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A estas alturas tampoco le vamos a pedir brillantez al Deportivo. Ni a nadie en esta árida Segunda División. Con sumar ya basta y eso fue exactamente lo que hizo el equipo en Gijón, donde al fin el equipo marcó en una acción a balón parado que se sustanciase con centro y remate. El acontecimiento vale un punto, que a estas alturas es un potosí sobre todo si lo que se rasca a domicilio se logra confirmar en casa, que es dónde se recibe el martes al Córdoba.  

Sin duda las estrecheces del calendario propiciaron decisiones en la alineación que Hidalgo tuvo que ir rectificando sobre la marcha. De las tres novedades en el once que abrió el partido, dos se fueron antes de tiempo (Riki y Escudero) y la tercera (Dani Barcia) pasó por un calvario futbolístico hasta que embocó ese testarazo que le desató en todos los sentidos porque tras el gol volvió a parecerse al káiser que tanto ensalzan sus acólitos. El chico, parece evidente, llena su depósito con el combustible de la confianza. A quien le sobra fe en sí mismo es a Ferllo, que además como es felino bajo palos en las situaciones que exigen buenos reflejos luce exuberante en esos lances. Lo hizo en Gijón para defender un remate de Pablo Vázquez poco antes de que se le viesen de nuevo las costuras en la reacción ante un tiro lejano. La respuesta al libre directo de Otero fue floja por tardía y por técnica. No es la primera vez que sucede.

El tanto en contra dañó al Deportivo, nada sobrado de fútbol en la base hasta que Hidalgo rectificó tras el descanso el rol de Soriano (Mario). Le sobraba un mediocentro al Deportivo y actuó el entrenador para confirmar, una vez más, la dependencia del equipo respecto al madrileño, que ejerce de constructor y de motor. Quizás pedirle que haga también de llegador y finalizador ya es demasiado. En todo caso el mejor Soriano potencia a quienes le rodean, por ejemplo a Luismi, que aún así sigue sin mirar hacia la portería, detalle que supone un problema cuando se juega cerca de ella.

El caso es que con unos y con otros, con Yeremay a medio gas y el trasiego habitual de delanteros, el Deportivo fue de menos a más. Creció en el partido, lo controló sin excesivos problemas a partir de la constante repetición de ataques posicionales y obligó al Sporting a protegerse con el celo suficiente como para no ser capaz de asustar a la contra. A partir de ahí solo cabía esperar una conexión eficaz a base de insistencia y de ese nuevo plan que abraza ahora el equipo, el de poblar el área aunque sea con bajitos y colocar centros a la espera de que algo suceda. No quiso una vez más un partido de ida y vuelta el Deportivo y encontró el premio en la chistera de la que nunca había sacado un conejo. Ya dice una amiga mía que lo importante no es la varita, sino el mago.