
25 años de la lesión que nos dolió a todos
El 30 de septiembre de 2001 el fútbol se estremeció con la rotura de tibia y peroné Manuel Pablo, que inició una historia de deportividad y superación
Suele acordarse de él en los controles de los aeropuertos, pero aún se sorprende de que no siempre le delata. Es un clavo que a veces ejerce de chivato, un recuerdo de 36 centímetros de largo y algo más de uno de grosor que recorre el interior de la tibia de la pierna derecha de Manuel Pablo García (Bañaderos, Gran Canaria, 1975) desde poco más abajo de la rodilla casi hasta donde hace juego el tobillo. Tres tornillos sujetan ese íntimo recuerdo compartido con tantos responsables de seguridad. La mayor parte de ellos recuerdan entonces una de las lesiones más espeluznantes que se vieron en el fútbol español, pero también la que dejó dos lecciones que conviene repasar cada poco tiempo: una tiene que ver con la deportividad y el respeto, la otra con la capacidad de superación.
“Será el mejor derbi de la historia”, auguró en la víspera Javier Irureta, que tras el último entrenamiento se presentó ante la prensa con indisimulado orgullo. El 30 de septiembre de 2001 el Deportivo, segundo en la tabla, recibía al Celta, líder tras las cuatro primeras jornadas de liga. Cuatro días antes habían triunfado en Europa. Los vigueses para dejar atrás al Sigma Olomouc checo en la Copa de la UEFA mientras el Deportivo, en la Champions, se cruzaba por primera vez en su historia con el rutilante Manchester United de Giggs, Beckham, Keane o Schmeichel. Un gol en el minuto 90 de Naybet decidió el partido y alertó sobre lo que era aquel equipo que dirigía Irureta, un recién llegado a la élite, pero desprovisto de temores y complejos. Así que como si en lugar de haber nacido en Irún lo hubiese hecho en Padrón, el entrenador saludó ufano en la víspera del partido a los medios de comunicación: “Bos días y Galicia calidade”. Hacía poco menos de año y medio que el vasco había guiado al Deportivo a alzar el título de liga. “Competíamos con todos y contra todo, con una plantilla muy larga y repleta de alternativas”, recuerda Manuel Pablo
Entonces era el mejor lateral de Europa. Se lo dijo así el coruñés Luis Suárez al Inter tras firmar varios informes en los que aconsejaba su contratación, se lo espetó Augusto César Lendoiro a Florentino Pérez cuando el presidente del Real Madrid acudió a pedirle precio por aquel péndulo que iba y venía por la banda sin atisbos de agotar las pilas, el que le había quitado el puesto en la selección al merengón Míchel Salgado. Lendoiro optó por la callada y abrió la puja. 4.000 millones ofreció Florentino, 6.000 (36 millones de euros) en una segunda oferta que incluía también el traspaso del meta Molina y la cesión de Iker Casillas durante dos años al Deportivo. “Será más rentable y más caro que Zidane, porque es más joven”, dijo Lendoiro. Los blancos acababan de fichar al que entonces era el mejor jugador del mundo por 12.300 millones de pesetas (74 millones de euros). “Somos competidores reales de ellos y del Barcelona”, les recordó entonces el presidente deportivista. Dos meses después vio desde el palco como la pierna derecha de aquel cheque en blanco colgaba quebrada de manera dramática. “¿A dónde iba yo por esa pelota?”, se preguntó durante un tiempo Manuel Pablo. Hoy ya tiene una respuesta. “Era un balón que se fue suelto por el interior de mi lado, trato de anticiparme porque pensaba que podía llegar antes, tocar de puntera y salir jugando, pero él llegó al mismo tiempo y chocamos”.
