
Sonrisas que rompen barreras
Los coruñeses Mario y Pedro, primeras personas con movilidad reducida que participan en El Cruce, la prueba de 100 kilómetros por las montañas argentinas de los Andes que empieza el lunes
El frío entró de lleno la semana pasada en A Coruña obligando a sacar abrigos, gorros y bufandas. “Así nos vamos aclimatando”. En Empujando Sonrisas son así, especialistas en ponerle al mal tiempo buena cara. Aunque en realidad en apenas 24 horas saltarán del invierno español al verano argentino con un desembarco al otro lado del charco con 35 integrantes de este grupo coruñés. Unos competirán, otros serán el apoyo externo de la aventura que empezará el lunes en El Cruce, donde Mario, de 13 años, y Pedro, de 22, los dos miembros de la tribu que dan sentido a su existencia, harán historia como los dos primeros atletas con movilidad reducida en la línea de salida de las ya 23 ediciones de esta mítica prueba patagónica. Por delante les esperan 100 kilómetros por los Andes con todo tipo de desafíos, desde los climatológicos hasta los propios del terreno en el que sus sillas especiales empujadas por la fuerza de la amistad cruzarán fronteras rompiendo barreras.
Ellos ya son habituales de prácticamente todas las carreras locales, donde dejan su huella tanto en las categorías de mayores, que Pedro termina incluso a pie, como en las de pequeños, en las que son los propios niños, sobre todo Mati, que también viajará a Argentina aunque no puede participar (“en los últimos metros algo hará), los que llevan la silla de Mario. “A mí me gusta porque un niño empujando a otro niño en silla de ruedas no lo ves todos los días. Y además, das visibilidad a niños con discapacidad y que no pueden hacer las cosas solos”, dice este. “A nosotros no nos importa quedar de primeros o de últimos, lo que importa es disfrutar la carrera y pasarlo bien con Mario”, añade. Y Mario encantado. “El primer día que a Mati se le ocurrió y Mario vio que iba a participar en las carreras de niños, le gustó más todavía”, indica su padre.

Han perdido la cuenta de todas las que han hecho en los últimos tres años, los de su existencia. Si no es una cada fin de semana, casi. Y cuando no hay, quedan para entrenar. Ya han dado el salto internacional, con presencia en Nueva York, Oporto, Londres, Brighton... Pero Argentina será su gran aventura. La cada vez más grande pequeña comunidad fue creciendo, pero el germen se remonta a 2013, cuando José Luis Fernández y su mujer Paula adoptaron a Mario en Etiopía y a los pocos meses de volver a casa se le diagnosticó una parálisis cerebral. Después, en 2020 llegaría Álex desde Vietnam para completar la familia. “Un día por casualidad salimos a correr con Mario en la silla y nos dimos cuenta de que le gustó”, recuerda José Luis. “A las pocas semanas nos encontramos con Mati y sus padres por el paseo marítimo y empezamos a ir con ellos”. Y lo siguiente ya fue apuntarse a alguna carrera, aunque estas no siempre estaban preparadas para su presencia.
“Nos ponían alguna dificultad porque los reglamentos no estaban adaptados”, continúa. Formaron parte de los Marines (el nombre, de hecho, es la conjunción de los de Mario e Inés) aunque finalmente se separaron y formaron su propio grupo: Empujando Sonrisas. “Y ahora esto nos lleva hasta Argentina”, se sorprende José Luis. “El Cruce era una de las carreras que siempre me había llamado la atención y tengo un primo argentino que la había hecho dos veces y viéndolo por Instagram me parecía súper chulo. Hablándolo con una amiga, Silvia, que es de Barcelona, le pasaba lo mismo. Y se unió un tercero, Tati. Pero solo tenía sentido si podíamos ir con Pedro y con Mario”.
Cerrando el círculo
Ese era el reto. Hacer lo que nunca antes nadie hacía hecho. “Tal y como en su día abrimos el camino en Coruña para que se modificasen los reglamentos, queríamos que allí se hiciese lo mismo para otros que puedan venir detrás”. De hecho, una de las sillas ya se quedará allí. “En Argentina conocemos a alguna familia que corre con sillas y la verdad que son muy rudimentarias”. Algo así como cerrar el círculo.
Lo más difícil, se ríe José Luis, será no matarse. “Ni frío ni nada, yo creo que será la acumulación de kilómetros. El primer día haces 30 con 1.500 positivos más o menos. El segundo, igual. Y el tercero más o menos. Entonces claro, se irá complicando y hay que tocar madera para que no haya lesiones y que podamos disfrutarlo todos”. Lo único que no harán ni Mario ni Pedro será dormir en los campamentos. “Está hablado con la organización para que puedan ir a un hotel y estar calentitos. Tampoco queremos correr riesgos”.

En cuanto a organización, ya está todo hecho, pero lo más difícil fue conseguir los medios. “Todo es carísimo. Obtuvimos muchos noes. Y el primer sí fue de UniRasa, una empresa de aquí de Coruña, que compraron la silla de Pedro, de unos 4.000 euros. También contamos con Iberia, Minor Hoteles y Marathon. Lo bonito es que hemos conseguido que puedan acompañarnos todas las familias que nos han ido acompañando”.
Porque lo que les une es mucho más que el simple hecho de correr. “A Mario y a Pedro les gusta ir en los carros por los estímulos, por la actividad, pero sobre todo por sentirse miembros de un equipo”. Prácticamente una familia que además de correr, se divierte y pone sobre la mesa el poder de la inclusión.




