
Jaime Agulló, cuarenta años después de su eterno gol repetido al Huelva: "Lo que no sabía entonces es que iba a quedar para toda la vida"
El exjugador del Dépor recuerda una de las acciones más memorables de la historia del club, cuando embocó una falta por la escuadra, el árbitro mandó repetir y la colocó de nuevo en el mismo sitio
“¿Cuarenta años?”. Jaime Agulló Quintela (A Coruña, 1962) no da crédito cuando recibe la llamada de este periódico. De pronto ha pasado la vida desde que el 12 de abril de 1986 firmó uno de los episodios más memorables que se recuerdan en el estadio, tanto que pese a haber jugado durante veinte años en el Deportivo, desde benjamín a nueve campañas como profesional, todos le recuerdan por aquella falta en un partido contra el Recreativo de Huelva. Tuvo que lanzar dos veces. La primera la embocó casi por la escuadra y un árbitro, el extremeño Sánchez Marín, ordenó repetir. “Siempre he sido muy frío”, explica Agulló. Así que entre la indignación de sus compañeros y de todo el estadio colocó la pelota en el mismo sitio, repitió el lanzamiento y lo ajustó aún más para que se fuese a la red. Cuando llega a la Redacción de DXT Campeón le reciben dos enormes fotos de aquella epopeya. Y ahí se le lanza un reto: “¿Se atreve a decir cual es la del gol que subió al marcador?”. Señaló la correcta.
Tenía el 50% de posibilidades de acertar, pero no era sencillo.
Son casi idénticas, En las dos puse el balón en el suelo y di tres pasos para atrás. Marqué gol y cuando lo estábamos celebrando veo al árbitro con una tarjeta amarilla. Era para mí. José Luis, que era el capitán, le preguntó: “¿Pero que pasó si metió la falta de puta madre, por la escuadra?". Y el árbitro dijo que no había pitado. Se había llevado el silbato a la boca, pero no pitó. En el estadio muchas veces ni lo escuchas. Ves que se lleva el silbato a la boca y lanzas. Es lo que hice.
Y tuvo que repetirlo.
Cogí el balón, lo puse otra vez en el suelo, los mismos tres pasos de antes y entonces veo que el portero hacía un gesto con la mano como que pensaba que se la iba a tirar al otro lado. Y busqué colocarla en el mismo sitio que antes.
Fue el mismo lanzamiento por el mismo lugar y con la misma estirada inocua del portero.
El mismo gesto… tac. Y entra, entonces ya todo el mundo salió corriendo detrás de mí. Lloré de emoción en el campo.
Era un partido importante, a falta de seis jornadas del final, con el ascenso en juego y tras una mala racha de resultados. Uno de los primeros partidos que televisó la TVG, que tuvo de comentarista a Arsenio Iglesias. En la retransmisión le preguntó el narrador Manuel Pampín que le parecía aquello y apenas pudo balbucear antes de concluir: “É que non sei nin que dicir”.
Fue muy bonito. Lo que no sabía entonces es que aquello iba a quedar para toda la vida. Y eso es precioso, que cuarenta años después estemos hablando de esto. La gente me para por la calle con mucho cariño, incluso deportivistas que no habían nacido o eran niños entonces, pero que sus padres o sus abuelos les contaron lo que pasó. Es un orgullo.


El equipo tenía buenos lanzadores de faltas entonces. Igual hasta tuvo que pelearse por lanzarla.
Sí que los había, pero aquella era mi zona y mi distancia. Si estuviese más al medio igual era para José Luis, pero la pelota estaba casi en línea con el palo. Tenía confianza y la pedí. “¿Quieres que cuenta pasos?”, me dijo el árbitro. Le dije que adelante, esperé a que colocase la barrera y lo otro ya era hacer el gesto técnico, arquearse y tocar la pelota para que hiciese la parábola. Pero el hombre me dijo que no había pitado.
Calcó el disparo y se convirtió en leyenda.
