
Dapo, jugador del Torre y profesor de matemáticas: “Falta aceptar que tienes que mejorar, escuchar y aprender de los demás”
El centrocampista nigeriano repasa su trayectoria y reivindica a la educación como mejor arma para acabar con lacras como el racismo
Oladapo Oladipo (Lagos, Nigeria, 1989) es Dapo en el mundo del fútbol. Esta es una de sus grandes pasiones, motivo por el que, tras pasar por Segunda B y brillar en Tercera División, continúa jugando en el Torre SD de Primera Futgal a sus 36 años. Pero su historia va más allá del balón y tiene en la educación el eje sobre el que todo gira. Es su profesión y el arma que reivindica para acabar con el racismo o cualquier intolerancia.
Vaya remontada ante el Sporting Cambre.
La verdad es que sí. Es la primera vez que pasa esta temporada, sobre todo perdiendo por esa diferencia de goles. Nos cuesta bastante marcar y más cuando vamos perdiendo, por lo que con el 0-2 era muy difícil pensar ni siquiera en el empate. Pero al final logramos tres goles para levantar el partido y fue una sensación espectacular.
Regresó a la titularidad varias jornadas después. ¿Cómo se vio?
Bien, bien. Esta temporada está siendo un poco difícil porque, por cosas de mi trabajo, no puedo dedicar el tiempo que dedicaba antes a ir al gimnasio, estar preparado… Y con 36 años hay que hacer un trabajo previo y posterior para estar al nivel de los chavales. Además, tuve un pequeño contratiempo en el trabajo, lesiones… de Guatemala a Guatepeor. Pero bueno, después me curé bien y ahora ya llevaba un par de jornadas listas en las que he tenido que esperar porque la dinámica del equipo estaba funcionando.
¿En qué trabaja y de qué fueron las lesiones?
Soy profesor aquí en un colegio de A Coruña y también soy coordinador de varias actividades que llevamos en el centro. Entonces, bueno, es mucho tiempo. Y las lesiones… una fue en la rodilla en noviembre por un chico del Eume que me cayó encima en un salto. Tuve un esguince y, al regresar, una lesión muscular en la otra rodilla por desgaste o compensación, no sé muy bien. Pero bueno, ya estamos de vuelta.
Tienen un margen de siete puntos con el descenso. Parece que será tranquilo el final de temporada.
Sí. La verdad es que cuando firmé y vi los jugadores que teníamos, dije: “Caray, es un buen equipo para luchar por otros objetivos”. Esa era la idea, echar una mano e intentar estar arriba. Pero por una cosa o por otra no se dio, tuvimos también un cambio de entrenador… Es cierto que si seguimos así nos podemos salvar sin sufrir, pero tengo la espina de que pudimos haber hecho más si las cosas hubiesen salido un poco mejor antes. Pero bueno, así es el fútbol…
¿Qué objetivo se marcan para este tramo final?
Seguimos intentando asentar una idea de juego que la gente tenga muy interiorizada. Y luego, si hacemos los puntos necesarios para salvarnos, el objetivo es quedar lo más arriba posible: si puedes quedar octavo, no quedes undécimo. Yo creo que matemáticamente, ya que me dedico a eso (risas), es casi imposible pelear por el playoff, pero sería una alegría poder acabar séptimo u octavo. Es una meta realista.
Repasemos su trayectoria. ¿Empezó a jugar al fútbol en Nigeria?
Pues yo creo que entonces ni siquiera tenía mucho interés por el fútbol. Sí que teníamos referentes como Nwankwo Kanu, Taribo West o Jay-Jay Okocha por lo que implicaban, pero no empecé a jugar ahí. Luego nos fuimos a Inglaterra y, por como tienen estructurado el deporte allí, sí que empecé a ir a campos, ver partidos… Después, a los pocos años, mi padre decidió cambiar otra vez de país y pasamos de Manchester a Lugo. Me metí en un equipo, el Polvorín, y diría que ahí nació el interés real. Empecé a jugar en equipo, competir, aprender el idioma… Es algo que también sirve para adaptarte a la sociedad y la cultura.
“Yo elegí esta profesión porque creo que una de las formas de cambiar el mundo es a través de la educación”
¿Por qué ese cambio a Manchester y después a Lugo?
Siempre se dice que la gente se mueve en busca de oportunidades y yo siempre digo que tuve suerte. El primero que vino a Europa fue mi padre. En teoría vino con una beca de estudios, pero enseguida se puso a trabajar y le cambiaron los objetivos. Vivió en varios sitios: Alemania, Italia, Inglaterra… Ahí ya estaba con mi madre y decidió que estuviésemos con él, por lo que nos llevó desde Nigeria. Y luego el siguiente cambio llegó cuando tuvo un percance en el trabajo en Inglaterra. Empezó a aprender a conducir tráileres y un camionero en un área de servicio le habló de que una empresa en Galicia —Leche Río— buscaba gente para rutas internacionales, por lo que fue a probar, le gustó la oferta y ahí nos quedamos.
