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Libre de marca dentro del área, Álex Rubio se paró, chutó de forma inapelable y empató el partido para el Albacete. Antonio Hidalgo se lamentó en la sala de prensa por la falta de capacidad del Deportivo para saber sufrir en esas situaciones, cuando el rival se vuelca a por el gol. Loureiro declaró en la zona mixta que lo que hay que hacer es seguir trabajando para mejorar y que no se repitan esas desatenciones. Riki, debutante, apenas podía disimular que no estaba tan contento como pensaba estar al cambiar el vestuario manchego por el herculino. Y todo esto habría sucedido si Álvaro Ferllo no hubiese inventado una suerte nueva en el fútbol: el rebobinado.

Algunos recordarán “Be kind, rewind” (“Rebobine, por favor”), del director francés Michel Gondry, tan de moda en la primera década del siglo, cuando rodaba alguno de los mejores videoclips de nuestras vidas. En aquella película, un par de amigos recrean para sus vecinos las películas que se han borrado accidentalmente en el videoclub local y obtienen un éxito inesperado con sus propias versiones. Al portero del Dépor no le gustaba el final previsto para el domingo y decidió reescribirlo.

Desde mi asiento en Riazor, en el córner izquierdo de Maratón, escuchamos perfectamente el golpeo seco del atacante rival y vimos con claridad cómo la pelota superaba la perpendicular delineada por la mano por el cancerbero local. Pero no. Las falanges de Ferllo tienen six pack abdominal. Las puntas de sus dedos son ventosas de pulpo. Los dedos del riojano podrían trepar por la Torre de Hércules en un día de lluvia, me río de Alex Honold en Taiwán. La muñeca que sostiene su mano es un brazo de grúa portuaria. Su piel es velcro. Los guantes que viste los patrocina Loctite.

Las tomas televisivas no hacen justicia a una mano que no solo detiene el balón: lo arranca del tiempo y del espacio, lo pausa cuando se escurría hacia la meta y lo hace retroceder hasta un punto en el que el resto del cuerpo de Ferllo, aleta dorsal incluida, ya puede descansar todo él sobre el césped y abrazar la pelota para que ni se le ocurra escaparse. Era gol y no lo fue. Hubo gritos en Albacete que no llegaron nunca a abandonar la garganta. Un moonwalk de emociones que pretendían avanzar mientras retrocedían. Dedicamos muchos minutos al fútbol para, muy de vez en cuando, encontrar un instante imposible como ese.

Pasaron muchas cosas en Riazor el último domingo y no todas buenas para el Dépor, pero sí al menos las dos mejores. Una acción finísima, un pase a la red al primer toque de Yeremay, el gol, y la otra, el milagro del tiburón verdadero (sea quien sea el otro escualo, definitivamente un impostor a ojos de todos nosotros). De aquí se extrae que a este equipo incapaz de sostener la misma mueca durante un partido completo, a menudo lo rescatan raptos de inspiración de un puñado de futbolistas que para nuestra fortuna y para agravio ajeno, visten la blanquiazul. Inconsistente en el juego, pero pertinaz en el talento. Desquiciante para quienes lo apoyan y lo quieren ver dominar. Aún más insoportable para quienes lo enfrentan y, pensándolo sometido, saben que no pueden relajarse un solo segundo ante la posibilidad, quizás pequeña pero siempre presente, de que alguno frote la lámpara y brote el genio. De muchas más acciones dignas de moviola puede depender nuestro futuro en esta temporada.