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Nunca sabes quién te va a robar el corazón, pero muy mal se tendrían que dar las cosas para que dentro de unos cuantos años no aparezca la 12 de Quagliata vestida por algún connoisseur asiduo a Riazor, en un esténcil impreso apuradamente cerca de la Torre de Marathón, o en algún videomontaje nostálgico de la red social que sea la moda de ese momento.

El carisma se tiene o no se tiene. ¿Giacomo? Veamos: el perfil afilado, con la perilla larga, el flequillo húmedo y dos aros enmarcando la faz de corsario espadachín; el acento del melting pot de civilizaciones clásicas que es la isla más grande del Mediterráneo; el recuerdo ya, por siempre indeleble, de que su primera acción con la camiseta del Deportivo fue entrar con un arrojo innecesario en pretemporada a la pierna de un rival para ponerlo en órbita (si no sucedió exactamente así, así es que lo recordamos ya y el paso de los meses y los años solo engrandecerá esa leyenda). Hechas las cuentas, a mí el resultado me dice que sí, que pertenece a la estirpe de los carismáticos.

Son tan largas las temporadas del fútbol que en la experiencia del aficionado caben muchas más cosas que el inexorable conteo de puntos hacia la meta final. La memoria de los años deportivistas se rellena con recuerdos de tipos que se salían del cauce esperado, ya por su juego, ya por su historia, ya por un poco de ambas cosas y de nada a la vez.

En el Deportivo que transitaba de Súper a Euro, fueron apareciendo franceses efímeros de buen rendimiento (Martins, Ziani) y de mala cabeza, con Bonnissel como estandarte y figura de maldito inolvidable. Naybet era demasiado bueno como para no acabar normalizado por la élite, pero Hadji y la avioneta de Casablanca, Bassir, pasaron directamente a la galería de extranjeros de culto. También tuvieron su momento los nórdicos, con Rindaroy y Wilhelmsson, el segundo de ellos directo al panteón de ilustres con solo 15 partidos en el club.

No se llamaría je ne sais quoi si lo supiéramos definir, pero sea lo que sea, Quagliata lo reparte. A la dirección deportiva hay que aplaudirle el haber rastreado un perfil así con 25 años curtidos en escuadras poco obvias del siempre mutante fútbol italiano como Cremonese y Catanzaro. De allí extrajeron a un jugador ligero y raudo, generoso en el esfuerzo (una vía rápida para ganarse el favor popular), y capaz de centrar balones tensos al punto de penalti llegando en carrera, con un solo toque, una suerte que cada vez se practica peor porque parece propia de un fútbol más antiguo y menos elaborado. Con esos mimbres se construye un lateral izquierdo que, prefigurado como suplente, ha ascendido a titular en mi corazón y también en el campo.

Con contrato hasta 2028, cuesta adivinar el recorrido deportivo del palermitano en el club. A veces ocurre que los cambios de categoría (se vale soñar) y las oportunidades de mercado, recalculan las trayectorias de los jugadores. Pero en una versión del Deportivo que los anuarios recordarán con los nombres de Yeremay, Soriano y Villares en los titulares, el retrato de la temporada se completa con una dosis de grinta (futbolismo italiano para la garra y el coraje) que no se puede impostar. Dicen en Sicilia que cu nesci arrinesci (quien sale, triunfa). Habrá que acatar el refrán.