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Hace unos años acudí a un evento al que me citaron en el estadio de Riazor y para el que se había anunciado la presencia de Arsenio Iglesias. El hombre ya andaba maltrecho, pero lo hacía con un aura que impactaba y por eso cuando hizo acto de presencia del brazo de Carlos Ballesta por la entrada el fondo de Pabellón, las decenas de personas que se desperdigaban en el camino que llevaba al acceso a los vestuarios del centro del campo se volvieron hacia él. Con unas gafas ahumadas y un paso cadencioso, Arsenio avanzó entre la gente, que se abrió a su pasó como las aguas ante un Moisés. Por el camino recogió gestos y muecas de admiración y algún saludo, pero era sencillo percibir que se sentía abrumado, así que transitó impertérrito con la mirada al frente hasta que se encontró con un barbado melenudo y, sin mediar saludo, le espetó: “Eres Dios”.

Hoy le dedicaré unas líneas a esa deidad y lo haré a partir de otra sentencia de Arsenio, esa en la que concluía que la vida siempre está apostada para propinarte un sopapo en cualquier momento. Hay algo de fatalismo en esa idea, pero también bastante de humildad y de prudencia, valores que no son mala compañía y que hay que ponderar especialmente en tiempos en los que es sencillo cruzarse con campeones y ganadores natos, esos que tanto molestaban al brujo de Arteixo. El periodismo, singularmente el deportivo, es un terreno abonado para ellos, quizás porque hemos transitado de un oficio en el que se trabajaba para buscar noticias a otro en el que se considera periodista aquel que se sienta ante un teclado para disparar opiniones, en definitiva para pontificar. Pueden considerar esta columna como un ejemplo si les place.

La profesión se llena de sabios de patacón y se vacía de gente que sepa transmitir el oficio a los que llegan; las redacciones se quedan sin referentes porque, por una parte, a algunas empresas no les sale rentable mantener a esos senior que no hace tanto ayudaban con su ejemplo diario a formar profesionales y, por otra, tampoco es sencillo llegar a senior sin morirse de hambre en una ocupación cuyo valor se ha depauperado hasta límites que casi la convierten en imposible de ejercer.

En medio de todo esos vaivenes siempre ayuda tener los ojos bien abiertos no tanto para copiar, que también, sino sobre todo para aprender. Cada uno ahí se puede manejar como quiera, pero a mí al menos siempre me dio seguridad tratar de encontrar referentes, por más que no siempre los tuviera a mano. Con el tiempo entendí que tampoco tenía por qué buscarlos en una Redacción. A Xosé Manuel Mallo lo encontré en una, pero le traté sobre todo fuera. En los bares, claro. Y comprendí que en ellos también se hacía periodismo.

Primero le leí y le escuché como deportivista, luego como periodista, después como amigo. Siempre con el respeto que se le debe a quien hizo los pasos que uno trata de recorrer. Mallo fue largo tiempo jefe de deportes de El Ideal Gallego en una época de intrépidos en la que se podía titular en serbio la crónica del partido que glosó el tantos años esperado ascenso del 91 con aquellos dos goles de Stojadinovic. Fue quién de dar el salto una y otra vez entre la radio y el periódico, siempre con la esencia del periodista informado que sabe como, cuanto, cuando y qué debe contarse. Lo hacía en los tiempos más contemporáneos en una imperdible columna en La Opinión a la que obviamente tituló con una de las frases de cabecera de Arsenio: “!Qué duda cabe!”. Este sábado, Mallo cumplió 65 años y, como sabe de que va la vida, la efemérides le ha pillado jubilado y jubiloso, más difícil de localizar que cuando la rutina laboral pugnaba, no siempre con éxito, por marcarle la agenda… si es que algún día la tuvo.

Ignoro si cumplir 65 años da vértigo, pero al menos a mi lo que me alertaría sería quedarme sin espejos a los que mirar, sin el consejo o el reproche crítico del amigo, sin la mirada honesta de la profesión y, en definitiva, de la vida. Arsenio una vez más tenía razón, qué duda cabe, cuando aquella mañana en Riazor, muy cerca del banquillo que habitó durante tantos años, se paró ante aquel tipo barbado y con pinta de no haber visitado la peluquería en años y le dijo: “Malliño, ¡eres Dios!”.

Mallo en su puesto como jefe de deportes de El Ideal Gallego a finales de los noventa
Mallo en su puesto como jefe de deportes de El Ideal Gallego a finales de los noventa
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