El Dépor femenino, la crítica y el paternalismo (o maternalismo)
El Deportivo recibió ocho goles el pasado domingo durante la primera parte de su partido contra el Barcelona. La frase escrita y leída así resulta tan dolorosa que deberíamos evitar la tentación de relativizarla por más que esa debacle no afectase al primer equipo masculino. Ocurrió con el femenino, que lleva en el pecho el escudo del club, pasea su nombre y también es primer equipo y referencia para muchas y muchos. Lo sucedido es complicado de digerir por más que enfrente estuviese un rival cuya superioridad en la liga española alcanza una dimensión de monopolio y la segunda parte se sellase con un empate a cero que casi me atrevería a afirmar que fue peor que sufrir una goleada.
Nada de lo que sobrevino el último fin de semana con el equipo en Barcelona debería de pasar desapercibido si realmente lo que se quiere es sacar adelante un proyecto deportivo que tiene unas innegables connotaciones sociales, pero que sobre todo debe ser competitivo.
La primera base sobre la que se debería de sentar todo es la de la exigencia y eso incluye el escozor que se debe de sentir ante un 8-0 en tres cuartos de hora. Esa quemazón es evidente que debe estar hoy a flor de piel a nivel de club, pero también debe incomodar a sus socios y aficionados. El fútbol practicado por mujeres crece y crecerá más, le pese a quien le pese y por encima de quienes no entienden que las disciplinas deportivas a todos los niveles, profesionales o amateurs, no se deben de medir a través de un prisma de género. ¿Es lo mismo el fútbol practicado por hombres y por mujeres? No. Pero como sucede con el baloncesto, el tenis, el balonmano, el voleibol, el atletismo, la natación y la inmensa mayoría de los deportes, que son disciplinas que privilegian las condiciones físicas. ¿Tiene la actividad física el mismo beneficio para un hombre que para una mujer? Sin duda. ¿Podemos disfrutar como seguidores de un partido o una prueba deportiva femenina tal como lo hacemos de la masculina? Sin duda y, también, sin comparaciones. Alexia Putellas no es Messi, pero da gusto verla jugar ¿Me puedo aburrir viendo un partido de fútbol femenino? Pues como en uno masculino o, si fuese el caso, mixto.
Sin embargo hay detalles que no ayudan a darle al fútbol femenino la dimensión que se merece. Algunos de ellos tienen que ver con el paternalismo (o el maternalismo) que invita a esquivar la crítica o el reproche. Pocos comportamientos son más nocivos con las mujeres que practican deporte de alta competición, y de manera singular con las futbolistas.
El paternalismo es la misoginia vestida de buenos modales; es el techo de cristal más pegajoso que existe. Paternalismo es concluir que, por ejemplo, las mujeres del Deportivo no pueden jugar en Riazor porque si el estadio se ve muy vacío no queda bien en cámara o las futbolistas y la afición se puede desanimar. Por ahí el club ha hecho, en fecha reciente, las cosas bien. El Deportivo es un equipo de A Coruña y su primer equipo debe jugar en Riazor, que ademas ahora con la innovación aplicada a los céspedes es posible hacerlo. Hay un detalle además que sirve para desmentir a quienes afean las asistencias a los partidos de Liga F en el estadio: en todos los que se han disputado esta campaña se cubre siempre más aforo del que está disponible en Abegondo, donde hay 998 asientos.
Pero hay algo esencial en todo esto. Hay que jugar bien. Hay que sentar las bases no sólo para ganar partidos sino además para que quienes se acerquen al estadio no se desanimen con un fútbol ramplón y soporífero. Cuando quieres generar masa crítica importa el qué, pero también el cómo, el estilo. Hay que gozar y hay que ganar partidos. Hay que exigirlo, además, y entender y darle valor a la crítica en tanto es antagonista de la nociva benevolencia. Hay que demandar respuestas y acciones cuando se hacen ridículos como el del pasado fin de semana. Y hay que entender, de manera muy seria además, que no se pueden repetir.

