Más de 10.000 cazadores de estrellas en María Pita
La plaza se volvió loca, al igual que la hostelería, para acompañar a la selección a su segundo Mundial

El camino hacia la segunda estrella de España fue una explosión de orgullo y éxtasis en una abarrotada plaza de María Pita, donde más de 10.000 personas aguantaron hasta pasada la medianoche, exactamente las 00.02 horas del lunes 20 de julio de 2026, para celebrar que España es bicampeona del mundo de fútbol.
Como en todo gran evento, lo magnánimo de la cita está directamente relacionado con el proceso de constitución de la misma. Y en este caso, las riadas intergeneracionales y multicolor que desde primera hora de la tarde procesionaron hacia María Pita acabaron en dar una histórica concentración de 10.000 almas. Para saciar su sed de gloria, o de lo que fuera, hay que hacer mención a los valientes trabajadores de la decena de establecimientos de hostelería, a los que les tocó atender, según las matemáticas básicas, a unos 1.000 por cabeza. Y claro, no fue sencillo.
De hecho, desde dos horas antes del inicio era posible ver a los más experimentados portando consumiciones de cuatro en cuatro, o hasta donde dieran sus brazos. Mención aparte merecen los otros héroes de la noche: los trabajadores. Pero volvamos a la redonda y a todo lo que la rodea. El DJ sonó con menos fuerza que en cuartos o semifinales, ahogado quizás en la inesperada marabunta de fans que, en ocasiones, hicieron ellos mismos de animadores. El ‘Yo soy español’ es, junto a ‘Superestrella', el gran hit de este Mundial.

Con la plaza llena, y por zonas rezumando olor a Pedro Porro, llegó el primer momento de la noche: los himnos. El ‘lo, lo, lo’ patrio a capella y los muy abucheados americano y argentino. Pero, sin duda, la palma de la ira a través de la gran pantalla se la llevaron cada plano de Trump e Infantino. Eso, y la primera vez que Messi apareció en escena. Era el rival a batir e intimidar. Antes de meternos en el bisturí sobre lo que pasaba en los States, es bueno el análisis sociológico de una María Pita, reflejo de la A Coruña en la que nadie es forastero.
En la que los argentinos pudieron sacar sus banderas y camisetas sin problema alguno, y en la que los que han venido a ganarse la vida desde que cada punto del globo ya sienten a la selección como suya. Y también esos turistas que pasaban por aquí, y que no dudaron en enfundarse la rojigualda como si de la mismísima Union Jack se tratase. Durante la primera mitad, la radiografía es idéntica a lo visto sobre el césped: un contagioso miedo solamente achicado en la primera doble oportunidad de España. Ese respeto tenso que solamente se ahogó en las protestas de ciertas faltas cancheras hasta el descanso y la llegada de Shakira, Chris Martin y compañía.
Para la reanudación, la plaza de la heroína dijo basta. Lo que no consiguieron los ingleses lo logró la final del Mundial, con hordas de aficionados colándose por los inexistentes recovecos, intentando adivinar algo de la acción del juego a través de las cristaleras de las terrazas. De hecho, a la hora de juego incluso la pantalla dijo basta. Se apagó durante dos minutos, con sus luces y sombras, justo cuando España acababa de forzar un córner. Camino de la prórroga, del mismo modo que el calor hacía mella en los jugadores, lo hizo en los presentes en la plaza. Hasta que Enzo Fernández y la tarjeta roja los resucitaron. Pasadas las 23.25 horas, en el minuto 96 de partido, con el gol de Nico Williams, fue un coitus interruptus en el que se escuchó “que lo paren y se la den a Messi”. No tuvo que ser así. Lo empezó a evitar a las 23.43 horas Ferrán Torres, en un minuto 106 ya para la historia del fútbol español. De ahí al final se prendió la mecha de la fiesta y se devolvió el cántico de “argentino el que no bote” tras una final más canchera aún de lo esperado. Pero que sin duda mereció la pena.











