El deporte después de un trasplante
Hace 16 años que Carlos Iglesias volvió a nacer con un riñón nuevo y ahora reivindica la actividad física como parte fundamental en la recuperación a través de la asociación Detradi

A todos nos suena demasiado familiar esta historia. “Yo estaba consumido por el trabajo. Siempre quería más. Hasta que el cuerpo, que me había dado antes un par de avisos, me dijo basta”. Es la de Carlos Iglesias, que hace ya casi dos décadas tuvo que ser sometido a un trasplante de riñón y 16 años después, además de ser vicepresidente de Detradi, la asociación gallega que fomenta la práctica deportiva entre las personas que han pasado por este proceso, sea del órgano que sea, es multimedallista internacional en pruebas de golf. El deporte fue un salvavidas para él y ahora quiere ofrecer esta herramienta para que otros puedan beneficiarse. “Además de todos los que conocemos, ayuda a relacionarse con otros que están pasando por lo mismo y a ver que las cosas pasan, pero la vida sigue. Solo te tienes que adaptar a lo nuevo. Y para ejemplo, un botón. La gente que me ve para nada diría que estoy enfermo”, se señala.
Tampoco hace falta ser ningún superatleta. “Los médicos nos recomiendan hacer deporte, todo tipo, salvo por lo general los de contacto o de riesgo, y siempre de una forma controlada”, cuenta. En su caso, no era un practicante habitual antes del trasplante. “Nunca en mi vida había jugado al golf”, explica. Sí que había tenido contactos con la bicicleta, la piscina y el gimnasio. A rachas. Y nunca con demasiada constancia. Otra historia que suena. Empezaba con mucha fuerza y acababa dejándolo. “Hasta que apareció el problema de riñón derivado de una artritis reumatoide”, relata. Primero estuvo un año en diálisis, el tratamiento que se encarga de eliminar las toxinas y el exceso de agua en la sangre cuando el cuerpo no es capaz de hacerlo por sí mismo. “El servicio de nefrología del CHUAC es top. Para mí, ángeles. Desde médicos a enfermeras a personal de la limpieza. Todos. Te hacen sentir como de la familia. Y al final terminan siéndolo”, dice.
Pero el trasplante fue inevitable. “Siempre estás esperando la llamada. La suerte que tenemos los del riñón es que tenemos la diálisis, los del corazón o los del hígado, si no aparece un sustituto, se mueren. Por eso es tan importante la donación. Por suerte vivimos en un país líder mundial en esto. Pero siempre hay que pedir más”, reclama. En su caso, la llamada llegó y de un día para otro, tenía un riñón nuevo. “Cuando me recuperé, iba a caminar por el paseo marítimo. Hasta que una amiga me contó que había un campo de golf en la Torre. A mí me parecía imposible. Pero me apunté. Más curiosidad que otra cosa. Pensé que sería como todas mis relaciones con el deporte, unos meses y se acabó. Pues llevo 12 años y ahora mismo no entiendo mi vida sin el golf”, relata. “Y eso que al empezar era muy, muy malo. Nunca en la vida pensé que iba a llegar a ganar un torneo”, se ríe y saca sus tesoros, medallas en los Campeonatos de España, Juegos Mundiales, una especie de Juegos Olímpicos para trasplantados (aunque esa no le gusta porque la ganó en la pandemia de forma online), y la última, el oro europeo de este mismo verano.
La vida sigue. Es el mensaje que quiere subrayar. Aunque no puede negar ciertos hándicaps (además del número con el que se mide la habilidad de los jugadores de golf, cuanto más bajo, mejor). “Las recuperaciones son más complicadas”, explica. “En mi caso personal, si no estoy pendiente de estar bebiendo todo el rato, me deshidrato y después lo pago con calambres en casa. Y también tengo que estar muy protegido del sol”, enumera sobre las dificultades que se encuentra en el día a día. “Pero hay gente que sigue entrenando a natación incluso estando en diálisis, que no puedes beber”, comenta sobre algunos compañeros. La pasión por el deporte es más grande.
Además, no solo ayuda en la parte física, sino también en la emocional. “Tener una enfermedad limita muchas cosas como la vida social e incluso la vida en pareja. Es muy normal que se terminen separando de sus parejas”, cuenta aunque aclara que su caso fue justo al contrario. “Mi mujer me conoció ya enfermo. Y aceptó la carga sin ser yo ningún Adonis”, bromea. “Pero fuimos saliendo”, añade. “Para mí lo más duro fue el vértigo de justo después. Me acuerdo que me dieron un folleto que el título era: ‘Ya estoy trasplantado. ¿Y ahora qué?’ Un miedo a lo desconocido. Yo era un profesional competente en mi materia y de repente tu proyecto de vida se ve truncado por algo que tú no eliges”, reconoce Iglesias.
Función social
Por eso la labor que hacen en la asociación es tan importante. “Yo ya había estado en otras, pero en 2017 conocí a Carlos Sánchez en los Juegos Mundiales que hubo en Málaga y hablamos de montarla”, recuerda. “Nuestra labor es fomentar el hábito y la vida sana entre la población trasplantada tanto antes como después. Antes del trasplante para que el cuerpo esté preparado y después, porque hay unos cuidados con los que nosotros podemos ayudar a la medicina como la alimentación, el deporte y la vida sana en general”, señala. “Y tenemos una parte deportiva, en la que organizamos eventos como circuitos de golf y andainas y vamos a competiciones. Y la social, que es de concienciación”, continúa.
Es una asociación modesta. “Somos unos 30. Prácticamente nos autofinanciamos, pero contamos con el apoyo de Ence Pontevedra”, matiza. Pocos, pero motivados. Este verano estuvieron en los Juegos Mundiales en Países Bajos. Fueron cuatro y volvieron con tres medallas. La suya de oro en golf. La de Carlos Sánchez en atletismo. “Hace todos los lanzamientos y es siempre medalla segura”, especifica. Y en ciclismo, con Álex Meira: “Tiene una historia increíble. Con 16 años le salvó casi de milagro un trasplante de corazón. Y ahora gana carreras”. Por eso concluye: “Ser donante es el acto de generosidad más grande que puede tener un ser humano con otro”.