Años después el árbitro fue a una concentración del Deportivo fuera de casa y se le presentó a Barritos. Le dijo que él me había hecho famoso.
En los ochenta el Deportivo vivía historias curiosas con los árbitros.
Vamos… Villena Pena, Soriano Aladrén, Diaz Vega… Si repasamos todas las desgracias que nos sucedieron es muy evidente que los arbitrajes en los momentos decisivos marcaron aquella época. ¿Se acuerda de la semifinal de Copa en Valladolid? Hierro, que ya estaba fichado por el Madrid, le hace una entrada salvaje a Fran y Soriano le dice delante de mí: “Lárgate de aquí. Vete para atrás, que te tenía que expulsar” [Hierro solo recibió la amarilla].
La desgracia a veces fortalece. Varias generaciones de deportivistas se forjaron en aquella crudeza y ahora se recuerda con orgullo.
Fue una época en la que la gente joven empezó a llenar el estadio. ¡Y cómo se notaba! Ya lo vemos ahora lo que significa para el equipo, con esta masa social. ¡Lo que puede ser para todos estos chicos que van al estadio ahora ver subir al equipo a Primera!
¿De donde viene el apellido Agulló?
Mi padre era de Elche. Jugaba en el Hércules y vino a un partido a A Coruña. El equipo estaba concentrado en el Hotel Finisterre y allí conoció a mi madre. Se cruzaron en la escalera principal de la recepción del hotel. Fue un flash, un flechazo. Al acabar la temporada pidió salir al Hércules y se vino a jugar al Deportivo. Luego se casaron, salió a otros equipos y formaron una familia. Mi hermana, de hecho, nació en Elche. Al dejar el fútbol cogió una representación de calzado y se afincó en A Coruña con la familia. Falleció en 2022 y vivió 92 años. Yo aún sigo yendo todos los veranos a Elche porque tengo familia allí. Son recuerdos muy bonitos.
Lo cierto es que ya tenía el fútbol en casa.
Sí. Y ahora mi hijo pequeño, Pablo, juega en el Arteixo. Cuando ven el apellido Agulló siempre le preguntan y le hablan de mi falta, claro. Pero él las tira fenomenal, con colocación y fuerza (y saca el móvil para enseñar una que estrelló en el larguero la pasada jornada en el campo del Compostela).
¿Dónde empezó a jugar al fútbol?
En el colegio. En Santa María del Mar. Allí me vio un ojeador del Deportivo y me ofreció ir al equipo de benjamines. Tenía 9 años.
¿Naveira era el ojeador?
El Señor Naveira.
Vivía en la calle del Trabajo, en el barrio de Atocha-Monte Alto.
Un buenazo. ¡Qué gran persona! Siempre tenía la palabra justa para hablarte cuando no estabas contento. En el Deportivo fui pasando etapas y con 16 años me vino Luis Ucha y me dijo que en el Orillamar iban a hacer un equipo de modestos con chavales y me fui cedido. Hicimos un equipo muy bonito, con tres o cuatro juveniles que fuimos del Deportivo. Estaba Paco Zas, por ejemplo. Y Necho.
¿Necho el que le metió el gol a Iribar?
El mismo. Pero, ojo, que yo a Iribar no, pero le metí un gol a Arconada (risas).
Usted jugó casi 200 partidos con el Deportivo entre 1981 y 1989 y está entre los 50 que más partidos jugaron en la historia, por delante de gente como Djalminha, Makaay, Songo’o o Lucas Pérez. ¡Y eso que chupó bastante banquillo!
Estuve con varios entrenadores. Aranguren, que era el que estaba cuando la falta al Huelva. Eusebio Ríos, Arsenio… Pero es a Luis Rodríguez Vaz al que le debo todo. Me subió del juvenil al Fabril y del Fabril al Deportivo.
Siempre hay que tener una mano amiga en el camino.
