Fallece Fernando Galmán, histórico mecánico del Liceo
Durante 38 años puso a punto los patines de las estrellas verdiblancas

No estaba en la pista. No dirigía desde el banquillo. Su labor era mucho más desconocida y en la cara oculta, pero también ganaba títulos. Durante 38 años, fue el nexo común en la historia del Liceo, que ahora le llora y le despide. Fernando Galmán, su histórico mecánico, falleció esta mañana en A Coruña a los 90 años de edad.
Galmán, o el señor Galmán, como le conocían todos por el respeto y cariño que despertaba en sus chavales, como él a su vez llamaba a los jugadores, dedicó su vida a poner a punto los patines, el material fundamental de trabajo de las estrellas verdiblancas. Desde Martinazzo hasta Jordi Bargalló, casi cuatro décadas que le valieron la admiración del mundo del hockey.
Sus hijos Alberto y Ángel también estuvieron vinculados a él. Alberto jugó en los años 90 como portero, suplente de José Luis Huelves. Ángel sigue como entrenador en la cantera del Dominicos. Y su mujer, Carmiña, se encargaba de la lavandería día a día. Una familia imprescindible en la historia del club.
Galmán entró en el Liceo cuando el equipo ascendió a División de Honor, en la temporada 1979-80, como encargado de supervisar el material. Durante años se le veía siempre con su maletín a cuestas, donde llevaba todo lo necesario para arreglar cualquier imprevisto, o encerrado en su cuartucho del Palacio de los Deportes de Riazor.
"Yo les ahorré dinero porque antes de que yo llegara si se estropeaba una cosa había que tirarla y comprar una nueva", relataba hace unos años en el libro Liceo: 50 años, 50 miradas. "Empecé a comprar ejes sueltos, tenía una máquina que cuando se gastaban las ruedas por un lado las arreglaba, cuando la pista resbalaba le hacia cruces para que tuviera estrías... así muchísimas cosas". Como hacer agujeros en el suelo a los patines para que transpirasen e incluso poner plomo en los sticks, a instancias del preparador físico Eduardo Blanco, para que los jugadores entrenasen con lastre.
Era el primero en llegar al pabellón, el último en irse. Y no solo se encargaba de los patines. Porque con su inseparable Carmiña recogía la ropa, la llevaban para casa, la lavaban y al día siguiente los jugadores las tenían a punto para el entrenamiento o el partido. "Recuerdo que a las primeras les pusieron la calcomanía en el momento. Y Areces no quería estrenar ninguna ropa sin lavarla antes. Se la llevé a mi mujer, le dio un agua para que Areces no protestara y se corrió la pintura. Vaya bronca", explicó también en el libro que repasa la historia del club a través de sus protagonistas.
Se conocía cada pie, cada manía. Y tenía soluciones para todo. "Martinazzo no debuta si no es por mí", contaba entre sus miles de anécdotas. "Traía unas planchas de aluminio que se le rompieron el primer día. Aquí no había quien soldara eso. Encontré a un señor que vivía en Mera y que tenía el taller en Castiñeiras y fui a buscarlo. Yo también estaba empezando, hoy en día lo hubieses solucionado yo", decía.

Le quedó por arreglar el trofeo de la CERS de 1999, que se rompió en las eufóricas celebraciones del equipo, que incluyeron baño en la fuente de las gaviotas de la plaza de Portugal. O una tuerca de un patín de Quim Paüls con la selección española que solo confesó que había sido su culpa muchos años después. Se marchó del club en 2011. Pero nunca dejó de ir al Liceo, siempre sentado en su asiento. Por lo menos hasta que la salud se lo permitió. Los jugadores se despidieron de él con una camiseta firmada que ponía "De tus niños los campeones". Adiós señor Galmán.










