El país más fuerte del mundo
En este país somos especialistas a sobrevivir a lo insobrevivible. “España es el país más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”, dice una frase atribuida –dicen que de manera errónea– a Otto von Bismarck. Y eso que el excanciller alemán murió en 1898 y no vio todo lo que vino después. Se perdió lo que nos contaron nuestros abuelos, lo que vivieron nuestros padres y nos tocó sufrir en nuestras carnes a nosotros mismos.
Von Bismarck –o quien haya dado forma a la famosa frase– tuvo la inmensa fortuna de pasar por este mundo sin haber conocido las ideas de Javier Tebas y el blandenguismo de la sociedad española. Todos estamos de acuerdo en recordar a las víctimas, aunque algunos se quejen de que en todos y cada uno de los partidos que se juegan en Riazor haya que respetar un minuto de silencio en memoria de algún fallecido. Y todos estamos de acuerdo, también, en que el temor a las catástrofes nos paraliza durante cada vez más tiempo. Quizá el haber repetido tanto la cantinela de “que pronto nos olvidamos de las cosas” haya forjado este miedo permanente a que a alguien le pase algo. La cantidad de suspensiones que está viviendo el fútbol profesional es digna de estudio y de revisión. Primero, porque parece que el viento va a soplar muy fuerte. Después, porque a un aficionado le da un soponcio en la grada y media hora más tarde se informa de su fallecimiento. Más adelante, porque se prevé que vayan a caer chuzos de punta.
No pretendo ser negacionista del cambio climático, porque es una realidad. Aunque también estoy seguro de que estas cosas, aunque no se les llamaba ni danas, ni ciclogénesis, ni ríos atmosféricos, existen incluso desde mucho antes de que naciera Bismarck. En A Coruña lo sabemos bien, porque el diluvio universal obligó a parar una final de Copa y reanudarla tres días después. Ya hace más de 30 años de aquello.
Ni la vida ni los negocios se pueden paralizar a la mínima. Un panadero cierra su panadería si le muere un familiar, pero si quien muere es el presidente del gobierno, el presidente de LaLiga o el alcalde de su ciudad, su horno va a seguir trabajando. Y si hay una alerta amarilla o naranja también va a ir, bien pertrechado contra los elementos, a abrir su obrador, como todos los días, a las cuatro de la mañana, para que la gente tenga una barra de pan que llevarse a la boca. Decían que de la pandemia íbamos a salir mejores y esto, fútbol incluido, no hace más que dar pasos hacia atrás. Quizá la culpa sea del adiós de Messi y Cristiano. O quizá, como casi siempre, haga falta algo de autocrítica y un poco de vergüenza torera en forma de dimisión.
