Estrellas lejanas
Hace ya un buen puñado de años leí, en una influyente revista musical, una sentencia que entonces podía parecer una boutade, pero que se ha relevado como irrebatible: “Los futbolistas son las nuevas estrellas del rock”. Una sentencia, nada gratuita, que encierra diferentes conceptos, no todos positivos, por supuesto.
Los futbolistas han pasado a marcar tendencia capilar, textil, en ocasiones musical y, también ocasionalmente, de comportamiento. Y vaya por delante que no soy de los que piensan que deben ser el ejemplo. Ni para los niños (ese papel corresponde a sus padres), ni, obviamente, para los adultos.
No obstante, no son las maneras de los futbolistas las que generan estas líneas, sino las de sus clubes. Las de los clubes, en general, porque el fútbol suele contagiar al resto de deportes básicamente lo malo. O, dicho de una tal vez manera más justa, el resto de deportes coge básicamente lo peor del balompié.
En la era del deportista como estrella universal, que coincide con la era de la comunicación global, los ‘dueños’ de los atletas cada vez los alejan más de los aficionados. Aficionados que pagan, mucho dinero para verlos en el campo; mucho más dinero para verlos desde el sofá, y una cantidad exorbitada por poder lucir sus prendas de trabajo, que, dicho sea de paso, convierten al portador en un polianuncio andante. Que no cobra, sino que paga por ello. Paradojas modernas.
Por si fuera poco, cualquier club que se precie de súper profesional también ha amputado a los medios de comunicación de los entrenamientos. El club sirve la información que le conviene, le pone el bozal a los deportistas, y aquí paz y después gloria.
No deja de ser llamativo que un club de una tercera categoría blinde sus entrenamientos contra todo ser un humano que no pertenezca a la casa. Cuando hace relativamente poco, un club con un primer equipo plagado de estrellas trabajaba en una instalación pública con libre entrada. Y no pasaba nada que no debiera pasar.
El alejamiento de los ídolos puede tener justificación. Para los clubes la tiene. O eso parece, porque tampoco es que den demasiadas explicaciones acerca del porqué del moderno modus operandi.
Y no basta con programar, una o dos veces por temporada, jornadas de puertas abiertas. Como si fuera un regalo a los que pagan y a los que informan. Ni determinados actos, el 99,9% con trasfondo publicitario, que ponen a los deportistas más cerca, tampoco mucho, solo la puntita, de quienes les adoran.
Puestos a copiar del deporte estadounidense, copiar lo bueno. Más acciones sociales. Que, por ejemplo, los que van a un comedor o a un banco de alimentos en una fecha señalada, sean servidos por tipos llamados LeBron, Luka, Shai, Nikola, Giannis... Porque aquí eso no existe. Tampoco el premio al jugador que más colabora con la comunidad. Lógico.
