Caos
Medité si titular este artículo ‘La duda del genio’ o ‘Caos’. Finalmente, me decanté por este último, la traducción en español de ‘RAN’, una de esas joyas cinematográficas inmortales que trascienden al propio cine. Del mismo modo, que en el fútbol hay genios cuya fantasía sobrepasa el ‘verde’ para perdurar en nuestras retinas para siempre. Prodigios, portentos capaces de convertir en realidad lo que para los mortales nos resulta imposible, pero, a la vez, víctimas de su propio talento, de ese caos, anarquía y desorden innato que los convierte en especiales e impredecibles.
Todo esto me viene a la mente mientras paseo y escucho el último episodio del magistral podcast ‘Todopoderosos’, en el que los humoristas Arturo González Campos y Javier Cansado, el director de cine Rodrigo Cortés y el escritor Juan Gómez-Jurado se explayan y reflexionan (normalmente) sobre alguna figura del séptimo arte, la literatura o la música. En esta ocasión, cierran el círculo a la trayectoria del excelso e irrepetible Akira Kurosawa, director de cine japonés al que Steven Spielberg definió como “el Shakespeare del cine contemporáneo” y que (incomprensiblemente) descubrí muy tarde, pero que, desde que llegó a mi vida, se convirtió en uno de mis referentes, al que regreso una y otra vez y cuyas obras siempre logran ponerme la piel de gallina, las vea por primera o por enésima vez.
30 años de profesión, prestigio consolidado y varias obras maestras indiscutibles a sus espaldas, como ‘Los siete samurais’, ‘Rashōmon’, o ‘Trono de sangre’, llevaba el genial artista cuando, tras el fracaso de público que en 1970 supuso ‘Dodes’ka-den’, se sumió en su mayor crisis artística y humana que le llevó al borde del abismo y a dudar de sí mismo. Y, sin embargo, aún le faltaba por regalarnos lo mejor, ‘Dersu Uzala’, ‘Kagemusha’ y ‘RAN’. Esta última, con una calidad pictórica y un deslumbrante uso del color, que posteriormente ha influido en virtuosos como Martin Scorsese, George Lucas o Quentin Tarantino.
Ese caos de ‘RAN’, la adaptación de ‘El rey Lear’, de Shakespeare, y sus demonios interiores se hallan de manera congénita en todos los genios. Solo desde esa anarquía interior y espíritu libertario, rebelde, es posible explicar los momentos de explosión —o implosión— del mágico Djalminha, que tan pronto enamoraba a Riazor con su fútbol, como propinaba un cabezazo a Javier Irureta, su entrenador, o del prestidigitador Yeremay, capaz, a sus 23 años, de liderar a un club con la historia del Deportivo y, a la vez, de autoexpulsarse en los minutos finales del partido contra el Eibar, cuando su equipo tiene en su bolsillo un triunfo tan importante y necesario. Genios, caos, imprevisibilidad. No trates de entenderlos.
