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Pedro Vázquez, en su 'frame runner' con el que intentará llegar a los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028
Atletismo

La sonrisa de Pedro camino de Los Ángeles

El coruñés, de 23 años y con parálisis cerebral, se prepara para los Juegos Paralímpicos en la novedosa prueba de ‘frame running’

Todas las historias tienen un principio y esta empieza con una llamada de teléfono. “¿Es usted la madre de Pedro Vázquez? Le llamamos del Comité Paralímpico Español”, escuchó Eva Ramil desde el otro lado de la línea pensando que se trataba de una broma. Aunque en realidad podría decirse que eso solo fue el inicio de un nuevo capítulo y que el érase una vez de esta familia de A Laracha se remonta 23 años atrás, cuando por unas complicaciones en el parto Pedro se quedó sin oxígeno durante unos minutos, lo que le provocó una parálisis cerebral. “Nos dijeron que no iba a andar”, recuerda su madre. Spoiler alert: No fue así. Sin desvelar el argumento (sigan leyendo estas líneas, que de momento no hay película), desde hace años es un asiduo de las carreras con sus compañeros de Empujando Sonrisas. Va en una silla adaptada, pero siempre se levanta para recorrer a pie los últimos metros. Y ahora tiene su propio reto personal, impensable cuando arrancó un camino lleno de baches, que le puede llevar hasta los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028 en la nueva modalidad de frame running (una especie de triciclo). “Da igual a dónde lleguemos. Es muy probable que no lo consigamos. Me quedo con que tenemos una ilusión de la cual ya estamos disfrutando un montón”, señala su madre.

El viernes Pedro afrontará su segunda prueba. Hace unas semanas, en Fuenlabrada, tuvo su primer contacto con la pista. El Trofeo Mochila del Deporte-Memorial José Luis González le dará la oportunidad de seguir probando. El objetivo es correr los 100 metros en 28 segundos para poder ir al Campeonato de España. “Además de parálisis cerebral Pedro tiene TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) y él está acostumbrado a ir a carreras en ruta de 5 ó 6 kilómetros con un grupo de 20 ó 30 personas y esto es un trabajo en pista, que tiene que ir por un carril y en una prueba de velocidad”, explica Ramil, “y lo más difícil para él es tener que hacerlo solo, dejarlo en la línea de salida, que no se cambie, que no se pase... Y en eso es en lo que estamos trabajando”.

En Fuenlabrada “la experiencia fue brutal”. Pero lo bueno de competir en casa (además de no tener que gastar en desplazamientos, ya que subir al avión el triciclo cuesta un extra de cien euros en cada trayecto) es que puede tener detrás a toda la gente que le está apoyando en esta nueva aventura, que es mucha. El superpoder de Pedro es su capacidad para contagiar de ilusión a los que le rodean. “El trabajo de fuerza y de cinta lo hacemos en el gimnasio Tempo. Y después vamos a la clínica de Diego Pérez, que tiene una máquina antigravedad de las que utilizan los superprofesionales y se ofreció a colaborar con nosotros de una manera totalmente desinteresada para que pueda entrenar la velocidad sin dañar la cadera y sin que acuse demasiado el cansancio”, cuenta sobre el equipo al que hay que sumar a los indispensables de Empujando Sonrisas.

En los entrenamientos ya se está acercando a los tiempos que le exige la Federación para estar en el Nacional que será el próximo mes de junio. Pero pase lo que pase el viernes, Pedro ya hará historia. “Es el primero en Galicia que compite en esta modalidad”, apunta orgullosa su madre. Sobre todo si piensa de dónde vienen: “Me acuerdo de mi yo del pasado, de Pedro cuando era pequeño, y de la sensación cada vez que me decían que no. Para normalizar las cosas siempre hay alguien que las tiene que hacer por primera vez y eso es lo que más cuesta. Me haría muchísima ilusión que el día de mañana haya veinte chicos más que un día les dijeron que no podían hacer deporte y que se suban al frame runner y hagan 100 metros, 500, 5 kilómetros o los que quieran”.

El deporte como terapia

Porque este es el presente de Pedro. Pero para llegar hasta aquí se les cerraron antes muchas puertas, atravesaron un desierto de incertidumbres, subieron y bajaron por la montaña, para adelante y para atrás y otra vez a empezar. “Cuando Pedro nació, me costó un tiempo, incluso unos años, asumir la situación. Pero una vez pasado el trago de aceptar que va a ser una vida diferente, aquí estamos con una vida feliz y plena”, resume sobre un camino en el que Eva, que se dedicaba a al márketing y a la publicidad, tuvo que dejarlo todo para invertir el cien por cien de sus esfuerzos a las necesidades de su hijo. “No me quedó más remedio y tampoco me arrepiento de nada”. Porque su patología vino acompaña de complicaciones respiratorias colaterales y unos problemas en las piernas que le obligaron a pasar cinco veces por el quirófano, lo que empinó todavía más la cuesta.

