La risa va por VARrios
No hay manera. Por mucho que intento entenderlo, y de verdad que lo intento bastante a menudo, no entiendo las cada vez más recurrentes quejas de los dos grandes del fútbol español cuando, entienden, que el VAR les quita algo o se lo da a su rival.
Un vicio insano y que supone un desprecio al resto de equipos, sobre todo a los más modestos, los que más motivos tienen para estas en desacuerdo con el trato arbitral.
El último episodio de hipocresía tiene que ver con la semifinal de la Copa del Rey entre el Atlético de Madrid y el Barça. En la ida, disputada en la capital, los azulgranas lloraron la –a su juicio– validez de un gol que final fue anulado por un fuera de juego que, como mínimo, hay que calificarlo de raro.
En la vuelta, el Atlético no tuvo que lamentar que el 3-0 de los de Hansi Flick, que los ponía un tanto de igualar la eliminatoria, llegase en una acción que en todos los planos televisivos parecía fuera de juego meridianamente claro.
La imagen del VAR automático, que solo recoge el –presunto– momento en que el balón sale del pie del pasador, dijo lo contrario. Una decisión que no convenció a nadie sin intereses azulgranas.
Y es que el VAR sigue siendo una herramienta bastante mal usada. En determinadas situaciones es como intentar apretar una tuerca con un destornillador. Se analizan y se rearbitran acciones bastante retorcidas y no se puede usar en otras más sencillas. Por ejemplo, se invalidan goles por una infracción previa ocurrida muchos/bastantes segundos antes, incluso más allá del minuto.
Pero no se puede intervenir en un tanto anotado tras un saque de esquina o una falta que no lo son. No se trata de que el VAR cubra todas las opciones posibles, porque las situaciones son casi infinitas, sino de ponerle al tema un poco más de sentido común.
Y en estos tiempos de tablets y similares en los banquillos, no estaría de más implementar el llamado challenge en algunos deportes e instant replay en otros: la opción de que los equipos puedan solicitar revisiones de vídeo, una en cada mitad del encuentro. En baloncesto y en fútbol americano, la penalización por no tener la razón es la pérdida de un tiempo muerto.
En fútbol podría ser, por ejemplo, la pérdida de un cambio, algo que, con cinco por encuentro se notaría muchos menos que en los tiempos, nada lejanos, con tres.
