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Dépor

Bil Nsongo, el yunque definitivo para romper las puertas del cielo

Secundado por Luismi Cruz, protagonizó el asalto a Primera del Dépor al ritmo del "¡Bum, bum!" de Hidalgo

Bil Nsongo remata de cabeza para hacer el 1-0
Bil Nsongo remata de cabeza para hacer el 1-0
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Quizá solo él, sus más allegados y la plantilla del Deportivo lo entiendan, pero el “¡Bum, bum!” con el que Antonio Hidalgo se había acostumbrado a celebrar esos últimos triunfos casi definitivos hacia la gloria no podía sonar más a grito de guerra del deportivismo. Porque después de ocho años comiendo barro, el Dépor apuraba su regreso a la élite con imparable carrera. 

¡Bum, bum!”, tras el sufridísimo triunfo contra el Leganés. “¡Bum, bum!” después de una agónica victoria en Cádiz. “¡Bum, bum!”, luego de remontar al Andorra para dar el salto definitivo, ponerse en órbita y colocarse a las puertas del cielo. Unas puertas que Bil Nsongo terminó rompiendo de la misma manera que se vio obligado a hacer con las del primer equipo allá por el mes de marzo, ante la falta de soluciones del Deportivo en la delantera y su inmovilismo en el mercado de fichajes de invierno a la hora de reforzar la posición. Se confiaba en Bil, pero Bil no apareció, de verdad, hasta varias semanas después del cierre del mercado. Por suerte, a tiempo de todo.

“¡Bum, bum!”, sonó el yunque empuñado por Nsongo en el José Zorrilla, nuevo lugar de culto para un deportivismo que peregrinó a Valladolid como si un ascenso a Primera fuese el logro más importante de sus casi 120 años de historia. No era para menos. Demasiado tiempo lejos del foco, que no escondido. 

Entonces, con la lluvia encapotando todavía Pucela —un fenómeno que en clave blanquiazul solo puede significar que algo bueno va a pasar—, un martillazo con la cabeza del camerunés abrió el cielo para el Deportivo y permitió que la tormenta se acabase.

“¡Bum!”, debió de sonar el testarazo del africano, imperceptible al oído desde la grada, pero un orgasmo para la vista, tras aparecer de improvisto en el área, saltar sobre todos y flexionarse para embocar de la mejor manera posible el caramelo que fabricó la zurda de Luismi Cruz.

La pizarra

“¡Bil, Bil, Bil, Bil...!” jaleaba la hinchada deportivista diseminada por Zorrilla, que debía seguir escondiendo sus colores, pero no podía ocultar su enamoramiento con el chico del Fabril, uno de los suyos por mucho que apenas acumule dos años en A Coruña. 

Era el 0-1. A balón parado, una suerte apenas explotada pese al trabajo en el día a día de un Antonio Hidalgo que llegaba a Riazor con la pizarra como una de sus credenciales. Quizá fue justicia divina que el tanto que desencalló el ascenso llegase así.

El cabezazo de Nsongo fue el preludio de la calma. Abrió el cielo sobre Zorrilla, pero también fue el halo definitivo de luz hacia Primera. Finalizó el diluvio con la ventaja del Deportivo y el conjunto herculino no tuvo ni siquiera que aguantar una pequeña tormenta de un Valladolid que ya vivía, de por sí, bastante atormentado.

Más lo estuvo tras el 0-2, apenas 20 minutos después. De nuevo los protagonistas del tanto inicial. Se desplegó en una de sus pocas ofensivas el equipo coruñés, que recibió una falta en tres cuartos y estuvo hábil para sacar rápido. Recibió entre líneas Luismi y recortó cual torero, sin tocar el balón y de espaldas, a su par. Una finta con el cuerpo, control orientado y foco hacia la portería con todo a favor y Bil trazándole el desmarque definitivo. Lo vio el gaditano y le dejó mano a mano con Aceves. Ni se lo pensó: “¡Bum!”. El derechazo no fue ni demasiado dirigido. No hizo falta, pues todo lo que le faltó de puntería le sobró de potencia. Tal fue la fuerza que el toque sobre la pierna del meta solo escupió el esférico hacia el larguero para añadir algo incertidumbre a lo inevitable.

El sexto gol de la (media) temporada Nsongo fue la tranquilidad casi definitiva para un Dépor que, a partir de entonces, jugó a que no se jugase. A que pasase el tiempo ante un Valladolid para el que el partido era un ‘marrón’. Hizo el amago de pelearlo el rival, pero cada vez que el Dépor se agobiaba encontraba oxígeno en Bil.

Así fue sobreviviendo incluso ya sin el camerunés en el campo, despedido al grito de “¡Bil, Bil, Bil”, un nuevo canto de culto para el deportivismo. También lo será, sin duda alguna, el “¡Bum, bum!” de Hidalgo con el que sus jugadores irrumpieron en la sala de prensa para festejar el regreso al cielo. Sus puertas, cerradas durante ocho largos años, se vuelven a abrir para el Deportivo, que ya tiene a un nuevo héroe figurando en su historia, yunque en mano.

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