Análisis | Del barro a las puertas del cielo
El Deportivo lleva el partido ante el Andorra de lo cerebral a lo pasional para ponerse a un triunfo del regreso a Primera cuando quedan dos jornadas por jugarse

En uno de esos partidos en los que importa más el resultado que la manera en que se llega a obtenerlo, el Deportivo se quedó con los puntos, que valen un potosí, realmente medio ascenso a Primera. No es exagerado cotejarlo así. Antes de la cita con el Andorra, y visto el resultado de Almería, el equipo sabía que el éxito estaba a dos victorias de distancia. La primera ya está lograda. Y sufrida tal y como lo había advertido Antonio Hidalgo, un estoico que nos previene contra los tormentos de la pelota. “Había que sufrir”, dijo el entrenador antes y después del partido. Así que a nadie le puede sorprender lo que pasó en Riazor. Pero el equipo, y entre ellos en primera fila el estratega que lo dirige, tiene el mérito de haber sido capaz de levantarse de una liza que le tendió varias emboscadas. Fue una remontada (2-1) de mérito que además tuvo el añadido de ser vital en la lucha por el objetivo. Un triunfo más y el Deportivo será equipo de Primera División cuando hace dos años que jugaba partidos de Primera... RFEF.
El Deportivo deparó una mala primera parte. Algunas de las cosas que sucedieron no le podían coger de sorpresa, sabía que iba a tener menos la pelota que el rival, pero no encontró ni la manera de fortalecerse ante esas situaciones, ni cómo recuperarla para lanzar a sus atacantes y aprovechar los espacios. Al equipo le faltó agresividad en las disputas, también pillería para posicionarse y ganar las segundas jugadas, y destiló esa amarga sensación de inferioridad que se palpa cuando se llega un segundo tarde a todas las acciones. El Andorra tuvo paciencia con balón, lo gestionó a través de pases sencillos y con eso le sobró para mover al Deportivo, que persiguió sombras y se quedó desnudo cuando después de tanto manejo el rival filtraba el balón entre líneas. Llegó el gol visitante, que incluso pareció tardío a la vista de lo que sucedía sobre el verde.
Cerdà hizo diana poco después de la media hora de partido y además lo hizo tras una transición porque el Andorra le limpió la pelota Luismi Cruz a setenta metros de Ferllo y montó un incendio en la zaga deportivista. Poco después otro robo a Yeremay pudo propiciar el segundo tanto del Andorra entre el desasosiego generalizado. Pero fue ahí cuando se mostró que todo podía virar. Yeremay primero y Nsongo Bil después dejaron pasar el empate, que hubiera sido un excelente resultado tras el calvario padecido, que era de tal calibre que la gente, incluso con el marcador en contra, pidió con saña que el árbitro decretase el descanso cuando el Andorra llevaba casi un minuto moviendo a su equipo de un lado a otro. Se firmó el 0-1 como un mal menor para reiniciarse.
En ese interín una vez más se apreció la intervención del entrenador. No es la primera vez que Hidalgo afina al equipo en el entretiempo. Tras el partido explicó que ajustó las alturas de la presión para ser más efectivo y en ese esfuerzo también se apeló a la emotividad para que la gente marchase con el equipo a por la remontada. Tipos raciales y expansivos como Quagliata levantaron a grada y compañeros y el fútbol, opacado Yeremay, lo puso una vez más Mario Soriano, que cada día honra más el dorsal 21 que lleva. En una situación que exigía no solo talento sino, sobre todo, carácter, el otrora mediapunta y ahora todocampista madrileño alzó la mano para ejercer de líder porque entre las características que le contemplan está la de mostrarse siempre en los partidos importantes. Ya lo hizo más veces. Y en esta aportó un golazo en uno de esos envites que tiene pinta de que quedarán en la memoria durante años. Soriano clavó la pelota en la escuadra y en el corazón de todo el deportivismo, que estalló como la situación se merecía. Y la diana atemperó al equipo al tiempo que descabalgó al Andorra.
Todo cambió porque el partido pasó de lo cerebral a lo pasional. Y ahí el Deportivo tenía mucho más que decir que el Andorra. Varios de los guerreros de Hidalgo se vaciaron de tal manera que hasta resultó emotivo presenciar como Villares o Soriano exprimieron sus músculos hasta dejarlos exhaustos. Es bonito ganar cuando lo entregas todo y te quedas sin nada dentro y eso fue lo que le pasó a la amplísima mayoría de los jugadores del Deportivo, quizás también a la grada. Por eso tantos deportivistas gritaron ese tanto de Eddahchouri como uno de los goles de sus vidas. Resulta hasta poético que lo firmase uno de los jugadores más criticados de la plantilla, un heterodoxo que es más jugador cuanto más cerca esté de la portería. Y eso vale mucho. En un movimiento que a los veteranos les pudo recordar a Julio Salinas bajó un balón que había tocado de cabeza el inagotable Nsongo Bil tras saque de banda de Escudero. En el giro aplicó el control el atacante neerlandés, que definió con solvencia ante el portero y acudió a alzar la bandera del deportivismo en el córner que separa Marathón de Tribuna.
Del barro a las puertas del cielo, ahí está el Deportivo. A tres puntos del ascenso, sin mirar para nadie más. Todos a Valladolid, señaló el fondo ante el que se firmó la remontada. Los jugadores les tomaron la palabra. Ocho años después, tras cuatro de ellos en la más miserable de las miserias futbolísticas que ha conocido el club, el Deportivo está a punto de descargarse la mochila y regresar a donde se merece. Y si tiene que ser en Valladolid como si es en Vladivostok, lo importante es que ocurra cuanto antes.












