El gol que se celebró tres veces
Acostumbrado a ganar por los pelos, el Deportivo llegó puntual a su cita con el suspense para llevarse un trabajadísimo triunfo ante el Zaragoza que se puede catalogar como vigoréxico porque el equipo volvió a ganar en casa, donde no deja de lucir atrancado, reduce distancias con el primer clasificado tras el tropezón del Racing, sostiene el pulso de rivales como Almería y Málaga y pone a Las Palmas y Castellón en riesgo de descolgarse. Todo llega además en un momento catártico, cuando el club ha agitado a su gente para que todo lo que rodea a los partidos de fútbol en Riazor adquiera el tono de las grandes ocasiones. Quizás no hayamos llegado a entender del todo ni cómo ni de qué manera, pero el caso es que el Deportivo está en condiciones de pelear el ascenso a la máxima categoría. Aunque en un final de partido obligado a replegarse se permita curiosos lujos como dejar a tres atacantes descolgados.
Al Zaragoza lo superó en un partido en el que dejó sensaciones agridulces que obviamente se almibararon con el postrero gol de Mulattieri. El éxito se empezó a forjar con un despiste que le dio ventaja al rival en el marcador y metió de lleno al equipo de Antonio Hidalgo en una liza que debía dominar. Lo hizo a partir de la pericia de Mario Soriano, al que definitivamente el entrenador prefiere cerca de la base. Hay un damnificado claro por ello, se llama Riki y por él se acaba de pagar un dineral al Albacete. Un millón de euros, dicen allí, por un futbolista que ya estaba comprometido para el verano. El caso es que el chico ha salido de la ecuación futbolística del entrenador, que le ha entregado las llaves del equipo a Soriano y las de las galeras se las ha devuelto a Villares. No es una mala decisión. El de Vilalba corrige. El ’21’ le da fútbol al equipo, lo saca de la cueva y lo arma. El Zaragoza tardó en detectarlo, o al menos si lo hizo sí que tardó en evitarlo. Y el Deportivo creció desde las botas del otrora mediapunta. Fluyó el juego más que en otras ocasiones y quedó durante bastantes minutos de la primera parte la sensación de que se litigaba contra un rival empobrecido, abrumado por el futuro que se le intuye, fallón y temeroso.
Empató el Deportivo y siempre dio la sensación hasta el descanso de que el partido estaba en su mano. Pero el receso empeoró al equipo. Ocurrió que el Zaragoza dio un pasito hacia adelante y tapó algunas de las autopistas que circulaban antes hacia Soriano. Y regresó ese Deportivo espeso de Riazor que tanto nos disgusta. Ferllo salvó al equipo justo donde poco antes el meta del Zaragoza había concedido la igualada. E Hidalgo, que está vez dominaba el panorama desde el gallinero del estadio, empezó a tomar decisiones. La primera incomodó a muchos: Herrera al campo y Altimira al banquillo. El cambio tuvo además otro damnificado porque Luismi Cruz, que había estado participativo y atinado en posiciones interiores perdió peso en el partido en cuanto le confinaron en la banda diestra.
Mal que bien (o bien que mal), el Deportivo regresó al partido. Lo hizo a empellones en un escenario que ya se había trabado, siempre ante un rival herido que aún en una versión mejorada con el paso de los minutos nunca dejó de presentar credenciales de Primera RFEF. Ante este flojo Zaragoza buscó y encontró soluciones el entrenador a partir del recurso del comodín de Yeremay, que con una pierna y desde la línea de cal sembró el pánico en las filas aragonesas. En el tiempo de la agonía encontró piernas el equipo, ganador atrás en los duelos sobre todo con Noubi y Ximo Navarro, ambos excelentes toda la noche. Incluso agotado como estaba reapareció Soriano para mover la pelota ante el último repliegue rival antes de que todo se solucionase con un balón profundo de Ximo que Eddahchouri, por una vez, bajó para que Mulattieri demostrase que sus condiciones son más de segunda punta que de delantero de referencia. El gol, por esas cosas del fútbol moderno, se celebró hasta tres veces entre las indecisiones de un mal equipo arbitral. Igual era lo justo: hay goles que valen triple.