¿Le digo otra? Pero no como entrenador. Manolete. Ahora voy con él a los talleres de reminiscencia que organiza la Asociación de Veteranos del Deportivo en la residencia Padre Rubinos. A una persona que está allí, uno de los socios más antiguos del club, le preguntaron si sabía quién era yo. Y el hombre decía. “Jo… lo sé, pero no me sale el nombre”. Y entonces le dijeron: “a ver, una falta repetida…”. Y ahí ya no dejó acabar la frase: “¡Agulló!”. Y a partir de ahí ya fue hablar de todo. Muy emocionante.
Vaz les subió al primer equipo a usted y a Vicente Celeiro. No tenía mal ojo el comandante.

Nos puso de titulares. La verdad es que en el Fabril teníamos un equipazo. En el Dépor echaron a Pepe Martínez, le dieron el equipo a Vaz y nos llevó con él. Debutamos contra el Tenerife en Copa del Rey. Allí al lado de José Luis… De todos.
Dicen que los vestuarios de antes no son como los de ahora.
Aquello imponía. José Luis, Jorge, Pancho García, Pichichi Castro… El jefe era Pancho. Venía de la época de Piris, Gallego o Cantudo. Pero me integraron fenomenal. Mis mejores compañeros, los más cercanos, siempre fueron Pancho García y José Luis.
Vamos, que se hizo amigo de los jefes.
¡Hay que ser listo! (risas). Ya en serio: ellos valoraban a la gente de la casa, pero sobre todo valoraban que supiésemos jugar al fútbol.
¿Si ahora mira hacia atrás como se vería como futbolista?
A lo mejor me faltó un poco más de carácter para poder llegar más lejos. En el fútbol es necesario tenerlo. ¿Vio el Barça-Atlético? El Barça jugó mejor, fue superior incluso con diez, lo que usted quiera. Pero los otros ganaron.
Quizás lo bueno es tener una mezcla.
Sí. Yo tenía calidad, pero me faltaba tener eso que tenía José Luis. O Moreno. Ellos iban a los balones divididos con todo. Yo iba a ver si me la llevaba. Cada uno tiene su fútbol y es muy difícil de cambiar, pero la experiencia de los años lo que me dice es que si volviese a ser futbolista con la calidad que tenía trataría de aportar ese plus de carácter.
Ahora le exigirían presionar, trabajar mucho en defensa. El fútbol ha cambiado.
Sobre todo en el tema físico. Antes el futbolista no se preparaba ni la mitad de la mitad que hoy. Mi hijo juega en Tercera y está todo el día en el gimnasio.
Se trabaja la velocidad, la fuerza…
Antes tú sabías lo que ibas a hacer en una semana de entrenamientos. El lunes los que jugaron tenían baño y masaje y el que quisiese estiraba un poquito. El martes salías al campo, carrera continua veinte minutos, luego rodillas al pecho, unos saltitos de cabeza y pachanga. El miércoles tocaba preparación física. A correr. El jueves era el partidillo entre titulares y suplentes o contra el Fabril, que Arsenio siempre llamaba a García de Loza para que viniese a pitar. Los viernes otra vez baño y masaje y el que quería tocaba un poco de balón. Y el sábado entrenamiento para montar el equipo y el posicionamiento.
Se lo vi hacer a Arsenio ya en los noventa. Juntaba el equipo, cogía el balón con una mano y se iba moviendo y obligaba a todos a bascular.
Exacto. Con nosotros le preguntaba a Jorge. ¿Cómo ves el equipo colocado? Y Parrocho le decía: “Míster, yo lo veo bien”. Pero Arsenio decía que si ponía a rodar el balón ya no estaba bien, jajajaja. Lo que quería era que fuésemos como un acordeón y que se juntasen las líneas.
Con Arsenio acabó jugando, pero hubo épocas en las que le costó.
Él era más de contar con veteranos.
La grada también le discutía mucho a usted. Pantera Rosa le llamaban por ese correr desgarbado.
