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Yo era ateo, pero ahora creo

No tengo a ningún Dios como referencia vital —aunque no puedo asegurar con rotundidad que ante una situación desesperada no me agarrase a la fe—. Ni siquiera me manejo entregado a las energías, como sí hacen muchas personas que no abrazan figuras religiosas, pero sí sienten cierta afinidad por la espiritualidad. Yo soy más de ver para confiar. Pero una vez mis sentidos captan un nuevo estímulo, no tengo problema en defender su existencia hasta las últimas consecuencias. 

Algo así me ha pasado con el Deportivo. Estimado lector, he de reconocerle que ya veo la temporada con otro prisma. Uno más positivo. Porque el equipo me ha hecho cambiar de opinión. Yo era ateo, pero ahora creo, que dirían C.Tangana y Nathy Peluso.

El ‘milagro’ que ha bajado del cielo ha sido la transformación del Dépor. O, más bien, su reconversión. El regreso del equipo a la senda que ilusionó en ese inicio de temporada. Por aquel entonces, nos frotábamos los ojos al ver sobre el césped a un equipo maduro pese a su escaso recorrido, teniendo en cuenta que julio se había iniciado con un nuevo entrenador y que el mercado de verano se cerró con cerca de una decena de nuevas incorporaciones que remodelaron prácticamente la mitad de la plantilla.

Se fue perdiendo el Deportivo por el camino. Sobreviviendo a base de unos resultados que en no pocas ocasiones apenas tenían que ver con el juego. Y ahí se generó un intenso y lógico debate entre aquellos que entendían que los marcadores no solo son lo más importante —lo son—, sino que además no engañan, y aquellos que creemos que las sensaciones tienen mucha trascendencia a la hora de construir dinámicas.

Entre ese primer grupo parecía encontrarse Antonio Hidalgo a nivel público. Por supuesto, estoy convencido de que el técnico catalán no estaba del todo contento con lo que veía de su equipo y se estrujaba los sesos tratando de encontrar la fórmula para mejorar el juego. Pero en muchas ocasiones, sus intervenciones se sostenían bajo el argumento único del resultado. Tanto que incluso llegó a mostrarse perplejo por el enrarecido ambiente que había en torno al equipo, pese a que sus pupilos iban, al trantrán, sacando resultados.

Quizá, en aquel momento, no entendió Hidalgo que, aunque “esto va de ganar”, la gente tiene ojos en la cara. Y alguna incluso sabe de un mínimo de fútbol como para sostener debates. Por eso, más allá de pretender divertirse viendo a su equipo, lo que muchos veíamos es que jugando así y sin apenas ser capaces de ganar a rivales directos, el gran problema estaba en que esa buena dinámica peligraba más pronto que tarde.

Por suerte, la tendencia ha cambiado. Parece que no comprobaremos cuánto de peligroso equilibrio tenía el camino sobre el alambre del Deportivo del resultado sin juego. Porque todo es radicalmente diferente.

Una mujer entre los espectadores aplaude al equipo durante la llegada del Deportivo en la previa del encuentro ante el Málaga
Una mujer entre los espectadores aplaude al equipo durante la llegada del Deportivo en la previa del encuentro ante el Málaga
Quintana

La buena dinámica de resultados, los goles en los últimos minutos y la consolidación de varias piezas que potencian el colectivo por encima de lo individual cimentaron una confianza que, sin duda, se vio magnificada por la decisión institucional de instalar el recibimiento de la afición al equipo como tradición en los partidos de casa.

La apuesta parecía excesiva, pero ahora solo cabe entenderla como éxito rotundo porque ayudó a cambiar el viento. Ha generado comunión.

Decía al principio que no creía en las energías esotéricas. Pero es imposible negar su existencia después de vivir los últimos partidos en Riazor. El equipo transmite, la afición lo siente y empuja más. Se genera una fuerza tan tangible como difícil de explicar. Fíjese si son importantes o no las sensaciones.

Por eso, aunque en el fútbol todo puede cambiar muy rápido y ni siquiera parecer el mejor equipo de los contendientes no te asegura el ascenso, ahora es difícil encontrar argumentos para seguir siendo ateo en optimismo.