'El bueno, el feo y el malo'
Siempre que pensaba en Burgos, lo primero que me venía a la mente era el épico final del que posiblemente sea el mejor western —al menos para Quentin Tarantino y para mí— y una de las mejores películas de la historia. Desde el pasado sábado, también ha quedado grabado en mi memoria como el escenario en el que el Dépor ha sufrido uno de los mayores robos futbolísticos de la era VAR.
El cementerio de Sad Hill es una construcción cinematográfica que se creó en el Valle de Mirandilla, entre las localidades burgalesas de Contreras y Santo Domingo de Silos, para albergar el espectacular duelo triangular que cierra ‘El bueno, el feo y el malo’, obra maestra de Sergio Leone que pone el broche a la ‘Trilogía del Dólar’. A poco más de 60 kilómetros de distancia, en El Plantío, el equipo arbitral comandado por el colegiado valenciano Andrés Fuentes y, desde la sala VOR, por Luis Mario Milla, trató de enterrar las ilusiones del Deportivo. El cuadro coruñés sigue vivo y, aunque mantiene intactas sus opciones de ascenso directo, tras el robo en el estadio burgalés, ya no depende de sí mismo a la hora de encarar los cinco últimos capítulos del curso 2025-26 y necesita que el Almería pinche al menos una vez.
En la magistral obra del maestro Leone, cuyo título original en italiano es ‘Il buono, il brutto, il cattivo’, el Bueno es el personaje encarnado por Clint Eastwood, apodado como ‘Rubio’. El sensacional Eli Wallach, un animal de la interpretación, da vida a Tuco, el Feo, mientras que Lee Van Cleef, con esas facciones que le convirtieron en el villano ideal de un buen número de ‘spaghetti western’, cómo no, representa a Sentencia, el Malo de la película. Aun así, eso de malo es muy relativo, ya que la catadura moral de los tres mercenarios —que venderían a su madre por un puñado de dólares— es más que dudosa.
En el empate entre el Burgos y el Dépor (1-1) del pasado sábado, tengo muy claro quién sería el Malo —o en este caso, los Malos—. El papel se lo repartirían Ex aequo entre Andrés Fuentes y Luis Mario Milla, quienes entre ambos se inventaron ese penalti de Quagliata sobre Sergio González que transformó el local Curro y que dejó a los blanquiazules sin dos puntos que ahora mismo les permitirían mirar a sus perseguidores desde una plaza de ascenso directo.
El Feo sería cualquiera de los pupilos de Ramis que, a cada contacto que sentían, caían al suelo como si hubieran recibido un balazo a quemarropa, pero que, a la vez, repartían estopa con una facilidad sorprendente, sobre todo, porque al árbitro parecía que se le habían olvidado las tarjetas en el vestuario. Menos mal que al menos, en la segunda mitad sí se acordó de que las llevaba y castigó con amarilla la durísima entrada de Morante sobre Altimira.
Más complicado lo tendría para designar al Bueno. Normalmente, el papel habría sido para Yeremay. El canario es la estrella natural, el talento puro. Pero en El Plantío, pese a algún destello aislado, no estuvo a la altura de la exhibición que ofreció una semana antes en el triunfo sobre el Mirandés en Riazor (3-1). Así que quién mejor que Bil Nsongo, el joven delantero que sigue dando pasos de gigante. En Burgos cazó un balón suelto en el área y, con un derechazo, lo mandó a dormir a la portería defendida por Cantero. Fue el cuarto gol del camerunés, cada día más necesario en un final de temporada que apunta a que no nos dejará respirar hasta el último suspiro. Esperemos que los protagonistas de las cinco finales que restan sean los futbolistas y no los árbitros y el VAR.