¿Sabe lo que pasa? Yo siempre intentaba jugar al fútbol. Siempre. El aplauso fácil es sencillo de conseguir. Ahora veo jugar a algunos jugadores del Dépor, que no lo digo por mal porque me encanta cómo juegan y más últimamente con este cambio de sistema, pero veo mucho pase de seguridad. ¿Dígame un centrocampista que meta pases verticales? Juegan muertos de miedo, o eso me parece.

Ahora lo que se lleva ya no es sólo defender todos juntos como pedía Arsenio sino atacar también todos bien juntitos para evitar las transiciones del rival.
Nosotros cogíamos el balón y teníamos a Donowa, que era rapidísimo. Yo siempre le decía: “Si ves que tengo la pelota en los pies echa a correr”. Y salía disparado. Lo que pasa es que se iba mucho hacia el córner. Le teníamos que enseñar cuál era la dirección de la portería para que fuese recto hacia ella. Con él y con Vicente teníamos mucha velocidad.
Y luego Traba para rematar.
De cabeza, como los delanteros que había en aquella época.
En su segundo año con el equipo sucede la hecatombe de la derrota contra el Rayo en Riazor en la última jornada. Aquel partido marcó a miles de deportivistas. Valía el empate para ascender y se perdió contra un rival que no se jugaba nada.
Vinieron primados, pero el problema es que salimos agarrotados al campo. Es que esos partidos hay que jugarlos. Nosotros nunca habíamos jugado para ganar un ascenso a Primera. Luego la gente decía que no quisimos subir. ¿Cómo no íbamos a querer? Yo en aquel partido vi hasta a Peralta nervioso. Y era un jugador impresionante, tranquilo siempre. Pero no hubo manera. Ellos nos decían que se jugaban las vacaciones…
¿Y Arsenio?
Llegamos al vestuario y el campo ya estaba lleno, dos horas antes. Él señaló hacia arriba y nos dijo: “Moita festa, moita festa…”. No le gustaba. Y en esas entra Suso, el encargado del material, con unas botellas de champán. Arsenio ya se cabreó del todo y lo echó a empujones: “¡Sal de ahí, me cago en…”. Él no quería anticiparse a nada, igual era muy antiguo para algunas cosas, pero era muy buen entrenador. Y hay anécdotas suyas para estar todo el día.
Tengo tiempo.
Todos los viajes eran en autocar. Larguísimos, dos días. Si, por ejemplo, ibas a Alicante o a Huelva parábamos en Madrid, dormíamos, entrenábamos al día siguiente en la Ciudad Deportiva del Real Madrid y seguíamos el viaje. Dos días. Era el tiempo de los vídeos VHS y el encargado de coger las películas en el videoclub era Jorge. Siempre llevaba películas de Cantinflas para que Arsenio estuviese contento.
Le gustaba Cantinflas a Arsenio.
¡Le volvía loco! Pero luego Jorge pillaba otras. Me acuerdo de una muy buena de Jack Nicholson, El cartero siempre llama dos veces. Pues tenía una escena un poco fuerte, allí encima de una mesa… Y Arsenio cómo se puso. “¿Qué es eso? Saca eso de ahí. ¡Es una película pornográfica! Cantinflas, poned a Cantinflas”.
A Arsenio le acusaban de defensivo, pero él decía que era prudente.
El año que llegamos a la semifinal de Copa fuimos a jugar contra la Real Sociedad en Atocha. ¡El equipazo que tenían! Arsenio nos dijo que iba a sacar a tres cabezones para que cada vez que metiesen el balón al área lo enviasen de vuelta a mediocampo.
Jugaron Antonio, Lasarte y Portela de centrales, llegaron a los penaltis y pasaron de ronda. Tampoco ustedes tenían mal equipo, aunque era un Primera contra un Segunda. Jorge bajo palos, Cayetano y Silvi en los laterales, usted en el centro del campo con José Ramón y Fran. Arriba Raudnei e Hidalgo.
Raudnei era bueno, ¿verdad? Y Chuchi Hidalgo era Chuchi Van Basten.
El ídolo de la grada.
Es que nos animaba a todos.
¿Qué compañero le impresionó más?