Él era Everton Giovanella, un tipo que no lo había tenido sencillo en el fútbol, un suplente del Internacional de Porto Alegre que buscó fortuna en equipos medianos de la liga portuguesa y que con la Ley Bosman encontró en el verano de 1996 la opción de cruzar la raya y mostrarse en un Salamanca lusista conformado por João Alves, aquel centrocampista que jugaba con guantes negros, que había triunfado como futbolista en El Helmántico, pero que tuvo un paso efímero por su banquillo. Dejó como legado una tropa interesante que logró el ascenso a Primera. Paulo Torres, Taira y sobre todo Catanha, Pauleta, Agostinho y Giovanella tuvieron un interesante recorrido en la Liga. Cuando en 1999 el equipo jugó la última campaña de su historia entre los grandes, Giovanella salió traspasado al Celta con vitola de futbolista fino. En Vigo, a las órdenes de Víctor Fernández y entre Karpin, Mostovoi, Luccin, Jesuli, Edu o Gustavo López, debió acoplarse a labores de intendencia.
Y allí estaba aquel 30 de septiembre, en partido de la máxima categoría y en lo más alto de la tabla para ejercer su labor de escoba en el centro del campo, siempre atento a ayudas y coberturas. Corrió hacia aquel balón que no era de nadie y llegó apenas unas décimas de segundo antes, lo golpeó con su pie izquierdo mientras con la rodilla impactaba sobre Manuel Pablo.
En el fútbol las facturas de tibia y peroné suelen producirse tras traumatismos frontales, pero en este caso la colisión fue lateral. “Fue un golpe similar al de bastantes accidentes de tráfico”, refirieron los doctores. “Noté un fuerte dolor en la tibia, pero en ningún momento pienso que está rota hasta que la agarro y me llevo la impresión de verla colgando”. Manuel Pablo lo recuerda todo con detalle. “En aquel momento me dieron ganas de matar a Giovanella”, bromea. Sucedió todo lo contrario. “Fuiste el primero en tenderme la mano”, recordó el brasileño en un video que a modo de homenaje se emitió en el estadio de Riazor cuando Manuel Pablo se retiró del fútbol. Y no fue en 2001 sino en 2016. Y ahí residen las dos moralejas de esta historia, porque Manuel Pablo se levantó para firmar una longeva carrera futbolística y además mantiene una relación de cordialidad, aprecio y respeto con la persona que, sin pretenderlo, pudo acabar con ella.
Porque Giovanella también se quedó herido sobre el césped de Riazor. Se superpusieron el dolor del alma y el corporal. Casi tanto como aquella pierna destrozada impactaron sus lágrimas, su desolación consolada sobre el mismo césped por compañeros y rivales. Mal que bien jugó la media hora larga que quedaba de partido y antes de irse hacia el vestuario explicó en los micrófonos de Canal Plus sus sentimientos entre un entrecortado llanto: “Si pudiera cambiarme por él. Quiero que sepa que no fue intencionado… Era un balón dividido. Lo siento mucho”.
La lesión se produjo siete minutos después de las diez de la noche. Menos de dos horas después Manuel Pablo ya estaba en el quirófano. Entre medias le dio tiempo a pasar por varios estados de ánimo. Sobre el campo se asustó y mientras le sacaban en camilla recuerda que casi se cae cuando los voluntarios de la Cruz Roja le bajaban por las escaleras hacia el vestuario. “Tranquilos, a ver si me vais a rematar”, les dijo. Ya en la caseta y mientras se preparaba el traslado al hospital le dio tiempo a hacer alguna broma más, pero cuando iba de camino, entre el ulular de la ambulancia, empezó a tomar conciencia de lo que había ocurrido. “Me dio un bajón porque tenía claro que me iba a perder el Mundial”, recuerda.

Tenía la mirada en Corea y Japón. Había debutado con la selección en el primer partido tras la Eurocopa del 2000 y había sido titular en siete de los ocho partidos de clasificación. Apenas se perdió el último contra Liechtenstein, un trámite ya con el pase conseguido. “Y jugar aquel Mundial era lo máximo para mí. De niño soñaba con llegar a la selección y vestir de rojo. Veía a Arconada, a Maceda… Tenía ocho años en la Eurocopa de 1984 y seguía todos los partidos. Y la posibilidad de ser como ellos estaba ahí...”.
