Yeremay, que no es poco
Después de ver por enésima vez marcar la diferencia a un jugador al que la segunda categoría se le queda corta desde hace tiempo, me veo obligado a ejercer de poli malo. Creo que voy a ser casi tan malo como el partido protagonizado por el Deportivo en el Nuevo Arcángel, aunque parezca complicado estar a su altura.
Más allá de que el horizonte nos enseña un cielo despejado y de que algunos futbolistas blanquiazules marcan la diferencia como pocos en la categoría, el equipo volvió a recordar en Córdoba a aquel flan que estuvo cinco partidos consecutivos sin ganar. Un equipo sin espíritu competitivo, sin fuerza, sin mala leche. Un equipo incapaz de ganar duelos, que llegó tarde a todos los balones divididos y que acabó a merced de un rival con un jugador menos. Eso sí, quedó claro que jugar en el Nuevo Arcángel es algo parecido a acudir a la consulta del dentista. Ya no solo por el estilo de juego implantado por Iván Ania, sino por el ambiente. Si no fuera por la ausencia de bengalas, por el rugir de la afición verdiblanca diría que el Dépor jugó en el Giorgios Karaiskakis de Atenas o en el Ali Sami Yen de Estambul. El Córdoba rasca, choca, incomoda, protesta. Y empuja. Es difícil encontrar en la Liga otro equipo con su intensidad. Desde luego, el Dépor está, en ese sentido, a años luz de los cordobeses.
Una vez más, no me gustó el Deportivo. Creo que no puede gustar a nadie un equipo que en cada balón que merodea su propia área transmite inseguridad, que alguien puede cometer una negligencia en cualquier momento. La tempranera tarjeta a Arnau Comas es una buena muestra de ello. El gol en propia meta de Noubi, que si deja pasar la pelota se hubiese perdido fuera de banda, es otra. Una concatenación de errores, de falta de contundencia. Creo que a nadie puede gustarle un equipo que parece rehuir el contacto, como si el fútbol en vez de fútbol fuese voleibol o tenis.
Claro que la cuestión no es jugar bien o mal, ni hacerlo mejor o peor. La cuestión es ganar. Y el Deportivo, porque tiene en sus filas al mejor jugador del campeonato, ganó. Incluso pese a quedarse a unos cuantos cuerpos de jugar su mejor partido, Yeremay marcó las diferencias. Gol de penalti —a lo Panenka, dando espectáculo— y dos asistencias para Quagliata y David Mella. Por supuesto, después de cometer infinidad de errores. Con futbolistas de su nivel es así de simple. Fallan, fallan y vuelven a fallar. Hasta que no fallan y te dan los tres puntos. Simplemente, el Deportivo ganó en Córdoba porque tiene en sus filas a Yeremay, que no es poco.