Su voz va modulando las emociones a través de las diferentes etapas. La soledad del principio. La indignación por los obstáculos extra. Y el alivio cuando descubrieron que el deporte iba a ser su mejor terapia. “Pedro siempre fue un chico muy activo, pero su parque de juegos fue la sala de espera del Materno Infantil”, comenta. Acudía a un tratamiento tras otro. “Y veíamos que le ponía muchas ganas, que tenía ganas de echarse a andar, de echarse a caminar”, añade. Fue una de las primeras lecciones que le dio Pedro: su fuerza de voluntad. “Después de cada operación nos decían que tenía que estar tres semanas sin ponerse de pie y si le quitabas la vista de encima un segundo, ya estaba intentando levantarse de la silla”.

Tanto que, cuando tenía 7 años, fueron a una carrera popular en la que niños con diversidad funcional participaban junto a sus padres y él literalmente se soltó de la mano y echó a correr. “La cara que llevaba era de felicidad absoluta y plena. Entre que vio que podía y los aplausos de la gente, creo que fue lo que más le motivó”, recuerda. Así que a partir de entonces empezaron a inscribirse en todas las carreras que podían. “¿Qué pasa? Que tiene límites y su movilidad es muy reducida, por lo que no podía hacer grandes distancias”, se queja porque entonces se encontraron con un nuevo obstáculo y era que la mayoría de las pruebas no estaban adaptadas y Pedro tenía que recorrer la misma distancia que el resto según su edad. “Con 7 años igual le tocaban 500 metros. Y no podía. Pero empezamos a acompañarle y vimos que realmente le entusiasmaba, que era lo que le hacía feliz. Y yo creo que no te tienes que quedar en la discapacidad y estar pensando todo el rato mi hijo no lee, mi hijo no suma, mi hijo no puede conducir, y en vez de eso tienes que poner el foco en lo que sí puede hacer y ayudarle lo que se pueda y sobre todo en lo que le gusta. Si a Pedro le gusta hacer deporte, pues ahí es donde voy a estar”, se emociona.

Eva, de hecho, nunca había llevado una vida demasiado activa. “¿Quién me iba a decir a mí que me iba a comprar unas zapatillas de correr? ¡Jamás! Eso es casi tan inédito como que Pedro se pusiera de pie y echase a correr”, bromea. “Y al final Pedro nos ha arrastrado a todos con él a esta bendita locura”, dice. Al principio fueron buscando soluciones, el clásico ensayo-error, hasta que dieron con la tecla final, que fue competir en carros de correr adaptados en los que ha hecho desde pruebas populares a maratones e incluso una carrera de montaña por la Patagonia argentina. “En los últimos metros se baja de la silla y los hace a pie”, aclara Eva. Pero lo que todavía le hace más feliz a Pedro es empujar la silla de su amigo Mario. “No hacen falta palabras. Creo que viéndole la cara a Pedro, lo dice todo. Además algo se comunica y cuando le dices si quieres ir a correr, siempre te va a decir que sí, siempre. Y si le dices que es con Mario y con Empujando Sonrisas, ya sabe cuál es la equipación, va al armario, se la pone y se va para la puerta”.

Un mensaje de esperanza

Y al final de todo, Eva está agradecida. “Lo que hemos vivido con Pedro es inexplicable. Inexplicable y además, increíble. Todo lo que nos ha dado no ha sido más que alegría, felicidad y una vida que a veces cuesta decirlo en voz alta, pero que es una vida que nunca hubiésemos llegado a vivir. Nos ha llevado a sitios, y no me refiero a físicos, a ubicaciones en el mapa, sino a sensaciones totalmente increíbles”, reflexiona Ramil.

Un mensaje positivo: “Hay momentos en los que ves una brecha muy grande entre la infancia de un niño normativo y otro con discapacidad. He vuelto de algún parque llorando e imaginándome un panorama muy negro. Y nada más lejos de la realidad. Ojalá en aquel momento hubiese visto por un agujerito lo acompañado que iba a estar Pedro, el montón de gente que nos iba a rodear”.

“En este camino donde Pedro nos llevó de la mano”, sigue, “nos están pasando cosas maravillosas, estamos conociendo a gente increíble y viviendo experiencias que... Evidentemente cambiaría todo porque Pedro estuviese con su carnet de conducir y estudiando una carrera. Pero que no sea eso no quiere decir que tengas que vivir en una oscuridad absoluta donde tu vida se reduzca a la pena, al llanto y el por qué a mí o por qué yo no puedo. Y sin él no se nos hubiesen abierto los caminos que estamos recorriendo”, insiste.

Quién sabe si dentro de dos años esos pasos le llevarán hasta Los Ángeles. Tampoco se obsesionan. Mientras Pedro siga sonriendo, siempre encontrarán la senda correcta.