Despotismo ilustrado
Quizá usted, estimado lector, me pueda ayudar. Por más que busco entre las acepciones del diccionario, no logro encontrar esa en la que a los árbitros se les define como “protagonistas” del conflicto que están encargados de solucionar o del encuentro deportivo en el que deben velar por el cumplimiento del reglamento. Obviamente, es cosa mía. Quizá deba revisarme la vista, pues no creo yo que la RAE y otras instituciones hayan errado de tal manera a la hora de enmarcar la realidad. Es imposible que no hayan sabido definir a una figura que ha logrado colocarse en el centro del tablero de la realidad en la que vivimos.
Porque visto lo visto ya no solo este último fin de semana sino los últimos meses, es así. En el fútbol, los árbitros se han convertido en los desgraciados —o afortunados, según se mire— protagonistas del juego. Y cuantas más herramientas disponibles tienen para ejercer sus funciones, más protagonistas son.
¿Sabe qué es lo peor? Que parece que les encanta. Aunque tampoco deberíamos culparles. El colectivo arbitral está compuesto por personas. Y es evidente que dentro de ese factor humano se encuentra el ego. ¿Quién no quiere, de vez en cuando, que le hagan un poco de caso?
Solo así se puede entender cómo es posible que la crispación en torno a las decisiones arbitrales se encuentre en una escalada sin precedentes. Antes había polémica. Siempre ha existido la moviola. Pero todo se podía resumir en errores de apreciación que ahora resultan incomprensibles.
El VAR —o el FVS, en su defecto— llegó para traer más justicia al fútbol. Y aunque ha permitido mejorar el juicio en acciones objetivas como goles o fueras de juego —cuando los tiros de cámara y la tecnología lo permiten—, es evidente que una fabulosa herramienta siempre puede ser un arma de doble filo si se usa mal. Así está sucediendo y no puede sorprender que el efecto sea el opuesto al deseado: alimentar la controversia.
Esto no va de bufandas. No va de ver campañas en contra de uno y a favor de otros. La unanimidad es total. Ni futbolistas, ni entrenadores, ni dirigentes, ni aficionados ni periodistas entienden nada. Todos protestan.
Si eso sucede, puede que el que está equivocado sea aquel que sigue dando lecciones y tratando de gobernar cuando solo debe velar por la ley. Si el juez quiere ser también monarca y gobernar con condescendencia a un pueblo al que considera ignorante, el sistema tiene un nombre y ya está caduco: despotismo ilustrado.
Por favor, dejen de retorcer un reglamento que sería simple si se aceptase que no es posible dirigir el juego sin pretender interpretarlo. El error es admisible. El ir contra la lógica y tratar a la gente de imbécil, no tanto.