Y todo eso acaba con su hijo llegando a debutar en Segunda B con el Lugo.
Sí. Éramos una generación muy buena en juveniles, con chavales de la zona de Lugo. Cuando acabamos esa etapa, había varias plazas sub-23 en Segunda B y yo fui uno de los que firmé por el Lugo como promesa. Eran contratos largos, pero no duré mucho porque veía que no contaba mucho y decidí buscar otros caminos. Eso sí, coincidimos con jugadores importantes como Dani Cancela o José Manuel Aira, gente con mucha trayectoria.
¿Cómo fue su adaptación al equipo?
Muy bien. Siempre tuve la suerte de ser una persona que intenta aprender de todo: de cada oportunidad, de cada entorno. Tuve buenos compañeros y, sobre todo, muy buenos entrenadores. Siempre me acuerdo de Quique Setién y de Fonsi Valverde, que fueron los que más me marcaron. De hecho, Fonsi fue muy claro conmigo, me dijo lo que iba a contar y fue quien me aconsejó salir a Tercera División. Y ahí tomé la decisión, también pensando en seguir estudiando, que era algo que no quería dejar de lado.
¿Tenía claro que quería ser profesor desde pequeño o sintió esa vocación justo en ese momento de su vida?
Sí, siempre quise ser profesor. Mis dos ilusiones eran profesor o futbolista. Incluso hubo una etapa, la típica rebeldía que tenemos todos, en la que quería ser abogado para defender causas perdidas, porque ya empezaba a ser consciente de lo que me rodeaba: lo que implicaba ser extranjero, ser adolescente… Yo elegí esta profesión porque creo que una de las formas de cambiar el mundo es a través de la educación. Cambiar el paradigma de cómo entendemos el conocimiento, trabajar con las nuevas generaciones… Esa es un poco mi idea: que desde la educación se puede transformar la sociedad.
En paralelo llegan los años de Tercera División. Racing Villalbés, Somozas, Deportivo Dorneda y un Ribadeo donde incluso gana el premio a jugador más regular de la Liga.
Sí, fue un año espectacular. A nivel colectivo hicimos algo muy grande, con un equipo muy bueno, y nos quedamos cerca de jugar el playoff de ascenso a Segunda B. Además, fue una etapa muy bonita a nivel personal. De ahí salieron muchos de mis mejores amigos. Y ese reconocimiento como jugador más regular, votado por periodistas, árbitros y entrenadores, vino un poco por la constancia durante toda la temporada.
“El fútbol me ha ayudado a no meterme en cosas raras: siempre tenía un objetivo, una rutina y unos valores”
¿Cómo no le reabrió eso las puertas de la Segunda B?
Sí que tuve opciones, pero nunca tuve un padrino, como se suele decir, y tomé otra decisión. No quería dejar los estudios porque vengo de una familia de seis hermanos y empecé a ver que el fútbol podía ser algo temporal. También era consciente de que, para llegar más arriba, quizá tenía que haber tomado otro camino antes o que se diesen otras circunstancias. Quería demostrarme a mí mismo, a mis padres y a la sociedad que podía hacer algo más. Siempre había ido un poco por detrás en los estudios porque al llegar empiezas un curso debajo y hay que adaptarse al idioma.
Después pasó por equipos de Preferente de esta zona como Mugardos, Arteixo, Laracha y Betanzos. Entiendo que tuvo que ver con esa decisión de priorizar los estudios.
Sí, totalmente. Ahí ya cambió la prioridad. Estaba en la universidad y luego haciendo el máster, así que decidí quedarme por la zona. Hubo algún año que me moví un poco más, pero ya buscaba equipos cercanos para poder compaginarlo todo. Seguí compitiendo, en buenos equipos y haciendo amigos, pero ya con otra mentalidad.
Desde la pandemia, a excepción de la temporada 2022-23 en el Pol, ha ido jugando mucho menos. Incluso el año pasado, solo tres partidos en el Muimenta.
Es lo que tiene ser padre de dos hijos (risas). Tuvimos uno a principios de 2023 y otro a finales de 2024, así que fueron años complicados. Además, mi familia está fuera, así que mi mujer y yo tenemos que apañarnos solos. El fútbol pasó a un segundo plano. Luego, cuando pude volver un poco, llamé a un amigo y jugué algunos partidos.
¿Y cómo surge la oportunidad de hacer esta campaña completa en el Torre?
