¿Echamos un pulso?
No cuento con la fuerza suficiente como para ganar en ese ‘juego’, seguramente ya en desuso, el de ver quién es capaz de doblar el brazo de su rival, codo apoyado y manos entrelazadas. Me refiero a ese toma y daca con el que muchos jugadores y jugadoras retan a sus técnicos. Deberían ser los inquilinos del banquillo los que llevasen las de ganar en este tipo de lides pero la realidad, la experiencia y los últimos precedentes nos invitan a pensar en que, en muchas ocasiones, los jugadores juegan con las cartas marcadas.
Saben muy bien que llevan la mano ganadora y solo tienen que apostar y echar el resto, sabedores de que en el tapete no hay nada que perder y sí mucho que ganar. Pulsos y pulsitos, que no siempre la pelea es antológica. Lo tuvo Hansi Flick con Lamine Yamal, aunque el técnico lo desmintiese, después de que este jugase de titular ante el PSG, pese a llegar tarde a un entrenamiento.
El club azulgrana lo acaba de tener con la Federación Española, con el atacante como protagonista. El futbolista fue desconvocado con España después de que este se sometiese, sin previo aviso al cuerpo médico de la selección, a un tratamiento médico para sus molestias en el pubis. Por otra parte, es un secreto a voces la tensa relación que hay entre Vinícius y Xabi Alonso. Algo que viene de antes del controvertido cambio del brasileño ante el Barcelona.
Pero no solo le ocurre esto a los dos ‘grandes’. Le pasó a Iñigo Pérez, técnico del Rayo Vallecano, con Balliu, que no se tomó muy bien su sustitución en el partido de Conference League ante el Lech Poznan (3-2), a pesar de que la victoria se quedó en Vallecas. Pero no solo en el mundo del fútbol se dan estas peleas, no siempre de poder a poder. El entrenador, el eslabón más débil de la cadena, al contrario de lo que muchos creen, muchas veces recibe el golpe de gracia de aquellos a los que dirige.
Le sucedió a Joan Peñarroya, despedido del Barcelona y al Laprovittola dedicaba, aunque de forma indirecta, estas palabras tras la derrota en Liga Endesa contra el Girona (96-78). “No sé si es lo ideal (el cambio de entrenador), pero lo entendería. Estamos en el más alto nivel de exigencia de competición, en un club como el Barça, con la exigencia que eso conlleva, y todo puede pasar”, comentó. Todo un misil a la línea de flotación de un técnico, posiblemente ya sentenciado, pero al que seguramente no ayudaron esas declaraciones.
Es posible que el pulso como lo conocemos los millennials como yo haya quedado en desuso pero ha mutado, en muchas ocasiones, a prácticas más sibilinas y potencialmente daniñas.
