A Coruña se pone guapa para la foto
"Todos tenemos el mismo objetivo: que todo salga perfecto", dice Ezequiel Mosquera, director de O Gran Camiño, que cuenta con un grupo de cien personas en la organización

Un día tiene 24 horas pero cuando hay que organizar la salida de una carrera como O Gran Camiño con una contrarreloj en una ciudad como A Coruña parecen pocas y que además pasan más rápido de lo normal, como si fueran al doble de velocidad. “Hace ya días que pasó el punto de no retorno. Ahora ya solo queda la puesta en escena”, asegura Ezequiel Mosquera, director de la prueba, que está “a todo y nada”, coordinando los últimos detalles al frente de un grupo de más de cien personas con la presión de que todo salga bien, pero confiado en el poder organizativo que ya les ha permitido asomar la cabeza en el calendario del pelotón internacional y llamar la atención de los principales equipos y ciclistas del mundo.
La carrera vuelve a A Coruña después del vendaval que en 2024 no permitió que los tiempos contasen para el crono final. “Es una espina”, reconoce Mosquera, que cree que el cambio en el calendario y el hecho de haberse pasado de febrero a abril son una garantía y motivo para la esperanza, aunque ahora tenga que “abrir codos como en los esprints” para competir con las clásicas que también se disputan en estas fechas. “Aquí el problema siempre es el viento”, apunta mientras el móvil no deja de sonar. “Yo les digo que distingan entre problema e incidencia”, se ríe sobre su particular sistema de triaje. “Te llaman por un montón de cosas, desde que no hay sitio para ubicar un tótem del premio de montaña hasta que no ha llegado cualquier historia. Pero afortunadamente tenemos un grupo de más de cien personas muy bien distribuidas y muy responsables y muy apasionadas por lo que hacen, que eso es muy importante. Y todos con el mismo objetivo, que es que todo salga perfecto”, dice.
Tiene en la cabeza los 655 kilómetros del recorrido repartidos en cinco etapas, quince en la contrarreloj de hoy. “Es la modalidad más difícil. En una urbana los puntos conflictivos son aquellos donde se puede concentrar, más público, porque requiere de presencia de muchos voluntarios y de policía local, que tendrá un currazo”, explica. “Esos sitios pueden ser zonas de tensión porque pasa un corredor cada minuto y entre paso y paso parece que no y la gente cruza. Eso hay que tenerlo controlado y cuanto mayor es la ciudad, mayor es el apuro y hay más riesgo y es más difícil controlarlo todo”, identifica. “Va a haber un gran despliegue para vallar casi todo el circuito y que no pase nada. Es una ciudad y en un día de semana, algunos vecinos estarán contentos pero otros no, esperemos que sean más los primeros”, bromea, aunque también confirma que la carrera le quita muchas veces el sueño: “Despierto y pienso que tengo que decirle al que baliza que no se olvide de señalizar bien aquel paso estrecho o que se me ha olvidado pedir que tapen tal agujero”.
Pero tiene todo bien atado. “En el recorrido hay una zona de paso de las vías de tranvía que si llueve es peligrosísima. Pero está bajo control. En general la crono es una modalidad complicada porque todo va contra el reloj y si un ciclista sale tarde se le suma igual al tiempo final. Si es porque el corredor se retrasa, el problema es suyo, pero si es por culpa de la organización, es un problemón. Todas esas cosas hay que cuidarlas al milímetro porque además hay un jurado internacional evaluándonos que sabe que somos una carrera que está creciendo, que tenemos que tener otra categoría y que la merecemos y están aquí para poner nota. Eso es otro punto de presión”, se ríe.
Preparativos
La ciudad es partícipe de esa ebullición del día previo. Dentro de unas horas, 110 ciclistas acompañados de una caravana de coches, motos, camiones y medio millar de personas mostrarán A Coruña al mundo y todo tiene que estar perfecto. O Gran Camiño se retransmite en 170 países y por un lado es la oportunidad de enseñar los encantos coruñeses y por otro el poder organizativo de los responsables de la carrera. Por eso la actividad es frenética. No puede quedar ni un cabo suelto. Está repartida entre el Palacio de los Deportes de Riazor, donde está la sede permanente de la organización y se realiza todo el papeleo, la ciudad deportiva de la Torre de Hércules, que se engalana para la llegada de los ciclistas a los pies del faro milenario, y el museo del Deportivo, que acoge las reuniones oficiales.
La primera es el centro de operaciones y por ella pasaron a lo largo del día todos los que necesitaban presentar documentación y recibir acreditación. En la explanada, además, ya lucen algunos de los coches. Les están incluso sacando brillo para que vayan bien limpitos. Se cuida hasta el más mínimo detalle. En la segunda ubicación, los operarios municipales se afanan no solo por hacer desaparecer los últimos vestigios del tranvía, sino por asfaltar y pintar la carretera. Objetivo: ni un bache en un recorrido por el que la velocidad que alcanzarán los ciclistas puede ser superior a los 50 kilómetros por hora. Algunos de ellos también inician la inspección del terreno con sus bicis superligeras y los cascos diseñados para ofrecer menos resistencia al viento y ganar segundos al crono, esos que les hacen parecerse a un villano de Son Goku. Y pese a todo, tienen los mismos problemas que los mortales. Uno se tiene que parar. Echa el pie al suelo. Parece que hay un problema con la cadena. A los pocos segundos ya puede continuar, eligiendo ir en dirección a Riazor, en el mismo sentido que la carreta con salida y llegada en la Torre.
A mitad de camino queda el museo del Deportivo, que abre sus puertas a pesar de que los lunes las tiene cerradas al público para que los miembros de la organización puedan llevar a cabo las reuniones previas. Primero, los directores de los 16 equipos, después los conductores de las motos que tendrán una gran responsabilidad en la carrera. Por último, rueda de prensa con cuatro de los favoritos: Adam Yates, Iván Romeo, Jorgen Nordhagen y George Bennet. En la primera, la segunda y la tercera, la escena es la misma. No se pierden ni un detalle del recorrido por los 119 años de historia deportivista. La vitrina con los siete títulos blanquiazules atrae todas las miradas y los focos de los móviles. Es una novedad y una experiencia extra.
Alumno y maestro
Un visitante VIP busca la exposición sobre el equipo ciclista. Es Álvaro Pino, icono del ciclismo autonómico y el que dirigió los pasos de Ezequiel Mosquera como ciclista y satisfecho de que su alumno haya recuperado para Galicia, que echa en falta una gran referencia deportiva sobre las dos ruedas, una vuelta por etapas. “Está muy bien organizada y está creciendo, en dos o tres años vendrán los mejores. Solo hay que ver el palmarés. La primera la ganó Valverde y las dos siguientes Vingegaard. Eso es un orgullo para todos los que nos gusta el ciclismo”.
Para él, O Gran Camiño cumple los requisitos para el éxito. “Lo primero, un recorrido atractivo. Después, estar bien organizada y con seguridad para que los equipos acepten venir. En el ciclismo funciona mucho el boca a boca”, dice. Los ciclistas no pueden disfrutar de uno de los principales fuertes de Galicia, que es la comida. “Pero sí sus acompañantes”, se ríe, “y tienen los paisajes: los australianos alucinaron el año pasado”.












