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La importancia de jugar para arbitrar

En la vida todo es según el prisma con el que cada uno aprecia lo que sucede a su alrededor. Así, un hecho que para alguien puede ser un paso atrás, para otro no deja de ser una oportunidad. Pero eso no es malo ni bueno, ya que las más de las veces esta opinión viene motivada por las experiencias pretéritas de cada individuo, lo que conlleva a contar con un criterio sobre cualquier asunto. No obstante, como es lógico, este dictamen puede estar acertado o equivocado, aunque esto es otra cuestión.

Pese a lo escrito, hay conceptos que son irrefutables, y más si existe un reglamento, que es el mismo para todos. Se podrá estar de acuerdo o no, pero es el que rige todo, por lo que variar las decisiones según los implicados que estén en el meollo del tema, parece, cuanto menos, querer adulterar el normal desarrollo de cualquier competición deportiva y eso, por desgracia, es más habitual de lo que quisieran los clubes y la totalidad de los aficionados.

En los últimos días hemos sido testigos de actuaciones arbitrales que dejan estupefacto al más tranquilo de los mortales. Lo que para el colegiado cartagenero Alejandro Ojaos Valera fue penalti en el partido entre el Deportivo y el Leganés en Riazor –una mano del delantero blanquiazul Zakaria Eddahchouri, a pesar de encontrarse en una posición natural–, no se vio corroborado el pasado sábado por el trencilla Salvador Lax Franco en el encuentro que protagonizaron en El Plantío el Burgos y el Almería. Así, el murciano decidió mirar para otro lado y no sancionar como pena máxima una jugada en la que el balón impactó en el brazo estirado del defensor del equipo indálico Federico Bonini dentro del área.

 Pero esta disparidad a la hora de aplicar la normativa vigente no es exclusiva de LaLiga y en otros torneos, como la Champions League, se han visto errores groseros en los que se han aplicado diferentes criterios en acciones similares para desconcierto del equipo perjudicado y alivio del beneficiado.

Tras bastantes años siguiendo diferentes deportes, en especial el fútbol y el fútbol sala, tengo claro, y nunca lo he visto, que ningún miembro del colectivo arbitral saltase al rectángulo de juego con la idea de dañar a algún conjunto. Pero ello no me impide considerar que la manida expresión de la “interpretación arbitral” es una sibilina disculpa tras haberse cometido un fallo flagrante que ha condicionado el desarrollo del partido y, las más de las veces, el resultado con el que se llegó al término del tiempo reglamentario.

No es cuestión de empezar a enumerar agravios, ya que el que más y el que menos tiene constancia de los que han costado derrotas y con ellas se han perdido títulos, ascensos, clasificaciones de rondas en torneos de eliminatorias y, lo más dramático, descensos, que conllevaron en algunos casos a algo todavía peor.

Nadie puede poner en duda que las personas que imparten justicia conocen el reglamento. Sin embargo algo me dice que los que hasta hace unos años se conocían como los ‘hombres de negro’ no han practicado con la asiduidad que se requiere el deporte que arbitran. Me explico. El haber jugado ayuda a uno a tomar la decisión correcta en muchas de las acciones que se producen durante un partido. Si un defensor agarra a un atacante, por muy leve que sea, le frena en la carrera y de ello obtiene ventaja el infractor. Si se comete falta al que tiene el balón, y pese a ello sigue con la posesión, salir trastabillado no supone que haya que dar la ley de la ventaja pues las más de las veces estará desestabilizado. Esto lo sabe cualquiera, y más si ha jugado.