LA LUPA | Deportivo 2-1 Andorra: Abrazar la libertad para rozar Primera
Tras un inicio a merced, el Dépor cambió el rumbo del desde su ajuste en la presión y su juego asociativo

No hay nada como jugar libre. Sin cadenas. Sin encogimiento. El problema es que no siempre es posible competir bajo ese estado en el que los miedos no tienen forma de penetrar en la mente. Por eso mismo la linealidad en el rendimiento dentro del deporte es un anhelo utópico. Imposible de alcanzar. Y más en esta Liga Hypermotion.
La cabeza juega un papel fundamental en la competición y así se lo demostró un días más al Deportivo. Porque sí, el conjunto blanquiazul acabó ganando al Andorra. Pero lo hizo después de un encuentro en el que fue de menos a más, empujado por la confianza que le habían dado las diez jornadas consecutivas sin perder con las que llegaba a la fecha 40. Pero también por verse ya sin nada que perder, después que su rival le hiciese bailar detrás de la pelota como pocas veces lo ha tenido que hacer en Riazor.
Meneó el conjunto del Principado a un combinado blanquiazul que se quedó a medio camino de todo en defensa, pero que también fue pobre en ataque. Hasta que decidió sacarse de encima el corsé. Atreverse con balón a base de pausa para acabar acelerando y ser agresivo sin pelota. Así, únicamente elevando el ritmo para molestar a un contrario que quería jugar a la pelota pero, con el trabajo ya hecho, no estaba demasiado dispuesto a competir, acabó dándole la vuelta al partido y logrando un Deportivo 2-1 Andorra que le pone en la órbita definitiva hacia Primera.
No exponerse
Antonio Hidalgo explicó tras el partido que su plan para frenar al Andorra pasaba por no repetir los errores del encuentro de la primera vuelta, en el que el Dépor estuvo tremendamente incómodo. “La ida nos enseñó que yendo tan alto nos podían generar muchísimo, sobre todo al espacio. Y más por el pico de forma en el que venían”, explicó el técnico, que apostó por un plan de partido a nivel defensivo que pasaba por no exponerse demasiado.
Quería el Deportivo estar bien protegido para poder ser agresivo si detectaba un pase comprometido de su rival, especialmente en el carril central. Pero apenas fue capaz de interceptar ese tipo de acciones.
El conjunto coruñés apostó por una estructura defensiva que partía con una primera línea de presión conformada por Yeremay Hernández y Bil Nsongo, emparejados con los centrales Gael Alonso y Alende. Por detrás, Quagliata y Luismi Cruz eran los encargados de ‘saltar’ cuando los laterales Carrique y Vilà recibiesen, mientras que en el centro del campo, Diego Villares debía controlar al pivote Marc Domenech. Encimarle cuando este se ofrecía al apoyo como receptor principal.
Si el vilalbés se despegaba de Soriano, emparejado con Efe, era Ximo Navarro el que tenía la pauta de vigilar a Villahermosa, interior izquierdo.

Así, el Andorra buscaba atraer al Dépor. Estirarlo para jugarle entre líneas o atraerlo a un costado para girar al opuesto. Y el equipo herculino pretendía robar en el pasillo central, pero sin desordenarse. El problema fue que, a costa de priorizar el orden, concedió tiempo y espacio —y por tanto soluciones— al Andorra.
Demasiados estímulos
Fue muy poco agresivo el Deportivo, incapaz de ajustar ya desde el inicio de juego del Andorra. Los ‘saltos’, demasiado lejanos, eran además tardíos. Y el equipo andorrano podía progresar con facilidad. No había riesgo de pérdida para Domenech, ni tampoco para los laterales.
Así, el Andorra encontraba soluciones por fuera, castigando a lo ancho, o por dentro, donde solo haber superioridades numéricas del equipo visitante. Soriano y Villares no daban abasto y los centrales exteriores tenían referencias demasiado alejadas como para poder ‘saltar’ sin miedo a dejar demasiado expuesta la última línea. Las distancias no eran cortas.

Todo conducía a que el conjunto de Riazor ni incomodaba ni recuperaba arriba. Y tenía que acabar hundiéndose. Ya superado el ecuador del terreno de juego, el combinado deportivista priorizaba esa densidad en su defensa. A cambio, el Andorra encontraba constantemente pases entre líneas. Porque el poseedor tenía tiempo y espacio —especialmente los centrales— y porque sabía cómo atraer a los mediocentros del Dépor mientras, a la vez, fijaba a los zagueros para provocar espacios entre líneas que, principalmente, aprovechaban los interiores Efe y Villahermosa.

