Los pioneros del CRAT se preparan para sus bodas de oro
Se van a cumplir 50 años desde que Nacho Lobón colgó un cartel en Arquitectura para buscar jugadores y los primeros que acudieron a la llamada siguen reuniéndose para los terceros tiempos

Están a punto de cumplirse cincuenta años de aquel día en el que Nacho Lobón colgó un cartel en la facultad de Arquitectura Técnica en A Zapateira para buscar jugadores de rugby con los que montar un equipo sin saber que estaba poniendo la semilla de lo que se iba a convertir en algo mucho más grande. Lo que empezó como un grupo de amigos que jugaba la liga universitaria terminó en un club como el CRAT que mueve centenares de niños en la base, con títulos nacionales e incluso dos jugadoras olímpicas. Lobón ya no está para verlo. Tampoco Miguel Camarero. El resto sigue quedando con asiduidad, pero este año es especial. Celebran sus particulares bodas de oro.
A aquella primera convocatoria acudieron entre quince y veinte estudiantes, entre ellos los que formarían el núcleo duro del equipo: Pedrito, Chechi, Martín, José Manuel, Gerardo, Santi Piñeyro, Maxi, Lauro, Luis Collazo, Juan Carlos Fernández, Gigi, Alfonso, Miguel Figueira y Paco Cobas. No se les podía llamar todavía jugadores, porque salvo el propio Lobón y Maxi Casares ninguno sabía lo que era el rugby, ese deporte que practicaban los marines de los barcos de la armada inglesa que hacían escala en la ciudad.
Eso sí, todos eran deportistas. Venían sobre todo del balonmano, pero también de otras disciplinas. “Y aprendimos rápido. En tres años ya acabamos cuartos en el Campeonato de España en Granada”, recuerda Gerardo Dorda, que además de ser uno de los pioneros se convirtió en una especie de biógrafo del club al escribir el libro de su historia cuando llegó a los 40 años. Empezaron compitiendo la liga universitaria, siempre ligados a un ámbito académico, muy habitual en la historia del rugby no solo en Galicia, sino a nivel de toda España.
Los jueves viajaban a jugar a Santiago. “Salíamos de la plaza Pontevedra, donde nos estaba esperando Nacho con la lista”, recuerdan a su compañero. Reconocen, también, que no solo iban a jugar. “Nos gustaba mucho también celebrar los terceros tiempos”, se ríen. “Ahora están los botellones universitarios de los jueves. Y en nuestra época estábamos nosotros. Nuestros terceros tiempos llegaron a ser legendarios”, apunta Dorda.
Entrenaban en un campo de barro de Acea de Ama. “Llegaba un momento en el que no sabíamos quién era de cada equipo porque no se veían los colores de las camisetas”. Y en realidad, es algo que entronca con los valores del rugby. “No tenemos rivales, sino amigos con distinta camiseta. Porque los contrarios no son el enemigo, son los que te hacen grande”, explica Dorda. “Eso y el trabajo en equipo por un objetivo en común con la confianza plena en los demás”, añade, “es algo que llevamos en la médula”. Lo que ha unido el rugby que no lo separe el hombre. Por eso siguen 50 años después. Juntándose para recordar, celebrar y honrar a quienes ya no están, especialmente a quien les unió en primer lugar y que dejó un legado en forma de un club único.













