Una obra maestra inacabada
La derrota en los penaltis en el quinto partido de la final de la Liga deja al Liceo una temporada con sabor amargo pese al título de la Copa del Rey

El Liceo se quedó a las puertas de confirmar en el playoff lo que había demostrado en la liga regular: ser el mejor equipo de la temporada. En defensa, compromiso colectivo, el esfuerzo individual al servicio del grupo. Y en ataque talento y calidad a raudales. Un producto con el sello de denominación de origen Juan Copa: solvente y competitivo, con carácter, agarrándose a los partidos. Como prueba, solo dos derrotas en la liga regular, y una condicionada por un calendario agotador. Una más en playoff prácticamente en el último minuto de la prórroga. Tres en total antes de la catástrofe final, precisamente cuando dejó de ser fiel a sí mismo y perdió parte de esa identidad. Con 2-0 a favor, dos derrotas en Igualada y una tercera en los penaltis dejaron un sabor amargo difícilmente digerible que condiciona el balance definitivo de la temporada e impidieron un doblete tan difícil de alcanzar que solo lo había hecho una vez en toda su historia y de eso hacía ya 35 años y en un contexto completamente diferente al actual.
La temporada empezó con cuatro fichajes tras las bajas de Martí Serra, Pablo Cancela, Fabrizio Ciocale y Tato Ferruccio. Aunque en realidad, solo dos eran caras nuevas, Blai Roca desde el Noia y Nuno Paiva del Lleida (y este no del todo porque ya conocía la ciudad) y dos eran regresos: Toni Pérez tras ocho temporadas en el Sporting y Tombita tras su exitosa cesión en el Lleida. No eran movimientos de necesidad para reaccionar a la voracidad del mercado, sino planificados y estudiados, buscando mejorar. Aunque el puzle tardó en encajar. No llegó entero al estreno en las semifinales de la Supercopa de España, en las que cayó frente al Barça, ni a la primera jornada de la competición, con un empate en casa frente al recién ascendido Maçanet, pero dio el primer aviso al asaltar el Palau Blaugrana para ponerse líder por primera vez. Dos jornadas después un empate en Sant Just le apeó de él y la derrota en Igualada en la siguiente le obligó a remar a la contra lo que quedaba de primera vuelta. Ninguno falló y el Barça fue campeón de invierno empatado a puntos con el Igualada y con el Liceo dos por detrás.
El inicio de la segunda vuelta cambió el escenario. Barça e Igualada empataron entre ellos y el Liceo continuó con su racha de victorias, dándose un histórico triple empate en cabeza que se fue deshaciendo en favor de los verdiblancos, que llegaron a las doce victorias consecutivas mientras sus rivales iban dejándose puntos aquí y allá. En la jornada 19, el Liceo era líder con 7 puntos de ventaja sobre arlequinados y 9 con respecto a los culés. Un colchón que coincidió con el inicio de un mes de marzo en el que Juan Copa tuvo que dosificar las fuerzas para atacar tres frentes, por un lado mantener la primera posición en la Liga; por otro intentar avanzar a la Final a Ocho de la Champions, y por último la Copa del Rey. En ella fue de menos a más para eliminar en cuartos al Alcoi, en semifinales al Igualada y plantarse en una final en la que se deshizo del Calafell para levantar su undécimo título de la competición del KO.
Los verdiblancos ya tenían un y no se conformaban. Pero la rueda seguía girando y pagaron el cansancio en Voltregà con su segunda derrota del curso, si bien pudieron certificar su presencia entre los ocho mejores de Europa, que era otro de los grandes objetivos. Quedaban tres jornadas en las que tenían que administrar una renta que había quedado menguada a dos y tres puntos con Barça e Igualada. Les valía con dos victorias y un empate y dicho y hecho. La liga regular terminó con el Liceo en primera posición (empatado a puntos con el Barça y con el Igualada a uno) por primera vez en trece años.
Significaba ventaja de pista en todas las eliminatorias del playoff. Y el Palacio de los Deportes de Riazor se había mostrado infalible. Antes del arranque de la lucha por la Liga, el Liceo disputó los cuartos de la Champions, cayendo contra un Porto que se acabaría proclamando campeón. Entonces sí que ya solo quedaba el playoff. Y de nuevo como en la Copa, fue de menos a más. Primero eliminó al Lleida en cuartos, el único clasificado por la vía rápida, en solo dos partidos. En semifinales dio cuenta del Calafell, ante el que cedió el tercer partido. Y en la final arrasó en los dos primeros partidos al Igualada, que devolvió la jugada en una encerrona subida de tono en Les Comes. En el quinto, la ansiedad le jugó una mala pasada y los penaltis le pusieron la puntilla. Si le hubiesen beneficiado, se estaría hablando de gloria. La delgada línea que separa vencedores de vencidos en un deporte al que al Liceo le ha tocado ver su cara más cruel.
















