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Dépor

Así lo vivió Riazor | Ferllo hace 'voar' al deportivismo

El estadio coruñés batió el récord de asistencia de la temporada con 28.954 espectadores que tiñeron de blanquiazul las gradas del estadio coruñés

Mosaico de Riazor en el Deportivo-Leganés
Mosaico de Riazor en el Deportivo-Leganés
CARLOTA BLANCO
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Este viernes Riazor vivió una de esas tardes que explican por qué el fútbol va mucho más allá de lo que ocurre sobre el césped. El Deportivo recibía al Leganés con objetivos muy distintos para cada equipo, pero con un denominador común: la necesidad de sumar. Los blanquiazules, inmersos en la pelea por el ascenso a Primera, y los pepineros, con la vista puesta en asegurar cuanto antes la permanencia matemática, se encontraron un escenario inmejorable.

Porque antes incluso de que rodase el balón, el protagonismo ya era de la afición. El duelo, en día festivo, fue el elegido para celebrar el tradicional Día de las Peñas y los aledaños de Riazor se convirtieron en una auténtica fiesta desde primera hora del día. Música, churrasco, pulpo y foodtrucks de todo tipo acompañaron a miles de aficionados que fueron calentando motores desde muy pronto. El Deportivo decidió unirse al plan y creó de la explanada del Palacio de los Deportes otro punto de encuentro, con juegos para los más pequeños, premios, barra y más opciones de comida, además de un beach club en el Paseo Marítimo.

El lleno estaba asegurado. Las entradas se habían agotado con una semana de antelación y conseguir un pase para el choque se había convertido en una labor casi imposible. El recibimiento al autobús del equipo fue el más multitudinario de la temporada. Cientos de aficionados llenaron Manuel Murguía, banderas en mano y cantaron al unísono el ya mítico “Que sí, joder, que vamos a ascender” mientras los jugadores bajan del autobús liderados por un efusivo Antonio Hidalgo. Además, desde la rampa de la DéporTienda, el presidente Juan Carlos Escotet saludaba a la hinchada y recibió una sonora ovación. Incluso la mascota del Leganés se asomó a observar el ambiente, aunque no tuvo una gran acogida por parte del deportivismo y optó por regresar dentro del recinto.

Ya en el estadio coruñés, el espectáculo continuó. Con la salida de los jugadores, humo azul y blanco emergió desde la cubierta de Riazor, dibujando una vez más una estampa imponente. El mosaico preparado por el club tiñó las gradas con el mensaje “Voa Depor Voa”, que culminó en un gran tifo en la grada de Marathón donde se podía leer la misma frase pero en grandes dimensiones.

Sin embargo, todo ese empuje no terminó de trasladarse al césped en la primera mitad. Deportivo y Leganés firmaron unos primeros 45 minutos sin goles y con esa emoción, y la afición blanquiazul solo se encendió en un par de llegadas que no encontraron portería y en algunas decisiones arbitrales que ocasionaron las primeras protestas de la tarde. Pero el guion del partido iba a dar un giro radical en la segunda mitad.

El Deportivo dio un paso al frente y encontró el premio en las botas de Zaka, que desató la locura en Riazor con el primer tanto de la tarde. El delantero lo celebró fiel a su esencia: saltó la valla, corrió a la grada y se abalanzó sobre los aficionados. Pero el Leganés no había dicho su última palabra y Juan Cruz logró devolver las tablas al marcador.

Lejos de venirse abajo, el Dépor reaccionó con carácter. Y lo hizo con una historia de esas que conectan especialmente con lo emocional. Noé Carrillo, recién ingresado al terreno de juego, apenas necesitó dos minutos para volver a adelantar a los herculinos y el estadio coruñés estalló en una mezcla de alegría y orgullo. Pero parece que en A Coruña siempre hay espacio para el drama. En los minutos finales, el colegiado señaló un penalti en contra del Deportivo que desató una tormenta de silbidos y protestas. La acción fue revisada durante más de cinco minutos, con el árbitro acudiendo al VAR mientras la hinchada blanquiazul contenía la respiración entre incredulidad y nervios. El ambiente se caldeó al máximo, con tarjetas amarillas y rojas repartidas en medio de una tensión absoluta. Finalmente, y para la sorpresa de una afición que no terminaba de creérselo, la decisión fue clara: penalti.

Los 28.954 espectadores presentes explotaron de indignación, hasta que apareció la figura de Álvaro Ferllo dispuesto a devolverles la sonrisa que el vídeoarbitraje les había quitado. El guardameta blanquiazul detuvo el lanzamiento, provocando una celebración que superó todos los decibelios permitidos de cualquier recinto. Todos se entregaron al portero y durante varios minutos corearon su nombre, mientras él mostraba su camiseta a la grada y recibía uno por uno a todos sus compañeros que se acercaban a felicitarle. El pitido final confirmó que los tres puntos se quedaban en casa y así se cerró una tarde de celebración, ilusión, polémica y resistencia. El Deportivo dio un golpe sobre la mesa en su camino hacia el ascenso, sostenido por una afición que volvió a demostrar que nunca va a dejar de creer.

Un seguidor del Dépor ante el Leganés
Un seguidor del Dépor ante el Leganés
CARLOTA BLANCO
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