Pues había dicho que no iba a jugar. Pero como siempre, en una quedada con amigos, uno de ellos (Xusto Pardeiro) me preguntó qué iba a hacer. Le dije: “Nada, ir al parque con los niños y correr detrás de ellos”. Pero me convenció con ir al Torre, que estaban montando un buen equipo para competir en la zona alta. Al final, a estas edades tienes la duda de si parar, jugar con veteranos o con los chavales… Es bonito ver que aún te da el nivel.
¿Cuál es su sello de identidad en el campo?
Siempre he sido un jugador serio. Juego de mediocentro defensivo y mi prioridad es clara: defender, ser contundente y estar bien colocado. Intentar dar equilibrio al equipo para que los demás puedan hacer su trabajo.
¿Qué siente si mira hacia atrás y ve lo que ha sido su trayectoria?
Estoy muy satisfecho. El fútbol, aunque suene simple, me ha ayudado a no meterme en cosas raras. Siempre tenía un objetivo, una rutina, unos valores: constancia, trabajo, sacrificio… Son cosas que hoy en día veo que se están perdiendo un poco en los chavales. Y el fútbol te deja eso, además de los compañeros y las experiencias.
“Si la gente aprende a ponerse en el lugar de los demás, a ver qué está bien y qué mal, a razonar, a argumentar… No va a ser tan difícil frenar las intolerancias”
Por su experiencia como profesor y tras tantos años en vestuarios, ¿qué cambios aprecia entre su generación y la actual?
Creo que se está perdiendo ese querer aprender de verdad. Todo es inmediato, no hay paciencia. Falta aceptar que te falta algo y tienes que mejorar, escuchar, aprender de los demás. No estamos aprendiendo a aprender, y eso es un problema que va más allá del fútbol; es de la sociedad en general.
En los campos le tocó vivir algún episodio de racismo. ¿Cómo lo gestionó y cómo ve la situación ahora?
Cada vez se está luchando más; es algo que siempre ha existido porque alguna gente utiliza los insultos para intentar desestabilizar a alguien. A mí me afectaba mucho, porque he tenido algún que otro enfrentamiento cuando no pude hacer oídos sordos. Creo que hoy en día está cambiando un poco; supuestamente está habiendo menos tolerancia y salen en los periódicos las acciones que toman las grandes ligas… Pero yo creo que no se está atajando como se debe. Y me refiero al tema racismo o a cualquier intolerancia. Me acuerdo de padres diciéndole de todo a los árbitros. E igual que no se puede consentir decirme cosas a mí por ser africano, tampoco meterse, por ejemplo, con la edad de un chaval que está arbitrando. Hay que utilizar el arma de la educación para trabajar desde la base, que es algo que te servirá para la sociedad aunque no sigas en el fútbol.
Entiendo que su receta para atajarlo es la educación.
Yo creo que sí. Si la gente aprende a ponerse en el lugar de los demás, a ver que está bien y que mal, a razonar, a argumentar… Si eso no falla y no hay un problema en la cabeza, no va a ser tan difícil. Puedes estar enfadado, pero no por ello tienes que insultar a alguien por su orientación sexual, color, etc. Dile que es malo, que da patadas al aire…
Y en los indeseables casos que sucede algo así en un campo de fútbol, ¿cuál es el protocolo correcto a aplicar?
Cuando se está seguro de que sucede algo así, da igual el índole, pues el árbitro tiene que tomar medidas y concienciar a todo el mundo. Porque al final es eso, el otro día lo vimos de un jugador a un jugador, ya no un aficionado… Eso ya es otro nivel. Las federaciones tienen herramientas para luchar contra esto y ser tajantes. Como con cualquier otra cosa con la que tienes tolerancia cero; si quieres, hay herramientas para lograrlo. Si se puede demostrar, claro, porque hay que tener cuidado, es una línea muy delgada. Si alguien hace eso y se le pone una sanción fuerte, se da un mensaje necesario de tolerancia cero.
¿En su experiencia personal ha visto por lo menos que pasa un poco menos?
Bastante menos, bastante menos. Y es una alegría ver que estamos evolucionando como sociedad. Sin entrar en política, el mundo está cada vez más globalizado y no solo en el deporte, sino en todos los ámbitos. Hay gente a la que le cuesta y le va a costar asumirlo, pero es una realidad que ha venido para quedarse. Entonces estoy contento, porque ya se ve ese reflejo de la sociedad.
¿Cuánto tiempo más se ve jugando? ¿Se plantea entrenar en un futuro?
Sobre entrenar, voy a intentar hacer algo el año que viene. Ya tendré un poco más de tiempo, con uno de los niños empezando conmigo en el cole. Me veo jugando un par de años más. Y luego me gustaría empezar a entrenar o trabajar en formación. En el colegio ya estamos montando cosas, utilizando el deporte para trabajar valores desde pequeños. Me gustaría ir por ahí: usar el deporte como herramienta educativa, más allá del rendimiento.

