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Lleva tantos años ascendiendo por decreto el Deportivo que, por si no se han dado cuenta, a estas alturas es el único residente de una división exclusiva, muchas categorías por encima de la Primera División, la Champions League y la Superliga juntas. Es lo que sucede cuando desde el día mismo de su último descenso, todas las instituciones manifiestas y ocultas del estamento fútbol confabulan para auparlo una vez y otra vez a base de (la lista es larga) ayudas federativas, ayudas arbitrales, rescates financieros, dinero de la droga, corrupción sistémica, latrocinio, terrorismo, maleficios y, en general, malas artes. Sumando todos esos ardides, el club coruñés acumula un ascenso tras otro y lo de haber jugado un lustro en tercera categoría y pelear ahora en la Segunda División es, sin duda, un engaño colectivo que cada fin de semana se empeñan en denunciar aficiones y entrenadores rivales.

Sorprendió un poco que el argumento se repitiese esta pasada jornada desde Albacete, pues equivalía a decir que la gesta manchega que descalabró al Dépor en Riazor en una final de playoff, en realidad nunca ocurrió. Y sin embargo hubo que escucharlo también de boca de Alberto González, un buen entrenador que conocimos al timón del Linares en esa categoría de Primera Federación de donde nos arrancaron a la fuerza por, se supone, orden ministerial.

“El penalti se puede pitar o no” fue la particular manera que tuvo para reclamar que sí se debía pitar el penalti para su equipo que las imágenes sugerían que no se debía pitar por causa del detalle baladí de que penalti allí no había. “El VAR es una desgracia para el fútbol, nos está sacando a todos locos”, añadió. Solicitar que exista algo a la vez que se reconoce que no existe es una enajenación, estamos de acuerdo.

Ese estado transitorio de chaladura causado por el VAR perduró cuando, puesto a analizar el juego, González confundió la táctica con el límite salarial. “Ciertos errores como los que hemos cometido ante un equipo como el Dépor, te penalizan duramente como nos han penalizado”, arrancó. Acto seguido, como si estuviese a punto de dejarse atrás la salida de la autopista, dio un volantazo y justificó la derrota con la cartera: “Hay que reconocer también que el presupuesto del rival de hoy era mucho mayor que el nuestro”. De un plumazo, fue como si Vallejo hubiese desaparecido de la alineación manchega y Riki, el capitán, sí hubiese posado en verano con la blanquiazul al lado de Fernando Soriano.

A veces con más disimulo y ahora, desde que alcanzó el liderato, con total descaro, los entrenadores rivales encuentran en el Deportivo el chivo expiatorio perfecto para ahorrarse explicaciones. Es más sencillo para Iván Ania, José Juan Romero o Alberto González, decir que su rival se abanica al ritmo que marca el silbato del trencilla o que alinea a una plantilla de nivel europeo, que descifrar cómo sucumben ante un equipo que no parece tanta cosa, que sufre en tramos de los partidos y que, pese a todo, siempre encuentra alguna vía al gol. El primero que anotaron los herculinos en el Carlos Belmonte, por cierto, lo fabricaron un central bajo sospecha que venía de unos pocos partidos en el Eibar, un canterano de 20 años con afición al tinte, un centrocampista menudo que se reclutó hace cuatro años en Primera Federación, y un descarte del Granada al que se intercambió por otro futbolista. Algunos pueden pretender hacerlos pasar por la plantilla del Arsenal o el PSG porque parece que, cuando anda el blanquiazul por el medio, en la Liga Hypermotion no existe el rubor y nadie se pone colorado.