El Mundial que no fue
Los médicos quisieron lanzar un mensaje de optimismo entre tanta desolación. “A ver si conseguimos que puedas llegar”, le dijo Rafael Arriaza, el doctor que dirigió la operación. Apenas quedaban ocho meses para el Mundial. No era sencillo, pero a Manuel Pablo aquellas palabras le dieron aliento. “Yo siempre tuve en la cabeza, incluso en aquella ambulan cia, que tibia y peroné era un año de recuperación, pero al escuchar eso empiezas a verlo de otra manera”. Ocurría, sin embargo, que el topetazo no había sido limpio sino que estaba ante una lesión complicada en la que hubo que reparar demasiados trozos y los huesos se habían desplazado más de lo aconsejable.
A 160 kilómetros de aquel calvario, Giovanella sobrellevaba el suyo y resolvió que no podía quedarse en Vigo sin mirar a los ojos a Manuel Pablo. Así, antes de que se cumpliesen 48 horas del brutal encontronazo, los dos estaban cara a cara en una habitación de hospital. La situación era tan extraña que se produjo un instante de estupor entre los presentes, entre ellos Horacio Gómez, el presidente del Celta. “Pero en cuanto nos miramos me tranquilicé”, explica Giovanella.
Es complicado encontrar a un tipo más noble que Manuel Pablo, un tímido que llegó a A Coruña como presunto secundario en el traspaso de ‘Turu’ Flores desde Las Palmas al Deportivo, criado en Bañaderos, un pequeño pueblo que asoma al mar en la costa norte de Gran Canaria y que vive de la pesca y las plataneras. Igual por ahí hubiese estado su futuro si no se le hubiese cruzado la pelota. Giovanella creció en Lajeado, en la patria gaúcha de Brasil, tierra de colonos italianos y alemanes, de esfuerzo, sacrificio y empeño. Hombre de profundas creencias religiosas, siempre estuvo vecino al fútbol porque su padre fue presidente del club local, uno de los más antiguos de Brasil. Aquella mañana en la habitación de aquel hospital se trazó una conexión, por más que Manuel Pablo trate de revestirlo de normalidad: “Yo estaba tranquilo porque sabía cómo había sido la jugada y el balón no era dueño de nadie. En el fútbol hay encontronazos porque es un juego con mucho choque y hay cosas peores, con mala fe. En este caso no la hubo. Ni siquiera fue falta. Giovanella me vino a pedir disculpas y estaba fastidiado, muy preocupado. A mí me hubiera pasado lo mismo porque es chocante ir a por el balón sin intención de hacer daño y ver cómo se queda un futbolista con la pierna rota”.
No fue la única visita. Y Manuel Pablo valora cómo, cuando los focos dejaron de alumbrarles, también se sucedieron llamadas y mensajes: “Siempre estuvo muy cercano a mí”. En esas entretelas se abrió un tiempo de esfuerzo para él, más de 200 sesiones con Carlos Lalín, que con el tiempo se convirtió en readaptador de confianza para José Mourinho en Real Madrid, Chelsea, Manchester United o Tottenham. Juntos pasaron incluso quince días en Canarias durante el tiempo de vacaciones del equipo. El Mundial ya había quedado atrás, un tiempo que ya no volverá.
“Ojalá hubiera podido estar yo entre los que le protestaron a aquel árbitro en el partido contra Corea…”. En febrero había vuelto a pisar el césped de Riazor para tocar la pelota, en abril empezó a tomar ritmo de trabajo colectivo y completó algunas sesiones con el equipo filial. El 6 de mayo, siete meses y siete días después de producirse la lesión, disputó su primer partidillo de entrenamiento con sus compañeros. Apenas quedaban cuatro días para echarle el cierre a la temporada y para conocer la lista de Camacho para el Mundial. El valencianista Curro Torres portó el ‘2’ que parecía reservado para él, pero el titular en el lateral derecho fue Carles Puyol.
