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A Ana Silva se la conocía como la Maradona del fútbol sala. Quienes la vieron jugar incluso dicen que el apodo se le quedaba corto. Que era el astro argentino el que era el Ana Silva del fútbol (complicado porque uno fue primero y la otra después por lo menos en el tiempo). La jugadora coruñesa abanderó no solo al legendario Sal Lence, con el que en los años 90 conquistó tres Ligas y dos Copas de España, sino también a la primera selección española (con la también pionera coruñesa María Bardanca), con la que sin embargo no pudo sumar más títulos a su palmarés. Y no es porque perdiera todas las finales o hubiera un gafe que le privara de ello. Es que no había competiciones que jugar. Los hombres disputaban por entonces la Eurocopa desde 1966. El Mundial desde 1989. Pero eso de la igualdad parece que no iba con la UEFA y la FIFA. No fue hasta 2019, con 53 años de retraso, que la organización continental cedió a las reclamaciones de las jugadoras y organizó el primer torneo femenino. Un poco menos han tenido que esperar en el caso del ente internacional, 36, para la celebración del primer Mundial que arrancó este viernes en Filipinas y en el que el sábado debuta España.

María Bardanca, Luci Gómez, Martita y Ana Silva
María Bardanca, Luci Gómez, Martita y Ana Silva
RFEF

Suficientes me parecen a mí como para no dejarme cierto sabor amargo. Por un lado, aplaudir el momento histórico que estamos viviendo. El primer Mundial y con otra coruñesa, Martita, para ser testigo de ello como Lucía Gómez había hecho justicia con el fútbol sala de la ciudad con su presencia, con título, en el debut continental (después ganaría otros dos). Pero por otro lado no puedo evitar indignarme de que haya tenido que pasar tanto tiempo. Estamos en 2025. Casi ya 2026. Que a estas alturas se dispute el primer Mundial, cuando la cuestión de género está ya en otros debates mucho más avanzados, me parece casi más motivo de vergüenza para los estamentos que dirigen el fútbol que de celebración. Bienvenidos, al fin, al siglo XXI.

Nunca es tarde, así que me alegraré de que empiece a verse un atisbo de luz y por toda la visibilidad que van a tener a partir de ahora tanto las jugadoras de hoy como las de mañana. Nunca es tarde, pero sí lo ha sido para esas pioneras como Ana Silva o María Bardanca, que no solo tuvieron que luchar contra los prejuicios de toda una generación, que prefería ver a las mujeres en cualquier sitio antes que en una cancha y mucho menos si era para pegarle patadas a un balón, tan de machos, tan de testosterona, sino contra el rechazo de los dirigentes, mirando como siempre para el lado contrario a la realidad, y frente al posterior olvido, la nada, como si nunca hubiesen existido. La Federación Española de Fútbol empezó a organizar hace unos años una serie de partidos de leyendas que se disputaban antes de los de la propia selección actual precisamente como una forma de reivindicar sus figuras. Allí se vio que Ana Silva no ha perdido ni pizca de su toque. Ni sus rizos de oro.