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Liceo

Previa | 'Noite meiga' en Riazor

Último baile a todo o nada para un Liceo que, con el apoyo del Palacio, necesita invertir la flecha para rematar al Igualada en el quinto partido y conquistar su noveno título de Liga

Bruno Saavedra pasa por encima de Arnau Martínez, portero del Igualada, en el primer partido de la final del playoff disputado en el Palacio de Riazor
Bruno Saavedra pasa por encima de Arnau Martínez, portero del Igualada, tras marcar gol en el primer partido de la final del playoff disputado en el Palacio de Riazor
Germán Barreiros
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Es casi como si estuviera escrito, aunque solo fuera en la arena de la playa del Matadero, que hace unas semanas amaneció con una inscripción gigante con la fecha del 23 de junio de 2026, como una premonición de lo que estaba por venir. Señales o no, después de la liga regular más igualada de las tres últimas décadas con los tres primeros separados por un solo punto, no sorprende tanto que la resolución entre los dos equipos que han sido los más fuertes a lo largo de toda la temporada se vaya hasta un quinto y definitivo partido de la final. El Liceo ganó los dos primeros en su feudo. El Igualada los dos siguientes en el suyo. Y la eliminatoria vuelve ahora al Palacio de los Deportes de Riazor (20.30 horas). Aquí los verdiblancos empezaron juntos el camino y juntos lo van a terminar. A todo o nada en el último y más importante partido del año después de nueve meses de lucha sin cuartel.

El Liceo parecía que rozaba con sus dedos el noveno título de Liga de su historia y el segundo doblete con la Copa del Rey (del primero y único hasta ahora hace ya 35 años). No era solo que hubiese ganado los dos primeros partidos. Era cómo, dos festivales de 8-2 seguidos que desataron la euforia. Pero después se topó con el efecto Les Comes, un infierno excesivamente subido de tono, incluso por encima de los límites que deberían estar permitidos, donde el Igualada se sintió cómodo para golpear justo en los momentos más oportunos y ser más efectivo para mantenerse con vida.

Las fuerzas llegan tan equilibradas que los dos equipos prácticamente están a la par en todos los apartados estadísticos después de los siete duelos que han disputado en este curso. Tres victorias cayeron de lado coruñés, una en las semifinales de la Copa del Rey y las dos del playoff. Otras tres para los igualadinos, todas en su feudo. Y por último, un 3-3 en el encuentro de liga regular en el Palacio. El octavo desempatará. En lo que no lo hay es en el número de goles. El Liceo domina con los 25 anotados por los 21 del Igualada. Una distancia todavía más grande si se tienen en cuenta solo los cuatro partidos de la final: 20 por 13. Y todavía más si se miran solo los marcados en el Palacio: 16-4.

Tampoco es que eso vaya a ser diferencial ahora. Llegados a este punto, no hay que mirar atrás y solo importan los 50 minutos que quedan por delante, o 60 en caso de prórroga. Porque sí que ya no hay más. Último esfuerzo. Y último baile. Porque no hay mal que por bien no venga y por eso la final ha regalado a la afición liceísta un partido más para disfrutar por última vez sobre la pista del Palacio de los Deportes de Riazor de César Carballeira. También de Nil Cervera. A Martín Rodríguez y Tombita, que igualmente se despiden, será más complicado verles en el parqué, uno en el banquillo y otro en la grada.

Fuerza mental

Después de cuatro batallas físicas, la quinta se espera psicológica. Un tablero de ajedrez en el que los estados mentales marquen la diferencia. Unos llegan con la flecha para arriba, los del Igualada, después de lograr lo que muy pocos creían, que era volver a Coruña y demostrar que tienen más vidas que un gato, en la final pero también dentro de los propios partidos. Otros, los del Liceo, para abajo, pero con el respaldo de su afición por más que sea un día complicado en la ciudad y el horario no ayude ya que muchos estarán empezando la fiesta de San Juan a unos escasos metros del Palacio, en las playas, lo que complicará los accesos.

Pero este es el Liceo de los grandes retos. El del orgullo koruño y rabudo. El que se viene arriba cuando todo parece más complicado. El que nunca se rinde. El que ha dado suficientes argumentos, tanto en la pista como fuera de ella, para no perder la fe en su capacidad para sobreponerse a dos derrotas y para quemar en la hoguera el meigallo que todavía se siente en la ciudad tras lo ocurrido al Dépor en Mallorca en otro día de San Juan. No hay noche mejor para confiar en el aura del Palacio, la fuerza de María Pita y creer en la magia. Y, sobre todo, que se hable única y exclusivamente de hockey. Diez meses, 51 partidos, 23 viajes y 2.560 minutos después, está a un solo paso de cruzar la línea de meta.

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