En julio, Manuel Pablo se presentó en la pretemporada del equipo en la localidad lucense de Vilalba. Y disparó las expectativas cuando se alineó en el primer partido de preparación durante 45 minutos. Luego las rebajó: “Todo va mejor, pero falta mucho camino”. Sentía dolor en la tibia, tanto que si entrenaba tres o cuatro días seguidos debía parar uno o dos para disiparlo. “Siempre he creído mucho en la importancia del entrenamiento”, explica. Siempre fue un futbolista que se alimentaba de su físico, del que le permitía proyectarse en ataque o rectificar en defensa para recuperar la posición si algún extremo habilidoso le sacaba de sitio.
Un rebautizo en Ferrol
“En su mejor versión era un lateral casi imposible de regatear”, sostiene el exseleccionador Iñaki Sáez, que le entrenó en Las Palmas cuando apenas era un meritorio. Poco de aquello estaba sobre el césped en su regreso. “En los entrenamientos de final de temporada tenía algo de dolor, pero era soportable”, recuerda. “Lo que pasó fue que el trabajo de pretemporada, con tanta carga, no lo toleraba. El hueso no soportaba tanto impacto seguido y perdí entrenamientos que para mí eran básicos”.
La falta de continuidad en el trabajo le pasó factura, pero había un anhelo por rescatar no solo el tiempo perdido sino porque recuperase el tono que tenía, como si todo hubiese sido un inocuo paréntesis. Por eso sigue ese enorme clavo en su pierna derecha. Quitárselo suponía dos o tres meses más de parón para que el hueso se regenerase en ese espacio que ocupa el postizo. “Y no quería perder más sesiones de trabajo”, aclara. Fue uno más de los guiños en un proceso de recuperación que se llegó a completar, con un final que seguramente muchos no deseaban, pero del que el propio protagonista no solo no reniega sino que se siente profundamente orgulloso.
Asomarse al recorrido de ese camino ayuda a entenderlo. Manuel Pablo reapareció el 11 de septiembre de 2002 cuando se cumplían 346 días desde su lesión y no lo hizo en un lugar cualquiera sino en el Estadio Insular de Las Palmas. “¡Qué curioso volver a nacer para el fútbol donde ya lo había hecho una vez!”. Allí acudió para jugar un partido de Copa contra el Corralejo. “Se me juntó todo, la felicidad por volver, por hacerlo en mi tierra, porque me moría de ganas de jugar un partido y lo único que quería era correr todo lo que pudiera”, relata.

Aquella noche no sintió dolor, pero sí un freno. Se lo quitó en la siguiente eliminatoria. En aquella edición eran a partido único y un mes después esperaba el Racing de Ferrol en su casa, rivalidad provincial y un partido reñido que decidió un gol de Albert Luque sobre la bocina. Entre medias se produjo una jugada que pasó desapercibida durante años, pero que a Manuel Pablo no se le olvida. “Yo trataba de tirar para adelante, pero había algo ante lo que no podía hacerlo y sucedía cuando me entraban con la plancha por delante. Veía venir la jugada y me quedaba quieto”. Aquella noche en A Malata acudió a otro balón dividido. “Y antes de que pudiese reaccionar para protegerme vino uno del Racing y me metió un plantillazo tremendo en toda la tibia. Me cogí una calentura tremenda, pero en aquel momento perdí el miedo. Empecé a ir a saco a todos los balones como antes de chocar con Giovanella. Fue como una especie de bautizo. Metía el pie en todos lados”.
El valor regresó, pero el físico se ausentó más tiempo. La falta de una pretemporada al ritmo de sus compañeros le pasó factura. “Hay que ser cuidadoso y no echarle a los leones. Todavía necesita algo más de confianza”, explicaba Irureta cuando le preguntaban por qué no jugaba su lateral. Scaloni y Héctor cubrieron su ausencia con muy buen tono mientras Manuel Pablo se fogueaba en la Copa. En Murcia marcó uno de sus cuatro únicos goles como profesional, con un golpeo desde fuera del área en el que pareció emplear la parte inferior de la tibia maltrecha. Al final de aquella temporada volvió a entrar en el equipo, en la siguiente fue titular en 15 partidos de Liga, en la mítica remontada europea contra el Milan y en los dos de semifinales de Liga de Campeones contra el Oporto. Fue entonces cuando recibió una llamada de Sáez para subirse al último tren hacia la Eurocopa de Portugal. Pero no logró subirse al vagón. En un amistoso contra Italia, el mismo en el que Roberto Baggio se retiró de la azzurra, se le vio flojo. Fue la última vez que vistió la camiseta de La Roja. “Zambrotta estuvo muy bien aquella noche y Vieri nos marcó gol en una jugada en la que remató y casi me metió en la portería porque yo estaba medio parado y él venía como un toro en carrera”, relata sobre aquel partido.