Había demasiados estímulos para un equipo blanquiazul incómodo corriendo detrás del balón. No perseguía sombras el colectivo blanquiazul, pero tampoco lograba tapar agujeros por mucho que Villares consiguiese multiplicarse a la hora de responsabilizarse de su par o de su zona y, a la vez, acudir a las ayudas.
Sin amenaza
No fue casualidad que el Andorra tuviese la posesión de manera ininterrumpida durante los primeros 150 segundos del partido. Tampoco que en los primeros 38 minutos anotase un gol, rematase un total de 7 veces —más el centro que Ximo embocó a su portería y Ferllo sacó—. Ni, por supuesto, que finalizase la primera mitad con un 66% de posesión.

Era, sin embargo, un peaje que el Deportivo parecía querer pagar con el objetivo de convertir cada recuperación en una transición definitiva. Así lo intentó hacer la entidad coruñesa, que descolgó premeditadamente a Yeremay y a Nsongo para, tras cada corte, mirar lejos y atacar el espacio.
Lo pudo hacer en varias ocasiones entre errores no forzados del rival y alguna recuperación bien trabajada. Pero para que el plan funcionase, Yeremay debía ser Yeremay. Y no era el caso. El canario, limitado físicamente, no fue capaz de ser dominante a la carrera contra los dos centrales. Al menos no de manera sostenida ni con los cambios de dirección que exigían esas conducciones en caso de domesticar el primer envío.

De esta manera, el conjunto herculino se quedó sin poder amenaza al contragolpe. Tampoco lo hizo demasiado en ataque posicional a través del balón directo, una fórmula que buscó de manera recurrente para evitar riesgos ante la presión del Andorra y buscar castigar su fragilidad en los duelos, como ya hiciera en la ida. Ahí tuvo a Bil Nsongo como futbolista sobre el que expandirse. Pero el camerunés, titánico, estuvo demasiado solo. Porque en muchas ocasiones, esos inicios desde atrás buscando atraer al Andorra con los cuatro defensas más los dos pivotes muy bajos hacía que el equipo fuese incapaz de llegar al segundo balón.
Sin fases largas con balón, las posesiones del Deportivo se empobrecieron. El desorden defensivo no se arreglaba en una fase ofensiva precipitada y en la que cada pérdida en acciones combinativas era una oportunidad para que el Andorra corriese ante un rival desprotegido, como en el 0-1.

El paso adelante
Con el cero riesgo entre ceja y ceja el Deportivo, sin quererlo, estaba arriesgando más. Porque debía competir alejado de tener la pelota y, cuando la tenía, aceleraba para buscar hacer daño al espacio.
No era un contexto en el que el equipo pudiese, ni siquiera, acercarse a su mejor versión. Así que tocaba dar un paso adelante. Hidalgo lo intentó ajustando hasta dos veces la presión, clave durante todo el partido. Primero cambió a los dos mediocentros de perfil para que fuese Soriano el que saltase a por Domenech y Villares el que se quedase más pendiente de Efe, con Ximo custodiando a Villahermosa como pautas de base. Pero no funcionó, así que tuvo que volver a retocar. Y esta vez, encontró la fórmula precisa. ¿Cómo lo logró? Hundiendo a Bil Nsongo.

Paradójicamente, el paso atrás del camerunés para emparejarse con Domenech permitió al Deportivo dar dos hacia adelante. Sin el ariete en primera línea, fue Luismi el que asumió la función de presionar al central zurdo mientras Yeremay lo hacía con el derecho. Esos dos ‘puntas’ se encargaban de los centrales, pero con trayectorias de fuera a dentro que buscaban tapar línea de pase con los laterales rivales. Estos eran los hombres libres, pero en zonas menos comprometidas, a través de pases más complejos y con la opción de que tanto los propios puntas como Quagliata y Alti llegasen a incomodarles.
Ahora sí era presionar, porque a partir de esa estructura más cercana al 3-4-1-2, el Deportivo pudo ir hacia delante. Ir a acosar. Molestar en el inicio de juego a un Andorra que empezó a perder continuidad en su juego y acabó perdiendo el control.
Ahora mando yo
De esta manera, a partir de un reparto espacial más óptimo que minimizaba los desajustes, el Deportivo acabó dándole la vuelta al partido.

Lo que empezó en la primera mitad con un par de ocasiones acabó convirtiéndose en un segundo tiempo que fue monólogo blanquiazul hasta el 2-1.
El juego directo desde Ferllo comenzó a convertirse en asociación. Ante un Andorra que acudía a presionar alto hombre a hombre, la solución pasó por Mario Soriano, capaz de recibir y deshacerse de su par con un catálogo inacabable de desmarques, fintas y conducciones.

A partir de Mario comenzó a fabricar ventajas interiores el Dépor, que además mantuvo la energía de la presión y la trasladó para atacar el espacio ofrecido a la espalda del Andorra. Así, jugando por fin con libertad, encontró un premio casi definitivo.











