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Dépor

Del humo amarillo al fuego blanquiazul

El deportivismo gozó de una velada mágica que comenzó en la playa y vivió su culmen con el gol postrero de Stoichkov mientras la afición local cayó en el más espeso silencio

Afición del Deportivo en el Nuevo Mirandilla
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Fernando Fernández
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“Si marca Lucas me rompo la camiseta”, bromeaba un aficionado del Deportivo antes del partido. A la hora que se escribe esta crónica no hay noticias de como acabó la casaca entre la excitación final de un duelo memorable que el Dépor jugó para ganar y venció. Y además lo hizo en la traca final. “Marca Lucas seguro, pero ganamos”, decía el deportivismo en Cádiz, quizás para domar el contragafe. No hizo falta el gol del jugador de Monelos, que al final del partido se separó de sus compañeros para acudir a saludar y despedirse de su gente, que le ovacionó. A Lucas le respetan en Cádiz y eso no es sencillo en un entorno de uñas con los futbolistas, por ejemplo, con Brian Ocampo, especialista en publicar fotos en redes en todas las ferias, fiestas y saraos posibles mientras el equipo se despeña hacia Primera RFEF. Saltaron los dos juntos al campo a 25 minutos del final y la grada silbó. Nada que ver con el futbolista coruñés, que acaparaba los focos en la previa, pero que desde la suplencia inicial pasó de puntillas por el partido.

El fútbol en Cádiz empieza en la playa, punto de encuentro en esta ocasión para tirios y troyanos. En armonía y buena compañía, con acentos de todo tipo porque el deportivismo también se habla con deje andaluz, el de los integrantes de la peña blanquiazul Al Sur de Riazor que desde Granada ha cohesionado la pasión por el equipo a tantos kilómetros de Riazor. Ser deportivista en Andalucía significa aprovechar cualquier resquicio para disfrutar del equipo. “Normalmente vengo a ver al Cádiz en sus partidos y así sigo lo que pasa en la categoría, pero soy del Deportivo y desde luego que hoy quiero que gane mi equipo”, explicaba ante el arenal de la playa de la Victoria un seguidor que vive en San Fernando, a tiro de piedra (casi literal) del coliseo cadista. 

El Carranza, que luego fue Mirandilla y ahora es JP Financial Estadio, es desde su reforma una empinada bombonera de gran sonoridad, pero el ruido también empezó mucho antes de que rodase la pelota. Comenzó en una de las calles que rodea el campo, donde de pronto apareció una marea amarilla envuelta en humo. Una turba avanzó hacia la avenida Cayetano del Toro, una de las principales arterias de entrada a la ciudad, y la colapsó hasta la llegada del Cai. “Ahí abajo van a salir a hablar los capitanes”, previno un policía municipal a la gente para que el tráfico volviese a fluir. Al final asomó un poco del bus el veterano Álex Fernández y en unos pocos segundos el vehículo circuló hacia las tripas del estadio. “Yo te seguiré en Segunda B…”, gritaba la gente. Lo berreaban cuando Stoichkov enganchó una volea que puede llegar a ser eterna. Un silencio amarillo se apoderó del estadio mientras la grada deportivista estallaba en un prolongado júbilo.

Porque nadie se echó atrás entre la tropa blanquiazul, que hizo también su propio cortejo para acompañar al equipo en la salida del hotel, casi vecino al estadio. El blanquiazul dibujó varios sectores del estadio. El Cádiz cedió 380 butacas para seguidores del Deportivo, pero era notoria la presencia de bastantes más en otros puntos de la bancada, que no estaba ni mucho menos abarrotada. Bien temprano, antes de que los futbolistas saliesen a adiestrarse, ya se había ubicado en su asiento el presidente Juan Carlos Escotet, que, como ya es habitual, declinó la opción del palco y vio el partido desde una de las esquinas de la tribuna principal.

El cadismo apretó más antes del partido que durante el mismo. La escenografía fue vistosa y en tono argentinizado, con confeti y rollos de papel higiénico al césped. Hubo guasa gaditana con este asunto porque el fantasma del descenso atenaza a sus jugadores. A pesar de que se trató de generar un ambiente efervescente, varios de ellos fueron silbados cuando se pronunció su nombre por la nada molesta megafonía del estadio. Y en cuanto la cosa empezó a ponerse cruda, brotaron los reproches. Entre medias estaba el Deportivo tratando de plasmar su superioridad en el juego. Hasta que llegó el gol y la grada local se encerró en un espeso y duro silencio. Hasta que al final sonó por megafonía una chirigota -“amarillos son los corazones”- y la gente se fue más resignada que indignada. La fiesta estaba en una esquina del viejo Carranza, donde los jugadores del Deportivo botaron y cantaron con su afición, que vivió emocionada una velada que comenzó con humo amarillo y acabó on fire blanquiazul.

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