no iba a ganar en El Plantío. Ni siquiera tener a mi lado en el coche a Jorge Lema me hizo ser un poco más precavida. Y así fue. El conjunto andaluz empató en Burgos, dejando así el escenario perfecto para los blanquiazules: todo pasa por ellos mismos.

No es casualidad. A estas alturas de la temporada ya no puede serlo. Cuando un equipo gana tantos partidos en los últimos minutos, cuando compite hasta el final aunque el encuentro se atasque, cuando además muchos de los resultados externos también terminan acompañando, quizá haya algo más que fortuna. O quizá sí sea la famosa suerte del campeón. Pero incluso esa suerte hay que buscarla, merecerla y provocarla. Nadie asciende por casualidad.

Y en medio de uno de los mejores contextos posibles, aparece el miedo. Este domingo el cuadro coruñés recibe al Andorra, que viene de meterle nada más y nada menos que cinco goles a Las Palmas. Y bastó ese resultado para que rápido empezaran a aparecer mensajes derrotistas en redes sociales. “Nos van a meter siete”, “prefería no depender de nosotros mismos” o el ya mítico “deportivada histórica”, ese término al que tanta manía le he cogido en los últimos años.

Frases nacidas seguramente más desde el temor a volver a sufrir que desde una falta real de credibilidad en el objetivo. Porque el deportivismo acumula muchos golpes, demasiados años de frustración y decepciones. Es lógico que exista prudencia. Lo que quizá no tiene tanto sentido es convertir una situación de máxima ilusión en comentarios continuos poniéndose en lo peor "por si acaso".

Por eso, desde la más absoluta humildad, quizá el mensaje ahora debería ir más por otro lado. No por la euforia desmedida, porque todavía no se ha conseguido nada. Pero tampoco entrar en cualquier red social y que la frase “cuidado, que nos lo quitan dos fuciños”, del gran Arsenio Iglesias, sea lo menos pesimista que te vas a encontrar. Porque la realidad es que el Dépor está donde cualquier afición querría estar a falta de tres jornadas.

Y por la misma línea va el tema de los arbitrajes. Es cierto que el final de Liga está dejando actuaciones muy discutibles. Errores que desesperan y, sobre todo, decisiones difíciles de entender. Pero quedarse atrapados ahí y perder la energía en recalcar errores a favor de tus rivales tampoco ayuda en nada. El ruido arbitral termina desviando la atención de lo importante, y lo importante es que el ascenso solo pasa por lo que haga el propio equipo. Este es el momento de confiar de verdad. Desde la cautela, pero sobre todo desde el convencimiento de que este grupo ha dado motivos suficientes para creer en él. Después de ocho años esperando una oportunidad así, tal vez el deportivismo merezca vivir estas semanas con algo menos de miedo y algo más de fe.