Míchel Salgado había regresado a la selección y se consolidó en ella hasta que en vísperas de la Eurocopa una lesión muscular le apartó de la lista final. Una vez más Puyol ejerció de parche, con otro barcelonista, Gabri, en la reserva. Lo evidente es que Manuel Pablo nunca recuperó el altísimo nivel que tenía antes de la lesión. “Al menos no pude alcanzar aquella regularidad que tenía”, asume. Ocurrió que aquel alumno que habitualmente obtenía sobresalientes y jamás bajaba del notable empezó a coleccionar bienes y suficientes. “Me faltó volver a ser fiable al cien por cien y todavía hoy no sé cual fue el motivo”, explica.
Pero en esa incapacidad para recuperar sus prestaciones se encierra la segunda enseñanza de toda esta epopeya porque Manuel Pablo se reinventó y fue un magnífico futbolista durante catorce campañas después de su lesión. “Volví a jugar en la Liga de Campeones, a vestir la camiseta de la selección, fui constante y conté para casi todos los entrenadores que he tenido”. Se ganó el respeto de todos los que se midieron con y contra él. Y tiene el de los chicos con los que se ha cruzado en la cantera deportivista, ya ahora como entrenador del Fabril, y que no dejan de interrogarle para que les relate experiencias vividas dentro o fuera del campo. Él les habla de ética en el trabajo, les dice que entrenar bien no es solo correr. “Yo tenía que hacerlo, pero Valerón no lo necesitaba”, les apunta.
Entonces le miran y le preguntan qué es entrenar bien. Y responde: “Es hacer todo lo que sabes con concentración. Para el Flaco era no perder el balón y encontrar espacios que nadie veía, para casi todos los demás es estar atento, no preguntar tres veces cómo se hace un ejercicio. Todo eso se trabaja. El fútbol es en gran parte una cuestión de cabeza, de aplicar táctica. Muchos pueden jugar bien, pero en la mente está el secreto para marcar realmente las diferencias”, explica.
Amor al fútbol
Ese respeto a la profesión es, en cierto modo, el legado de aquel espeluznante encontronazo. Por una parte queda el ejemplo de cómo dos deportistas supieron llevar una situación tan complicada. “Manuel fue siempre un señor y mostramos, que el fútbol es cordialidad y compañerismo también entre rivales. Lo que parecía una tragedia acabó siendo una bonita historia”, describe Giovanella. “Me queda eso, por supuesto, y también haber superado un momento difícil a los 24 años y seguir jugando hasta después de los cuarenta”, completa Manuel Pablo, que en esa recapitulación mira al periodista y le hace una de esas confidencias que se deben compartir: “No sé si lo sabes, pero es que yo amo el fútbol. Sé que lo amo. Cada vez que salté al campo, en todos los partidos de mi carrera deportiva lo hice con ilusión. Aunque jugase cinco minutos. No sé si es extraño o complicado, pero siempre fue así”.
La pelota, la pasión por ella, lo puede todo. Cuando volvió a coincidir con Giovanella en un partido de veteranos en Riazor a Manuel Pablo le molestaba que les preguntasen por el episodio que les unió de por vida. “No era por hablar de ello, que entiendo que puede servir en cierta forma como modelo en este tipo de situaciones, sino porque me dolía por él, que le pudiesen recordar aquello tanto tiempo después”. Ese día volvieron a darse un abrazo y a disfrutar del fútbol; la pelota quedó dividida, Manuel Pablo la tocó con la puntera y siguió su internada.
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Reportaje publicado por el autor en el número 73 de Panenka


