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Partidos que cambian el destino

El Dépor creyó. El deportivismo creyó. Y no existe nada más importante que creer en lo que uno hace. Porque esa es la vía para hacer, en primera instancia, las cosas bien hechas. Y en segunda, alcanzar la excelencia. La fe lo es todo. Tanto para un fanático religioso como para quien prepara una oposición. Y, por supuesto, para todo lo que se mueve alrededor del deporte y, por ende, del fútbol.

La historia está llena de victorias del débil sobre el fuerte, del pequeño sobre el grande, de la víctima propiciatoria sobre el gran favorito. Aunque el Deportivo no salió victorioso del partido del martes, sí ha llenado su armario de numerosos intangibles. La derrota ante el Atlético de Madrid es de esos encuentros que marcan un antes y un después. Un estadio lleno y una afición volcada con su equipo. Y un equipo con unos cuantos jugadores que vienen de revolverse en el barro de la tercera categoría nacional que tutea a uno de los tres grandes del fútbol español. El martes fue uno de esos días en que miras a tu alrededor, analizas lo sucedido, abres la hemeroteca que tienes grabada en tu cerebro y piensas que, ahora sí, la llama ha vuelto a prender.

Uno que (insisto un día más) peina canas, tiene memoria (y edad) suficiente y recuerdos (por fortuna) frescos que le conducen a rememorar que experimentó algo parecido hace unos cuantos años. Y no, no estoy diciendo que haya visualizado que vaya a volver a ocurrir exactamente lo mismo. Ni tampoco que lo haya soñado como le ocurrió con su muerte en avioneta al cantante colombiano Yeison Jiménez. Pero esa es la sensación que recorre el cuerpo casi cincuentón al canoso que, cuando era un crío, escuchaba a sus mayores hablar de las hazañas de Chacho, Acuña, Moll, Suárez y Manolete. De la Orquesta Canaro, de Pellicer y de Beci. Y que compartía el dolor de esas generaciones que ya habían dejado atrás la adolescencia y nunca habían tenido la suerte de ver (o no eran conscientes de haber visto) a su equipo codearse con los grandes del fútbol español. Porque lo vivido el martes –y, en menor medida, el mes pasado ante el Mallorca– le retrotrae a aquel memorable tramo final de la 1989-90, a aquella épica permanencia en la promoción ante el Betis, a aquella remontada ante el Real Madrid en la que ve la luz el SuperDépor.

En los últimos quince años, mi carnet de socio ha bajado algo más de 22.000 números. Esa cifra habla a las claras de una importante renovación en la masa social, porque interpreto que 1.400 bajas por año son muchas. Quizá demasiadas. La parte positiva está en que la semilla ya se esparció hace muchos años. Solo hacía falta regarla y abonarla en condiciones.