Bil Nsongo los cocinó, Zakaria Eddahchouri los merendó
El Dépor pudo estirarse sobre el camerunés, que fue clave además para asistir al neerlandés

Primero el uno, luego el otro. Para acabar los dos. Bil Nsongo los cocinó y Zakaria Eddahchouri los merendó. Entre el ariete titular y el que entró de revulsivo, el Deportivo logró darle la vuelta a un encuentro ante el Andorra que se había complicado sobremanera en la primera media hora.
No afrontó bien el conjunto blanquiazul la oportunidad de oro que le había brindado el Almería de quedarse a un solo paso de Primera División. El tropiezo del cuadro indálico ante Las Palmas daba una bola extra a la escuadra coruñesa. Pero quien más quien menos reconocía al exterior o en su fuero interno que ese margen no se podía desaprovechar en casa, ante un rival ya sin nada en juego. Era un arma de doble filo con la que empezó cortándose la escuadra herculina, incapaz de recuperar alto pero, a la vez, de protegerse por dentro en torno a su área.
Todo pasaba por provocar la equivocación en la circulación de su atrevido rival y correr. Mirar lejos para lanzar a Yeremay Hernández y a Bil Nsongo, que conformaban una punta que no solo era doble en defensa, sino también en ataque.
Antonio Hidalgo y su staff habían detectado la fragilidad de la pareja de centrales formada en la cantera del Celta y quiso penalizarla. El movimiento les salió bien, pero fue el único rincón del tablero en el que el Deportivo fue capaz de ganar en esa primera mitad tan pobre de un colectivo reprimido hasta que el sopapo en forma de gol del Andorra le hizo sacarse de encima las cadenas.
Pareció quitárselas en torno al ecuador del primer tiempo, en una de las pocas posesiones largas del conjunto local, que logró mover la bola de lado a lado para acabar con Mario Soriano –siempre Mario— encontrando entre líneas a Yeremay Hernández, que pudo conectar en profundidad con Nsongo, pero con un pase más a contrapié que al espacio. El camerunés solo pudo revolverse para orientar el balón hacia portería, tras darse la media vuelta, y chutar con la izquierda.
Fue a las manos de Owono ese remate, el primero de un Deportivo que enseñó que todo era un espejismo. Porque no volvió a asomarse a las inmediaciones del portero ecuatoguineano hasta que ya se vio con el marcador asfixiando y el cronómetro corriendo en contra. No fue, sin embargo, por el trabajo de un Nsongo que se dedicó a dotar de oxígeno a sus compañeros. En caso de duda, la premisa estaba clara: mirar lejos hacia Bil. Ahí aparecía el africano, omnipresente en todos lados para torturar a Gael Alonso y, si tocaba, a Diego Alende.
No fue casualidad que el punta firmase su encuentro con más toques desde que debutó con el Deportivo. Fueron 48, casi un tercio más que su anterior registro más alto: los 31 de El Molinón.
No encontró el gol Bil a la primera. Ni tampoco a la segunda, cuando Yeremay le ganó un balón largo a Alende y volvió a asistir al de Yaoundé, que controló de pecho para hacerse el espacio y plantarse ante el portero, pero cazó la pelota demasiado arriba y no pudo dirigirla a gol, pese a superar a Owono.
Solo le faltaba el tanto a Bil, que no se cansaba de entorpecer en algunos duelos y de ganar otros tantos a los centrales (4 de 8 en fricciones terrestres, 5 de 9 en aéreas). Y no lo encontró él de manera directa, pero sí ayudó a que fuese Zakaria Eddahchouri quien lo anotase.
El éxtasis
Tuvo que esperar el Deportivo al minuto 81 para culminar la remontada. Por aquel entonces, Soriano ya se había inventado un gran gol. Pero el Dépor no lograba terminar la faena. Llegaba, llegaba y llegaba. Fallaba, fallaba y fallaba.
Entonces, Hidalgo recurrió al banquillo. Ya con Noé en el campo por un desacertado Luismi Cruz, el técnico apostó a la doble punta que ya le funcionó, por ejemplo, frente al Leganés.
Ni cinco minutos tardó en volver a resultar la fórmula como ganadora. En un saque de banda en último tercio, Bil jugó con el inexistente fuera de juego para ejercer de receptor bordeando la línea de fondo. En su octavo toque dentro de la zona de castigo —nadie dio más—, colocó la pelota en la frontal del área pequeña con un cabezazo llovido que Alende intentó despejar subido a una escalera hacia ninguna parte. Jugó bien Eddahchouri con el cuerpo, que además tuvo la habilidad para acariciar la pelota con el empeine para domesticarla, ponerse con el arco de cara y materializar el gol de todos. “Sentí algo muy bonito al marcar el gol, con el apoyo de los deportivistas. He pagado todo ese apoyo con un gol. Estoy muy alegre y muy contento”, reconoció el neerlandés tras el encuentro. Ahora sí que sí: el ascenso está en el horno