Peralta era un jugadorazo, pero los mejores eran José Luis y Fran.
Explíquele a los jóvenes quién era José Luis.
Máximo goleador de Segunda División jugando de centrocampista y repartiendo el juego.
Ya casi lo ha dicho todo.
Para mí solo tuvo un problema y era que Arsenio le quería demasiado. Le quería como a un hijo, le daba demasiado y él iba sobrado. Venía Chendo con el Castilla o Tomás con el Atlético Madrileño (los dos laterales de la selección española en el Mundial de 1986) y le decían: “El míster me mandó correr detrás de ti por todo el campo”. Y José Luis les contestaba: “Pues ven, que te cuido”. Frenaba y arrancaba, salía disparado con el balón en los pies con ese centro de gravedad bajo que tenía, ese primer paso y la potencia que tenía. Recortaba y le pegaba con las dos piernas. Era superior a todos y con mucha clase
Moreno era un gran jugador.
Sobre todo era de mucha potencia, de arrancar. Era un 4x4. Y Peralta muy bueno, un excelente jugador de equipo, un poco como lo fue después José Ramón, que fue un jugadorazo, siempre bien situado, técnicamente excelente.

Cuando empezaron él y Fran en el primer equipo en la grada había debate sobre cual de los dos era mejor.
Claro. Pero es que Fran era el torero, un espectáculo. Y parecía un despistado. Arsenio se ponía en la pizarra y él estaba comiéndose una uña, así como si no fuese la cosa con él. Y Arsenio le preguntaba de vez en cuando que le dijese de que estaba hablando. Fran le decía lo de hacía cinco minutos… Pero daba igual. A mí ya me había avisado Luis Ucha sobre los hermanos. “Un espectáculo”, me dijo. “Hay uno zurdo como tú que pisa la bola, amaga y sale corriendo de puntillas. Va en el aire. En seis meses van a estar en el Deportivo con vosotros”, insistió. Y no se equivocó.
En aquella época se generaron muchos sentimientos en torno al equipo. La gente joven empezó a poblar el estadio y había aquel malditismo de que siempre estábamos a punto de subir y no había manera de conseguirlo porque siempre venía un árbitro a chafarnos.
Íbamos segundos, terceros y al final nos caíamos. Era muy jodido porque todos queríamos llegar a Primera, aunque luego el Dépor no nos quisiese, como decían algunos. Pero subiendo de categoría el equipo también lo hacíamos nosotros y llegarían ofertas.
¿Usted las tuvo a pesar de no subir?
De Segunda sí. Precisamente después del gol al Huelva me llamaron varios equipos de la zona sur. Me pagaban hasta tres veces más, aquí estaba en un millón y medio de pesetas al año y me daban hasta cuatro y medio. Algún compañero me animaba a aprovechar esa oportunidad, pero yo siempre pensé en lo que había después del fútbol. Y ahí fue Manolete el que me abrió los ojos.
¿Por eso se retiró joven?
Salí del Dépor para jugar en el Racing de Ferrol en Segunda B, pero ahí ya empecé a montar una lavandería que luego trabajó para Inditex, me dediqué también al tema inmobiliario… Me gustaba el fútbol, pero si ahora hago un repaso de mi vida creo que me salieron todos los pasos perfectos. Fui muy feliz de chaval, jugué en el Deportivo veinte años, nueve como profesional. Monté unos negocios que me salieron bien, tengo una mujer y unos hijos fabulosos, mis padres, mis hermanos… Si volviese a nacer haría lo mismo que he hecho. No cambiaría nada.
Quizás la salida del Dépor…
Ahí me quedé un poco fastidiado, pero porque me enteré de que no me renovaban el contrato leyendo el periódico. Me dolió un poco, pero son cosas que pasan. Insisto en que no cambiaría nada. La vida me ha ido genial y hoy soy el dueño de mi tiempo.
Tiempo después de dejar el fútbol fue protagonista de un suceso que encogió el corazón del deportivismo. Estuvo casi dos días perdido en el mar cuando navegaba en solitario desde las Rías Baixas a A Coruña hasta que le encontraron y consiguieron rescatarle a la altura de Fisterra, pero mar adentro. ¿Qué conclusión sacó de aquel suceso?
Que nunca hay que abandonar el barco.
Un hilo que conecta a Luis Suárez y Djalminha
Agulló posa en la calle ante la Redacción de DXT Campeón con las fotos tomadas en su día por Pedro Puig y que muestran los dos goles al Recreativo. Luego se las llevará a casa. No le molesta que le recuerden por esa acción y no por toda una carrera futbolística. “La gente todavía me para por la calle para hablarme de las dos faltas. Y yo me pongo muy contento porque fue algo diferente a todo lo que se suele ver en el fútbol. Un gol desde treinta metros lo mete mucha gente o un penalti repetido, pero esto no. Y en ese partido contra el Recreativo tiré otra falta al larguero”, recuerda.
Las anécdotas todavía se suceden hoy, los recuerdos son imborrables. “Al día siguiente del partido una señora que trabajaba de asistenta en casa de mis padres, y que era como de la familia porque estaba con nosotros desde que nací, me despertó y me dijo: "Jaime, dame un abrazo. ¡Qué gol tan bonito metiste! Tan bonito fue que en la televisión lo volvieron a repetir”. Le tuvo que explicar que en realidad el que lo repitió fui yo. “Mis hijos o los amigos de mis hijos vienen a casa y me ponen el vídeo con los lanzamientos de la falta. Y me gusta verlos. Me encantaría que el día que me muera, que espero que sea dentro de muchos años, digan que falleció Jaime Agulló, el jugador del Deportivo que marcó aquel gol dos veces”.
Aquel episodio tuvo un espectador de excepción en la grada de Riazor. Luis Suárez estaba en el estadio porque la selección española sub21 que entonces dirigía iba a jugar días después en A Coruña un amistoso contra Hungría. Tras el partido le preguntaron por el doble gol. “El chico tiene un toque de balón perfecto”, dictaminó el que durante muchos años fue el único Balón de Oro español. “¿Dijo eso? ¡Qué bonito”, se conmueve todavía hoy Jaime Agulló, antes de desvelar que cuando Arsenio estaba al frente del equipo (le adiestró durante dos etapas, entre 1982 y 1985 y entre 1987 y 1989) solía invitar a Suárez, que era el ídolo de O Bruxo, a entrenar con el equipo cuando el mayor mito de Monte Alto estaba en la ciudad. “¡Qué espectáculo! Tenía cincuenta años y no miraba la pelota, pero la movía de lado a lado. Me decía: 'Jaime, tú dame el balón'. Y yo le decía que si no me miraba cómo se la iba a dar. Pero es que eso le daba igual porque en cuanto le llegaba, ponía el pie, hacía tac y la mandaba al otro lado. Siempre me decía que yo tenía que llegar más al área, que tenía buena pegada. Me quería mucho. ¡Una calidad! Yo es que me quedaba acojonado”.
El caso es que muchos años después Agulló encontró a un sosías de Luisito. Ocurrió en el partido de veteranos que se jugó en 2006 con motivo del Centenario del Deportivo. Le tocó jugar en el mismo equipo que Djalminha, al que le presentaron en el vestuario. Y creyó volver a estar ante Suárez cuando el brasileño le espetó: “Cuando cojas el balón, aunque no te mire a la cara, dame el balón igual”. La misma sentencia de jugón. Se la dió, claro. “Le di el primer balón que me llegó y allá le fue Fran como un loco. Y va y le mete un caño. Todo el estadio lanzó un ¡ooooh! de admiración y Fran, que son muy amigos, le iba detrás diciéndole que le iba a matar. ¡Qué espectáculo! ¡Cómo recibía la pelota, cómo la mimaba y cómo la jugaba sin mirar! Al final en el vestuario fui a decirle que me había dejado impresionado”, recuerda.

